El asiento moral

Si te sientas en él, inevitablemente sentirás el deseo de cederlo. Se encuentra en un vagón del metro de la Ciudad de México, el transporte público por excelencia. Yo lo vi, pero no quise usarlo porque vi su tono verdoso un tanto diferente, como no llevaba mochila, preferí ir de pie todo el trayecto hasta Guerrero. Una señora de lentes negros se sentó en él, pero a la siguiente estación se paró para cederlo a una mujer que entró comiendo un polvorín.

La mujer de canas blancas comió su pan con toda la serenidad del mundo mientras estuvo sentada, situación que no duró mucho, porque dos estaciones después cedió el asiento a una mujer embarazada. Cómo se acariciaba la panza aquella futura madre y tuvo que dejar de hacerlo cuando un hombre ciego subió al vagón. Nadie más se levantó, sólo la mujer y su enorme panza, era porque estaba ocupando el asiento moral, aquél que no te deja quedarte sentado mucho rato porque necesita de todos los traseros.

Por fortuna, aquella señora bajó en la siguiente estación y el ciego ocupó el asiento, para dejarlo después a una niña de tres años que estaba haciendo berrinche porque quería ir sentada. ¡Qué feliz fue esa niña en las dos estaciones que duró en el asiento moral! Después su madre la jaló y ambas salieron dando traspiés en una de las estaciones más concurridas.

El asiento moral estaba a la expectativa, ¿quién se sentaría en él? El ganador fue un hombre de gorra azul, moreno y cansado. Lo miré cuando bajé en la siguiente estación. Se había levantado para ceder el asiento a un hombre de mayor edad que usaba bastón. Ay, ese asiento moral, de verdad que remuerde la conciencia. ¡Todos los demás asientos qué estáticos están!

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