El vaso que sobrevivió

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Ése fue el día más crucial de su corta existencia. Reluciente fue depositado en el porta trastes, miraba en silencio las manos que se movían rápidamente tallando tenedores, cucharas y recipientes, nada lo atraía más que el momento en que las manos se acercaban al lavabo y en un dos por tres ya tenían todo limpio.

Observó sigilosamente la cocina, ése lugar extraño al que se había mudado hace casi dos meses junto con todos los demás, vio la mesita en el centro con algunas migajas del resto de la comida, observó a los tres raros sujetos platicando en ese idioma extraño de los humanos, no era tan feo ser un vaso de vidrio, sólo tenía que cumplir su papel, no moverse, no caerse, estar limpio y rozar los labios de esos extraños de vez en cuando.

Él era un vaso orgulloso, no era como las cucharas chismosas que murmuraban cada vez que el joven las tomaba para las comidas, ni era como los tenedores que se reían de los gestos de los humanos, tampoco se podía comparar con los vasos de colores y de plástico, ellos eran unos chamacos tremendos a quienes usaban para tomar leche. No, él junto con sus tres hermanos, era un vaso especial, sólo era usado en contadas ocasiones, cuando iban invitados o en las comidas en donde se bebía agua de limón o jugo de naranja.

Ese día los humanos hacían mucho estruendo como era su costumbre, él miraba pasivamente, le estaba molestando que las cucharas cuchichearan cada vez más, le dieron ganas de decirles algo para que se callaran, pero el cuchillo se le adelantó:

-Oigan ustedes, ¿por qué tanto estruendo?

-Observen, el joven hace malabares con los limones. –contestaron las cucharas al unísono.

Todos voltearon instintivamente, frente a ellos uno de los tres humanos lanzaba limones al aire y los agarraba antes de que llegaran al piso, las dos chicas que estaban con él reían. El vaso torció una mueca y se movió un ápice de su sitio.

-¡Vean! ¡Ahora toma los vasos! –gritaron las cucharas.

Y entonces el vaso ni siquiera tuvo tiempo de protestar y volver a colocarse en su sitio, una mano lo levantaba junto con sus hermanos, le dio vértigo despegarse del porta trastes, miró a su alrededor, las cucharas lo miraban asombradas, los cuchillos emitían leves sonidos, él era el centro de atención, hasta las servilletas y la catsup lo miraban.

Y entonces… vio como sus hermanos iban al aire y regresaban a la mano del chico, pero él cuando se elevó y pudo observar por vez primera desde otra perspectiva la forma de la cocina, no regresó a las manos del chico, los dedos se resbalaron por su vidrio reluciente, sólo alcanzó a oír un grito humano, algo parecido a:

-¡David nooooooooo!

Pero era demasiado tarde… el vaso cayó al piso… sintió el choque de su delicado vidrio con la dureza de la loza blanca… no sabía por qué razón, él, vaso, tenía que haber caído desde esa altura… se dio cuenta de que era un vaso, un vaso de vidrio… ¡y que no estaba roto! Pronto las manos lo alcanzaron cuando rodó hasta el garrafón de agua. Lo mantuvieron sano y salvo por algunos segundos mientras oía las casi inteligibles palabras humanas.

-¡Estuvo a punto! ¡No inventes David!

-¡Sobrevivió a esa caída!

Cuando fue depositado de nuevo en el porta trastes por una de las chicas las cucharas lo quedaron viendo, los tenedores, los cuchillos, los cerillos y hasta la cazuela de la comida, sus tres hermanos le dieron miradas de afecto, él, cuya vida casi no tiene sentido para nadie, había sobrevivido. Él era el vaso que sobrevivió.

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