La cicatriz

Gaby tiene siete años y duerme con un pan dulce en la mano. No se lo terminó antes de que le agarrara el sueño y ahora sueña que lo come. Sabe delicioso. Entonces, de la nada, surgen unas enormes tijeras y empiezan a cortar el pan. Gaby no hace nada, sólo observa cómo las tijeras deshacen el pan hasta que se acaba. Ella cree que esas tijeras se detendrán. Pero no, continúan cortando y siguen con su mano.

Comienzan a rasgarla.

Duele.

Gaby no sabe cómo detenerlas.

Duele más.

Abre los ojos.

Frente a ella está una enorme rata mordiéndole la mano. Está llena de sangre. Gaby grita estrepitosamente y en el acto la rata se echa a correr. Comienza a llorar. Sus padres van a ver qué pasa. La madre se asusta porque Gaby tiene la mano envuelta de sangre. La bajan de la cama. Mientras la madre la cura, el padre va en busca de la rata.

Menos de una hora después el padre logra dar muerte a la rata. Gaby se rehúsa a verla.

Luego la llevan al DIF. Le vendan la mano y le dicen que no debe usarla en una semana. Para colmo fue la derecha.

En esa semana Gaby aprende a escribir con la mano izquierda. Deja de decir que una rata la ha mordido porque descubre que es motivo de burla para sus compañeros. ¡Ahí viene la que fue mordida por una rata! ¡No fue un perro, no fue un león, fue una rata! Gaby se siente realmente mal. Después de esa semana le quitan la venda, quedó una pequeña cicatriz, marca donde la rata clavó su mandíbula.

Y ya.

Sólo que curiosamente, desde ese suceso, nunca jamás la ha mordido otro animal, ni rasguñado, ni picado, ni atacado, ni nada. Bueno, una vez un perro la correteó y la hizo dar cinco vueltas a la misma calle, pero ésa es otra historia.

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