Ganas

¡Ay, pero qué ganas tengo! Pensaba la joven apretando las piernas. Su amigo, ese amigo tan guapo que tenía y por el que todas morían, le acariciaba los pechos. Hacía mucho calor y sus neuronas habían saltado un poquito, se bronceaban. Y ellos se sentían ajenos a sí mismos. Luego él acercó sus labios y ella casi lo mordió. La marea de sus ganas los llevó al naufragio.
Cuando despertaron un hormigueo recorría sus cuerpos.
—Es tarde, la noche ha caído —dijo él algo ensimismado.
—Es tarde, yo he caído —respondió ella y se puso a llorar.
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