I Carta: Fulgurante y rota

Respuesta a El amor es un danzón.

Cariño,

dices que el amor es un danzón y por supuesto que te creo. Suena el danzón y yo bailo con una pareja borrosa. En realidad, pienso, somos seres borrosos. Más si se trata de amor. Para todo esto me sujeto a la teoría de las recepciones, aquello en que cada persona tiene su propio mundo y, por tanto, cada quien ve lo que quiere ver cuando quiere verlo. Aferrándome a eso no puedo decir que no conozco el amor porque sí lo conozco y lo he visto y lo he sujetado con mis propias manos. Le creo a Sabines cuando dice que el amor sólo quiere jugar. También le creo cuando dice que el amor no puede decirse. Y creo también en que el amor existe y que cada quien puede saber si lo conoce o no.

Dices que piensas mucho y yo puedo decir que no hay que pensarlo tanto. Sólo pasa y ya. Y por ser humanos tenemos hambre infinita de conocerlo todo o, al menos, de tener una idea de todo. Y es imposible, casi siempre es imposible. No puedo describir el amor, pero sí puedo. Es como la noche y el silencio. O como la conjunción entre muerte y vida. E incluso, si coloco ahora mismo un montón de palabras inconexas, todas cobran sentido si se trata de amor.

Pienso también, cariño, que debemos olvidarnos del mundo. Del mundo real que está a nuestro alrededor y que nos contamina. De ese mundo donde, dices, las relaciones son vagas y banales, fraudes, comercio. Cada quien escoge lo que quiere ver y, sin afán de sonar egoísta, hay que escoger sólo lo bueno. Sólo lo bueno hablando estrictamente de esas relaciones. (Porque pienso que también debe tenerse una conciencia social y política, creo que todo aquello no debe ser ignorado, pero ya es de cada quien). Así pues, te presumo que me consta aún más que el amor existe en los mundos que conviven conmigo. Porque así como existen amigos convenencieros y relaciones dañinas, existen la sinceridad y la pureza. Todo converge en el mismo mundo.

Me gusta el amor. A pesar de todo, me gusta. Y me gusta porque me gusta vivir. Y no hablo, ahora, sólo de lo bueno. Hablo también del dolor que, por supuesto, también conoces. Oponiéndome a la canción de Drexler La vida es más compleja de lo que parece, me atrevo a decir que en realidad la vida es más sencilla. Y que el amor es insondable, por supuesto. Y misterioso, escabroso, doloroso. El amor no puede ser sólo bueno, el amor también es malo. El amor es uva y pan. Vino. ¡Es que el amor es todo! Y aquí cabría mencionar ¿amor a alguien o amor al amor? ¡Amor, sólo amor, nada más!

Pero alguien, siempre hablamos de alguien, porque alguien es capaz de hacernos dar la vida y de destruirla por completo. El poder de ser humano es inmenso. Alguien que se clava en el pecho, se esconde en las profundidades de los sentimientos y aparece en los momentos más inexactos. Alguien que se descubre ante nosotros y a quien nosotros nos descubrimos. Alguien que poco o mucho sabe del amor, pero que eso, ¡eso es lo menos importante!, a fin de cuentas está. A fin de cuentas esa persona está. ¡Está!

Comprendo que quieras estar solo, cariño. Yo no sé si de verdad quiero estar sola o acompañada, creo que no me importa mucho por ahora. Sólo sé que quiero seguir aquí. Pero el otro día, hurgando entre poemas sueltos me encontré con uno de Santiago Kovladoff que se llama Se sugiere y que dice así:

No vuelvas todavía. Es mejor esperar.

Hablarías hasta el alba, la casa es chica

y el amor sólo pide unas pocas oraciones.

Mientras tengas qué decir o mucho

que aprender o algo

que enseñar

no vuelvas todavía.

Te quiero rota, amor.

Lo que se dice fulgurante y rota.

Como cabe a una buena mujer por fin perdida

que se ha visto girar y girar en el espejo.

Y me puse a llorar. Creo que poco sabemos del amor, por mucho que lo hayamos tocado. Ya no me interesa afanarme a su desentrañamiento. Estoy rota, cariño. Pero todavía no fulgurante y rota. Y eso es lo que hago ahora… pegarme de a poquito para fulgurar en los espacios vacíos.

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