FERIA DE LAS CULTURAS AMIGAS

La tristeza últimamente ha acompañado por completo mi manera de pensar, una de esas tristezas sin sentido que sólo provoca pensar demasiado y perderse en las propias deducciones sin llegar a una verdad concreta. Esa tristeza que provoca que las palabras para rezongar se agoten y que no deje más que un refunfuño al lavar los trastes. Aunque gracias a esa tristeza pude apreciar la feria que se ubica en Paseo de la Reforma, porque aunque era tristeza también quería sonreír un poco, no sé si a alguien le ha sucedido, pero al menos mi tristeza a veces gusta de la distracción.

Llegando al Ángel de la Independencia comenzaba el recorrido de los puestos, empezaba España y ofrecía libros, estudios en ese país y clases de tango, había un café muy concurrido y gente que iba y venía con acento castellano, ese raro que pronuncia la S como DS. Mi tristeza pudo disolverse un poco, mezclándose con el aire, bailando de alguna manera con las notas de todas partes.

Pasamos también Guatemala, Chile, Argentina, Bolivia, cada uno con sus comidas, sus artesanías, sus vestimentas y su gente, un español de varios acentos, a veces tono bajo o alto, con sonrisas o sin ella, leyendas singulares, como aquella de Guatemala en donde cuentan sus penas a muñequitos en una cajita y luego lo ponen debajo de la almohada, pensé “¿Y si le dijera a ese muñequito de dónde vienes Tristeza para que así me dejes estar bien?”, la Tristeza me respondió muy quedo, estaba ensimismada oyendo las trovas cubanas, casi no percibí cuando me dijo “Ahorita necesitas de mí”. No sé si necesitaba de ella para observar el rostro impasible del Che, o para observar el rostro infantil de Neruda, o para escribir en el libro de visitas dedicado a Mario Benedetti que estaba en el puesto de Uruguay.

También daba hambre, pero era comida muy rara la que vendían, en Honduras daban una especie de plátanos rellenos de carne, o en Tailandia que daban camarones y calamar mezclados con exóticos aderezos, lástima que la Tristeza no cuenta con el hambre, si no cuánto me hubiera comido. En Japón el clásico sushi y tofu, en Rusia pastelitos de nuez y en China arroz de todos los tipos.

Compramos una mascada de Vietnam, las personas que nos atendieron fueron muy amables aunque apenas y supieran hablar el español, una chica de mi edad lo dominaba súper bien, tal vez porque vive aquí aunque tenga rasgos marcadamente vietnamitas. Eso sí puedo decirlo, Egipto, Israel y Vietnam si tenían mucha gente aglomerada, pero Estados Unidos… hasta las chicas rubias que estaban al frente de la exposición estaban ya cansadas, con tacones y mirando vagamente la figura de cartón tamaño real de Barack Obama.

Australia fue el último país que vimos, el clásico canguro que lo caracteriza y después de eso la Tristeza se asentó en la mirada, tantos países, tantas personas, tantas artesanías y comida sólo para reactivar el turismo, algo provocado por una influenza que jamás llegó hasta el pueblo, y de entre todos esos países expositores destacó México, no porque estuviéramos en Paseo de la Reforma, sino porque el puesto de México era tan colorido, con tantos olores y sabores del camote, del limón dulce, de la jalea, con las artesanías de Oaxaca, Hidalgo, Guerrero, Jalisco, con las flores y las calaveras aunque no fuera noviembre, sin lugar a dudas amo mi país, y si no fuera por el gobierno actual y la corrupción y demás males que tardaría en citar, seríamos el mejor país del mundo entero. Al menos mi tristeza se hizo menos densa.

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