María

Siempre ha sido una mujer fuerte. A la hora de su nacimiento la partera le dijo a la abuela:

—¿Éste es el último bebé que quieres tener?

—La última mujer, sí.

Y María vino al mundo. Creció en medio de las milpas, la pobreza, las gallinas y el sonido del clarinete que tocaba el abuelo. Por las tardes se tiraba en el suelo y asomaba su cabeza al camino de tepetate, le gustaba ver cómo los caballos hacías holladas en el suelo, cómo se levantaba el polvo, cómo se dispersaba el silencio…

Creció y se volvió una chica entusiasta. Por las mañanas se levantaba antes que el sol a barrer la calle que ni pavimentada estaba, luego regaba las plantas. Después se iba a la escuela de secretarias, regresaba y hacía pulcramente las tareas domésticas; cantaba mientras hacía la tarea, cosía y remendaba la ropa; leía un poco, y finalmente, antes de dormir, planchaba su ropa acompañada de las notas del clarinete que tocaba el abuelo…

Entonces lo supo, supo que no quería ser secretaria, supo que no quería dedicarse al hogar, entendió que su vida no era estar siempre sujeta a las mismas leyes y se rebeló. Un día, sin avisar, se dio de baja en la escuela de secretarias y se dio de alta en la escuela de música. Estudió solfeo, rítmica, canto. Nunca aprendió a cocinar. El día que los abuelos se enteraron de sus acciones no la bajaron de mala hija. La tristeza agobió su corazón, pero siguió firme en sus ideales.

Se volvió cantante en una estudiantina, luego se volvió solista en el grupo familiar. Los hombres siempre le decían:

—La música no es para mujeres.

Ella no necesitaba replicar, después de cada acto los aplausos callaban los reproches. Era feliz, realmente feliz, pero algo le faltaba…

—María, te vas a quedar a vestir santos.—se burlaban en su casa.

Todos sus hermanos ya se habían casado, menos ella. No estaba muy grande, pero pasaba de veinticinco y le faltaba poco para los treinta; María no se agobiaba, el abuelo siempre le decía:

—Tú no necesitas de ningún hombre; si no te quieres casar, no te cases.

Pero a María le gustaba el matemático. Y el matemático también la quería. Eran unos seres extraños en ese pueblo donde la mayoría, a su edad, ya tenían hijos. El matemático también era político y, como tal, creía en las soluciones. María decía que no existían las cosas imposibles. Y ambos se encontraron en la proyección de sus sueños y quisieron alcanzarlos juntos.

Entonces se casaron. María dejó de cantar. El matemático se metió de lleno en la política. Ella no se agobió de nuevo, estudió Letras y luego comenzó a dar clases. Por las noches tocaba la guitarra para sus hijos, mientras el matemático les leía cuentos de hadas. María tenía un matrimonio feliz, pero de nuevo le faltaba algo…

Se mudaron. El matemático le hizo una casa grande, con un jardín como ella lo pidió. Ella siguió dando clases. El matemático hacía un poco de política y un poco de números. Así pasaron los años y sus hijos crecieron. La casa comenzó a quedarse vacía. María pensaba en sus hijos, una estudiando Letras, otro amando la política, la chiquita manifestando sus habilidades para dibujar y cantar, igual que ella…

El corazón se le encogió… María se puso a llorar… porque no entendía cómo había educado a sus hijos pero los tres iban tras sus sueños, igual que ella y el matemático. Sí, María la cantante, la profesora de Letras, María la esposa del matemático, la que dice que no existen los imposibles, la que cree en la justicia y en los valores…

Esa María… es mi mamá.

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