El camino a casa

Es la hora azul y la tarde tiene ese color que tanto me gusta, entre azul y rojo, tonos perlados, violetas, una locura. Detengo el paso, quiero quedarme y mirar. Calla, callen todos. No hablen, no caminen, no se muevan, este es un momento sublime. Tiempo, estáncate. Permite que por un momento me vuelva el ser más denso, que mis pensamientos y todo lo que me compone se haga pesado y caiga y se derrame y se evapore. Que los últimos rayos del sol me lleven hasta el campo claro que se extiende sobre mi cabeza.

Mi cabeza, tanto que ha venido guardando e hilando sin razón alguna. El momento ha pasado y ahora todo sigue en marcha. La noche cae lentamente y yo siento frío, de ese frío suave que se cuela debajo de la ropa y recorre todo el cuerpo como en susurros. Ay, cuánto te extraño. Quiero ir corriendo a ti y contarte lo que siento. Quitarme toda la ropa y todas mis palabras y decirte: Mira, mira bien, que sólo así me describo. Pero qué loca estoy, se hace tarde. Me detengo otro momento para ver cómo el sol se va por la colina, ¡el sol! ¡el sol enorme y maravilloso! ¡Adiós, Sol, adiós, salúdame al Universo!

¿Pero qué me pasa? ¡Me siento tan ligera! ¡Oiga, señor, deténgame la mochila que ahora mismo me voy con el viento! Mis cabellos se dejan llevar con la brisa del atardecer, ahora el cielo es azul y gris y como plateado. Y creo que soy capaz de adecuarme a sus colores y volverme toda yo invisible. Invisible. Completamente invisible, te digo.

Y llegar a tu lado, rodearte con mis brazos, besarte la frente, susurrarte: Gracias, gracias porque nunca antes había amado tanto y nunca antes me había sentido tan libre. Y luego caer exhausta por el vuelo inesperado, sentir tu sonrisa, tu mano acariciando mi rostro mientras me dices: Duerme, el día estuvo largo, ya estás en casa.

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