Perdida

La mezcla de canciones tristes, tarea excesiva y el recuerdo de una persona que no iba a volver provocó que Léa quisiera perderse en la ciudad. Sí, a propósito. Había estado mirando un mismo punto en la pared durante horas, sin decir ni hacer nada más que repetir en su cabeza una y otra vez sucesos que no se repetirían, palabras que no volvería a oír, proyectos que quien sabe si cumpliría, escenas de doramas que la hacían sentirse mal. Harta de no tener orden en su mente y mucho menos en su corazón decidió salir a perderse. Y luego, si tenía suerte, poder regresar con bien.

Echó a un morral un cuaderno, una pluma, un libro, una cámara fotográfica y un reloj. Llenó su botella de agua y pasó a comer bien. Quería perderse, pero no quería morir de hambre en el camino. Tomó unas cuantas monedas y salió. Fue a la estación de metro más cercana y una vez sentada en uno de los vagones dejó que el tren marchara. Se bajó al azar sin mirar el nombre de la estación. Nunca había estado ahí, así que, valiente, salió a la calle. La recibió un panorama desolador, multitud de gente y automóviles y un enorme cielo nublado.

La mezcla de gris, ruido y soledad provocó que Léa quisiera llorar. Las lágrimas se acumulaban desordenadas y la chica las retenía con fuerza mientras había iniciado una caminata furiosa y rápida. Miraba hacia abajo, veía cómo sus pies se desplazaban por la banqueta. Entonces, en esa prisa que ni ella misma comprendía, chocó estrepitosamente con una persona y cayó al piso, justo a un lado de la carretera. Un automóvil pasó rozándola, pero ella no percibió nada porque el dolor del impacto la tenía ocupada.

--¿Estás bien? –preguntó el hombre con quien había chocado, ella supuso que era hombre pues la voz se le oía grave.

Léa se soltó a llorar. No quería mirar el rostro de nadie, ni quería que nadie la viera en tal estado. La culpa era de esa tonta mezcla de frío, suelo y dolor. Intentó ponerse de pie y pronto sintió que una mano quería ayudarla.

--¿Segura de que no te pasó nada? –volvió a escuchar la voz.

Se limitó a asentir con la cabeza. Logró ponerse de pie y con la mirada todavía baja susurró un gracias. El hombre dijo un no te preocupes y se alejó lentamente, como pensando. Léa no retomó su camino, se quedó parada. Mirando nada. Pensando realmente nada. Como perdida en su propia realidad. Los automóviles seguían pasando cerca de ella, la gente que pasaba no reparaba en su existencia; era el estado perfecto de la soledad, la más plena, la más increíble. Tantos y a la vez ninguno. Y entonces Léa tuvo la loca idea de abrazar a alguien, a quien fuera, para sentirse viva, para sentir que estaba ahí. Que   e  s  t  a  b  a.

Una abuelita pasó vendiendo alegrías. Iba a ofrecerle una a Léa cuando ésta sin darle tiempo siquiera de articular palabra, la abrazó. La abuelita no la rechazó, la chica percibía el olor a sudor y a mugre, pero no le importó. Era esa mezcla de tristeza y alegrías la que provocó que Léa dejara de llorar. Una vez que se separó se sintió un poco avergonzada.

-¿Qué te pasa, niña? –preguntó la abuelita ofreciéndole una alegría.

Léa tomó el dulce, lo pagó y respondió con sinceridad:

-Perdóneme, pero es que sentí la necesidad de abrazar a alguien.

-Vaya, lástima que no se te ocurrió hacerlo cuando te caíste, el muchacho que te ayudó estaba muy guapo.

Léa casi volteó por inercia. No había rastro del chico que la había ayudado. Fue la mezcla de ironía, picardía y atronadora realidad la que provocó en Léa una enorme sonrisa. Dio las gracias a la abuelita y decidió perderse de nuevo. A la próxima haría menos caso de las mezclas de frío con dolor, o de gris con ruido, o de soledad con lejanía y se enfocaría mejor en ver quién quería ayudarla a levantarse.

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