La mujer violenta

Mi hermana y yo fuimos al Waldo’s. Logramos entrar justo antes de que cerraran las puertas, tomamos lo que necesitábamos y nos formamos para pagar. Dos mujeres estaban delante de nosotras en la fila. Todo iba bien hasta que la primera de las señoras comenzó a despotricar contra una de las trabajadoras, entre su perorata interminable se escucharon groserías, insultos, quejas. Me helé. La violencia verbal es terrible y, luego, como río caudaloso, desembocó en una pelea cuerpo a cuerpo. Arañazos, puños y patadas recibió la trabajadora, los paraguas se usaron como espadas y el hombre que intentó apaciguar la riña fue usado como saco de papas, a ver quién lo esquivaba más rápido para dar el golpe certero. Una niña, hija de la segunda señora que estaba formada, se tapó los oídos y cerró los ojos. El esposo de la mujer violenta suspiró resignado y se cruzó de brazos. S e  c r u z ó  d e  b r a z o s. Y yo no me crucé de brazos, pero tampoco hice nada. Ni mi hermana. Ni los otros trabajadores. Ni la otra señora formada. Fuimos testigos estúpidos presenciando la lucha injusta.

La mujer violenta no cabía en sí de la furia y la trabajadora tenía muchas ganas de llorar. Salió del Waldo’s amenazando que la esperaría allá afuera, que se la rompería toda. Y el esposo la siguió con el rostro cansado, sin decir nada. Por fin avanzó la caja, los trabajadores se apresuraron a disculparse. “Sea lo que sea, no era forma de reaccionar así”, dije aludiendo a la actitud de la mujer violenta. “No podíamos hacer nada, señorita, son políticas de la empresa, nosotros sólo somos trabajadores y ella una clienta”. Me helé todavía más. ¿Qué voy a hacer la próxima vez que me toque presenciar un hecho parecido? ¿Volveré a quedarme callada? ¿Cómo enfrentar el miedo de ser golpeada por una mujer violenta? ¿Qué haría usted, querido lector, si se encuentra en una situación parecida? ¿Qué le habrá ocurrido a esa señora, para guardar dentro de sí todo ese odio, ese rencor que la hace desquitarse con quien sea que le lleve la contraria? Ese marido sin duda debería encabezar una defensa a los esposos sobajados. Y la mujer violenta se llamaba Lucero, como para rematar la ironía de vivir en esta ciudad desquiciada.

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