Mi cielo

¡Existe la luna!, eso me dije cuando tenía ocho años. Era 31 de octubre y había un enorme círculo en el cielo, rojizo. Me impresionó tanto que no dejé de mirarla en todo el rato que tardamos en llegar a mi casa (sí, la vi por la ventana del automóvil). Y seguía impresionándome que, a partir de esa vez, comencé a mirarla diario. Conocí la luna. Anhelé la luna. Deseé vivir en la luna. Y sólo no me enamoré de ella porque consideraba que era mejor que fuéramos amigas.

Comencé a pedirle deseos. Y algunos se cumplieron. Y fue tanta la complicidad que un día, de esos en que el mundo se derrumba y no existe nada mejor que aislarse de todo, me fui a verla. Exclusivamente. Me puse una enorme chamarra pues ya era de noche. Mi bufandita. Mis auriculares con mi reproductor (la música no podía faltar). Salí de casa sigilosamente y, una vez afuera, corrí.

No corrí mucho, sólo unos cuantos pasos, los suficientes para ir a la zona del jardín donde no daba la luz. Si alguien se asomaba por la ventana no lograría verme. Me recosté en el pasto. Puse música y miré. Pero… no había luna. Era uno de esos días en que estaba en su etapa de luna nueva. Fatal. Iba a pararme y huir a mi habitación, de nuevo, pero una luz brillante me detuvo.

Y vi que había muchas luces brillantes. Muchos puntitos. Bastantes. Millones. ¡Miles de millones! ¡Existen las estrellas!, me dije. En mi plano visual primero estaba una y luego otra y otra y otra más. Y no podía contarlas. Bien que llenaban la ausencia lunar. Miré el cielo. Algunas veces ya lo había visto pero no había reparado en que ESTABA ahí.  S I E M P R E. Arriba de nosotros, o abajo, o a un lado, como se quiera ver. Alrededor de nosotros. De mí.

Lo miré tanto que comenzó a pandearse. Y se pandeaba tanto que de pronto sentí que me caía en él. Si el cielo fuera el vacío no me daría miedo soltarme a lo desconocido. Me sentía en una película de 3D y eso que aún no había visto alguna. Un hormigueo me recorrió. La sensación de soltarme fue tan fuerte que sí… me solté… Sólo, dejé de aferrarme al pasto. Dejé de querer estar en casa. De querer estar en mí. O en ellos. O en algo. Caí…

Y la maldita gravedad me retuvo. Lloré. Lloré bastante. Ahí estaba mi cielo, sobre de mí, debajo, a un lado. Envolviéndome. Y yo tenía que contentarme con mirarlo. Nunca había estado tan  f u e r a  de mí. Tan cerca del cielo, literalmente. Mi madre salió a buscarme, estaba preocupada. Y al levantarme comprendí que todo en la vida era realmente gracioso. Tenía un universo entero y yo me molestaba por tonterías.

Por eso amo mirar el cielo. Lo amo de verdad. Es una de mis aficiones que no cambiaría por nada en este mundo.

 

 

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P.D. Quiero escribir más en mi blog y por eso, robándome cabalmente la idea de Hermes, he decidido que el primero en comentar dirá el tema de la próxima entrada o me hará una pregunta (como él/ella prefiera) que a su vez será respondida en el próximo post. Ah, y claro, no se aceptan anónimos. ¡Gracias por seguir leyéndome!

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