Casa sola

Esa mañana no había nadie en casa de Sergio, salvo él. Su familia había salido desde temprano a un lugar desconocido donde seguramente se estarían divirtiendo bastante sin preocuparse del pobre Sergio que se había quedado dormido. Pero no le preocupó. Cuando estuvo seguro de que volverían hasta tarde tomó el teléfono y le marcó a Liliana, su novia.

—¿Quieres venir a mi casa?

—¿A qué?

—Pues… a conocerla.

—¿Para qué?

—No hay nadie.

—Ah… .—Esas últimas tres palabras le hicieron comprender la situación. —Llego en una hora. —Y colgaron.

A Sergio le inundó la emoción. Tenía seis meses con Liliana y eso de explorar sus cuerpos se les daba muy bien. Rápidamente escombró la sala, medio arregló la cocina, barrió el patio y hasta perfumó su habitación. Y en punto de las diez de la mañana sonó el timbre. Era Liliana. Estaba recién bañada y se había pintado los labios.

—Pasa. —Pidió torpemente Sergio algo embobado por la presencia de su novia.

Ella sonrió tímidamente. Entraron a la sala y se sentaron.

—Pues… esta es mi casa.

—Es muy agradable…

Sus corazones latían considerablemente rápido. Tanto les emocionaba estar juntos. Sergio tomó la mano de Liliana y ella sintió una fuerte descarga que le erizó los vellos de todo el cuerpo. Se levantó nerviosa y se acercó a las fotos familiares que reposaban en la mesita de centro.

—¡Qué bonito estabas!

—¿Estaba?

—Pues sí, ahora estás guapo…

Sergio se había acercado nuevamente a ella, la había tomado de la cintura y había comenzado a besarle la oreja. Ella se dejó llevar por un momento. Pero luego la invadió el miedo.

—Espera, ¿que tal si vuelve tu familia? ¿Qué dirán si me ven aquí?

—Pues te presento y ya. —Y Sergio volvió a lo suyo, besar el cuello de Liliana.

—No, espera, no estoy muy segura.

—Entonces vamos a mi cuarto y cerramos la puerta.

Acto seguido Sergio levantó a Liliana como si fuera una novia vestida de blanco y la llevó a la cama de la habitación. Sonrieron. Y comenzaron a besarse y tocarse todo lo posible. Sergio comenzó a quitarle la blusa y el sostén mientras posaba sus labios en los delicados senos. Liliana le acariciaba la cabeza e iba a comenzar a quitarle la playera cuando…

sonó el timbre.

Se quedaron estupefactos unos segundos oyendo en el silencio de la habitación sus propios latidos furiosos y confundidos. “No voy a abrir”, susurró Sergio besando cálidamente la boca de Liliana. “¿Y si son tus papás?”, murmuró la chica. “No, no son”. Nuevamente sonó el timbre. “No son ellos porque tienen llaves y no necesitan tocar”. Otra vez sonó el timbre. “¡Demonios!”, maldijo Sergio levantándose y medio acomodándose el cabello, “espera, no tardo”. Salió de la habitación. Liliana miró el techo e imaginó por un momento que eran los padres de su novio, ¿qué pasaría? Se vistió rápidamente y se sentó en la orilla de la cama mientras Sergio regresaba. El chico no tardó en volver.

—¡Maldición! —bufó al entrar.

—¿Qué pasa? ¿Quién es? —Liliana temblaba de los pies a la cabeza.

—Es el del cable, tiene como una semana que contratamos el cable para la televisión y se les ocurrió venir hoy a ponerlo.

—No inventes. —dijo Liliana entre aliviada y divertida.

—Perdóname, no contaba con esto. —se disculpó Sergio abrazando a su novia y dándole un beso en la frente.

—No te preocupes. —respondió ella cariñosamente acariciándole la espalda.

Sergio sintió las manos de su novia y la besó apasionadamente. Nuevamente, llevados por el deseo, se tiraron en la cama. Había un señor en la sala acomodando una antena para la televisión, pero ellos estaban en una habitación con la puerta cerrada y les parecía que no hacían ruido. Iban a comenzar de nuevo el despojo de las ropas cuando…

—¡Sergio! —lo llamó alguien desde la sala. Una voz de mujer.

—¡No mames! ¡Mi mamá! —Sergio se puso de pie rápidamente.

—¿Qué? Pero si dijiste que no iban a volver hasta tarde.

—Lo sé, lo sé, déjame ir a ver, no te muevas de aquí.

Liliana, aunque hubiera querido, no podía moverse. Estaba pálida y sentía que cualquier movimiento suyo se oiría hasta la calle. Eso hasta que oyó unos tacones que se dirigían a la habitación. “¡No!, debo esconderme”, pensó en su estado de miedo total. Con todo el cuerpo hormiguéandole de los nervios, se metió debajo de la cama. La puerta estaba a punto de abrirse cuando Sergio intervino:

—Ahí no están má, creo que se quedaron en tu cuarto.

Los tacones se desviaron y Liliana pudo respirar un poco.

—Ya íbamos más de la mitad del camino cuando tu padre se dio cuenta de que no los llevábamos, nada más fuimos a perder tiempo. —decía la madre.

—¿Entonces ahorita se van otra vez? —preguntó Sergio con un muy marcado tono esperanzador, Liliana sonrió.

—Sí, ayúdame a buscarlos, ¿no se habrán caído debajo de la cama?

Liliana se paralizó de nuevo. ¿Y si iban a buscar debajo de la cama de Sergio? Salió lo más rápido posible de su escondite, dio unas cuantas vueltas en la habitación muriéndose de nervios y de miedo. Los tacones se dirigieron de nuevo hacia ella. Vio el armario, le pareció el escondite perfecto. Entró temblando, ni siquiera podía mover bien los brazos. Esperaba encontrar ropa de hombre, pero vio que esa parte del armario estaba llena de abrigos de dama. “Son de ella”, pensó y quiso moverse, pero entonces la puerta se abrió.

—¿No que no estaban aquí, Sergio? —la madre tomó unos sobres del buró y volvió a salir. Liliana estaba que no se la creía. —Tráeme el abrigo beige, está haciendo mucho frío.

Sergio entró a su cuarto y cerró la puerta detrás de sí. “Liliana, ¿dónde estás?”, susurró. “Aquí”, respondió ella desde donde estaba el abrigo beige. “No manches, ¿por qué te metiste ahí? Pásame el abrigo, ya vengo”. Sergio salió con el abrigo y minutos después volvió. La madre ya se había ido.

—Ya sal de armario. —pidió con una sonrisa.

Liliana todavía temblaba. Se sentó en la cama, aún pálida. Sergio la miró risueñamente.

—Tuvimos suerte. —dijo para romper el silencio.

—Idiota. —Liliana comenzó a golpearlo.

Luego les ganó la risa. Una risa muy sonora e imparable. Se abrazaron.

—Debo irme. —dijo la chica al fin.

—Vamos.

Se tomaron de la mano y salieron de la casa. El señor del cable los miró, ceñudo. Pero ellos no se dieron cuenta, seguían riendo a lapsos y sus corazones aún no se tranquilizaban del todo.

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