Todo por culpa de “El pelos de elote”

O por culpa de su bicicleta. O por culpa de Humberto porque aquel día no quiso estar conmigo en el recreo. O por mi propia culpa por tenerle tan poca paciencia y…

Humberto y yo duramos más o menos dos meses. Creo que nunca nos tomamos de la mano ni nos dimos algún beso, ni siquiera en la mejilla. Pero todo eso no era necesario. Nos la pasábamos muy bien juntos. Amábamos la bicicleta y podíamos pasar todo el día jugando con ella. Me iba a dejar a mi casa y, a veces, salíamos a dar paseos en ella. Siempre él manejando… siempre yo en los diablitos.

Hasta que un día… como dijo Peyote… sólo hubo dolor. Él no quiso jugar conmigo, tenía un partido “importante” y yo, en lugar de sentarme a ver cómo intentaba parar balones, me fui a jugar con mis compañeros. “El pelos de elote” llevaba su bicicleta.

—¿Me das una vuelta en la cancha de fútbol? —le pedí señalando el vehículo.

—Si quieres te la presto. —me contestó el rubio.

—No, es que quiero ir en los diablitos. —insistí.

“El pelos de elote” accedió y subí detrás de él. Comenzamos a dar vueltas en la cancha de fútbol y pasamos justo en frente de Humberto. Así hasta que terminó el receso.

Luego Humberto fue a alcanzarme.

—¿Qué hiciste? —me preguntó molesto.

—¿Qué hice de qué?

—¿Por qué estabas con “El pelos de elote”?

—Es mi amigo…

—¿Sabes qué? —me dijo Humberto con una voz que no le conocía. —Creo que hasta aquí llegamos… tú no te estás tomando esto en serio…

Yo tenía doce años, él estaba a punto de cumplirlos también. Había sido mi primer novio y yo había sido también la primera para él. Por tanto, era la primera vez que oía esas palabras… y la primera en que mis ojos comenzaron a derramar lágrimas sin explicación. Cuando me vi llorando corrí hacia los baños. Y ahí estaba mi amiga Alondra.

—¿Qué tienes? —me preguntó ella con cierta preocupación.

—Humberto me cortó…

Luego, antes de regresar a los salones, Humberto se acercó a mí. Venía a pedirme disculpas. A decirme que a él también le dolía pero que era lo mejor. Ambos habíamos prometido que seguiríamos andando en la secundaria y él me dijo que si yo quería podíamos regresar cuando fuéramos en primer grado y hubiéramos crecido un poco más…

Todo lo negué. Todo lo rechacé. Había una especie de necedad en mí que no me hizo ceder. Y entre tanto ruego y lágrimas mías… Humberto lloró también… Y cuando lo vi llorar no me conmoví en lo absoluto. Lo tomé de la mano y secando mis lágrimas le dije:

—Sí… tal vez debamos crecer un poco más…

 

 

Esta es la historia con Humberto. Nunca regresamos a pesar de que sí fuimos a la misma secundaria e incluso estuvimos en el mismo salón. Nos volvimos amigos. Y cada vez que nos vemos no podemos evitar sonreír. Fue bonito mientras duró. Él aún ama la bicicleta y, a veces, va a visitarme, sólo que yo ya no me subo a los diablitos.

No Xhabyra, no se dedicó a ofrecerse a los traileros para olvidar mi amor jaja. Lo vi hace como medio año y supe que estaba muy enamorado de su novia y que había comenzado a trabajar. Saludos a Humberto porque con él aprendí dos cosas: 1. No es bueno dar celos a alguien que quieres mucho y que también te quiere. 2. El que él haya terminado la relación me hizo sentir de lo peor… desde ese día yo soy la que termina las relaciones…

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