24 septiembre, 2015

Ovidio y el amor

Ensayo escrito por Abril G. Karera

El amor, esa palabra que aún después de haberla experimentado no puedo definir. Amor es… y callo porque no lo sé y porque lo sé, pero ¿cómo decirlo? Es esto y es aquello y también puede ser esto otro. La primera vez que lo sentí parecía como si pudiera lanzarme de cualquier lado y de alguna forma mágica no caer porque el viento me llevaría alegre sobre sus hombros. Sí, el amor logra hacer muchas cosas y una de ellas es hacernos perder un poco de cordura. Y la primera vez que sufrí por amor, vaya, para qué decirlo, nada era más grande que el dolor, nada más grande que el vacío. El amor también logra hacernos sentir miserables, pero eso todo el mundo lo sabe.
            Cuando era enamorada primeriza, por llamarme de alguna manera, quería saciar las ansias de mi deseo y afortunadamente encontré un libro de poesía hispanoamericana. Bebí con la mirada los poemas amorosos de Luis G. Urbina, Pablo Neruda, Juana de Ibarbourou, entre otros. Dije: esto es lo mío, y comencé a plasmar mis experiencias en versos malos pero llenos de sentimiento. Supe que el amor era poesía y la poesía era amor. La cadencia de las palabras calmaba mis ganas de estar al lado de la persona amada o terminaba por hacerme exclamar: ¡es verdad! ¡Yo siento así! Lágrimas iban a dar a las páginas y sonrisas tímidas a mis labios.
            Hay algo en la palabra que es magia, acción y sinceridad. El escritor lo sabe, pero el poeta lo comprende. No basta con saber medir y lograr un endecasílabo, hay algo más, algo que implica amor para que las palabras se encuentren entre sí y logren el efecto deseado. Amor a la poesía. Sólo con la práctica uno entiende que por más que se escriba sobre los sentimientos nunca podrá desentrañarlos, que por más que aumente su vocabulario habrá cosas que simplemente no podrán decirse. Pero para eso está la poesía, para intentar dar voz a sentimientos universales que pueden tener mil caras y, por tanto, llegar más al corazón que a la mente.
            Conocí a Ovidio algo tarde. En mis clases anteriores de latín lo trabajábamos mucho, pero el método riguroso de traducir la lengua y mi casi nula comprensión sobre ella no me permitían apreciarlo en su totalidad. Mi encuentro con él fue lento y, por lo mismo, cada vez más maravilloso. Ovidio es de esos poetas que causa emociones aún a aquellos lectores que no están interesados en el amor. Es la magnificencia de su arte, un artista de los más aclamados. Me interesó escuchar que era un genio como pocos en la historia poética y aunque ya había leído varias veces su biografía para términos escolares, nunca le había dado la importancia que se merecía.
Publio Ovidio Nasón es innegablemente uno de los autores más representativos de la Roma clásica. Junto con Virgilio ha sido alabado multitud de ocasiones por su perfecta elegía, su ingenio, su destreza en la poesía. Sin embargo, a diferencia del autor de La Eneida, Ovidio se caracteriza por el juego, lo pueril, la diversión esbozada con arte. Y qué decir de su concepción del amor, pocos pueden reflejar con tal maestría los golpes de este sentimiento y sólo él, durante su época, pagó duramente por ello.
            Ovidio nació en Sulmona, hijo de familia rica tuvo acceso a una educación de élite en la que pudo acercarse principalmente a la retórica. Abandonó sus estudios de derecho para dedicarse de lleno a la poesía; pero, en contraste con sus colegas, no lo hizo con un juicio de servicio a la patria, sino con el del entretenimiento, que resultó ser muy novedoso para la época. Esto ya dice mucho sobre el carácter del autor. A Ovidio, le gustaba experimentar con sus propias creaciones sobre temas que, él sabía, tendrían el impacto suficiente para colocarlo entre uno de los poetas más famosos del imperio.
Sin embargo, a pesar de que su poesía habla sobre el amor (del cual toca varias facetas como: la conquista en el Ars Amandi; el sentimiento sublime y divino en Amores; la tristeza y la desesperación en Heroidas) los estudiosos descubrieron que en el poeta vivía más el ingenio que el propio sentimiento. “Es un gran artista, pero se recrea demasiado en su arte” (p. 301), dice Bayet. “Hay un nuevo giro en Ovidio: el radical desplazamiento en el sentido de la poesía de la tendencia educativa a la de entretenimiento” (p. 200), apunta Bickel. Por supuesto, la primera vez que leí esos argumentos me sentí indignada, ¿Ovidio ha jugado con mis sentimientos? ¿Es eso posible? Hablaré de ello unos párrafos más adelante, ya que primero hay que sumergirse en el contexto histórico para comprender mejor los paradigmas que llegó a romper.
            Ars Amandi se publicó entre los años 2 a. C. y 2 d. C., época en la que se tenía una visión educativa de la poesía, en ella sólo podía hablarse del valor, de la gloria, de aquellos aspectos intrínsecos para Roma que lograban que sus ciudadanos siempre estuvieran seguros de quiénes eran. Así que no es de extrañar que la Eneida se encontrara en el pedestal más alto y que Virgilio contara con todos los honores. Pero Publio Ovidio Nasón llegó como un rebelde siguiendo una tradición que apenas abría brecha. Así afirma Bickel:

“El espíritu puritano de la gravitas y de la auctoritas que se había encumbrado poderosamente desde los comienzos políticos de Roma, bajo la represión de los instintos artísticos de los romanos y latinos, ya no pudo subsistir ante el espíritu artístico y literario de los romanos como el que se desplegó en las obras de la época augústea hasta la Ars Amatoria de Ovidio” (p. 80).

La literatura, como en todos los tiempos, tiene que evolucionar. La poesía de Ovidio no sólo reta la ley, reta la misma concepción del ser humano dentro de la sociedad, sin dejar de respetar las características de la elegía romana.
Si la poesía de Ovidio llega a lo más hondo del corazón leyéndola a tantos siglos de distancia, ahora imaginemos un momento lo que pudo ser en aquella época cuando estaba pensada para leerse en voz alta. Todavía no existían los libros como hoy los conocemos, así que Ovidio no podía anhelar un gran tiraje de su obra para que cada persona lo leyera a escondidas en su casa. Aquí radica el reto: su poesía erótica adquirirá mayor subversión al declamarse. Mutila necesariamente un eje de la vida del ciudadano romano. La poesía erótica tratada como él la trata (sencilla, certera, sin tapujos) rebuscará nuevas formas de entender el ente. Sin duda, Ovidio fue inteligente y el propósito de su poesía, aunque no hubiera sido en un principio tan ambiciosa, terminó por hacer el revuelo suficiente para hacerlo perdurar a través del tiempo.
“No debemos exigir a Ovidio ni filosofía del mundo, ni pensamiento hondo, ni siquiera simpatía a aquello que no es de su tiempo” (p. 307), puntualiza Bayet. Virgilio es de una época distante de Ovidio, porque éste último hereda más bien la estética helenística caracterizada por la despreocupación de la política y por un gusto de la erudición. Erudición que también se toma a la ligera. Además, la época de Ovidio está caracterizada por el desate de las pasiones romanas, comienza a florecer en Roma la plena libertad, la riqueza, la cultura con mayor acceso al vulgo. Ovidio pertenece a la clase alta y disfruta de las mejores cosas, no es extraño que haya elegancia en su poesía, diversión y desacato.
La materia del amor, como lo he mencionado, es universal. El enamorado tiende a expresarse, los que tienen la habilidad de la escritura lo harán inevitablemente en versos; los que no, hallarán otras formas (tristemente ahora pueden observarse esas manifestaciones en textos de redes sociales que vienen acompañados de fotografías mal editadas, carentes de reflexión y que, la mayoría de las veces, contienen terribles faltas de ortografía). Si Ovidio nunca se enamoró (aludiendo a los críticos que dicen que era más genio que enamorado) definitivamente fue excelente observador del mundo que lo rodeaba.
En Amores se percibe con mayor detalle la alegría del poeta y ese lenguaje sencillo que, tal vez, es un indicio de que el amor es un sentimiento para todos, que cualquier persona puede entender. Esta obra data de su juventud (fue publicada en el 16 a. C.), así que se considera que en ella hay más rasgos retóricos que sentimentales. Las correlaciones que menciona con otros poetas forman su canon personal. Además de que dotan de autoridad a los poemas que crea, marcan sus inicios como uno de los grandes, pues qué mejor que imitar a quienes admira sin caer en la copia barata, sino todo lo contrario: las intertextualidades son una especie de homenaje a sus favoritos.
Citemos tan sólo dos de sus versos de uno de mis poemas favoritos (Am., II, 16;13-14):
non ego, si medius Polluce et Castore ponar,
in caeli sine te parte fuisse velim.

[si me honraran colocándome entre Cástor y Pólux,
lejos de ti no quisiera habitar el cielo]

¿Se aprecia la sencillez con la que el autor resta importancia a la vir romana para quedarse con el amor? Ovidio siempre manejó sus poemas como una diversión, nunca los tomó muy en serio, pero resulta claro que había que leer entre líneas, al menos eso fue lo que hizo el imperio. Creo también haber mencionado que Nasón fue una persona muy culta, él tenía todas las herramientas necesarias para hacer poemas exquisitos y, sin duda, uno de sus grandes pilares fue la mitología.
            Casi no hay poema en el que no haga alusión a algún dios o héroe mitológico. Característica de su época en la que los dioses habían dejado de tener importancia solemne y uno podía tomarse la plena libertad de utilizarlos para sus fines literarios (atrás había quedado el ensalzamiento hecho por Virgilio). La figura divina retratada por Ovidio es tan humanizada que es difícil que exista una mujer que no se sienta identificada con alguna de las heroínas de sus Heroidas. En Amores, en el poema 3 del libro I, observamos también ese juego con las musas y los dioses (vv. 19-20):
te mihi materiem felicem in carmina praebe
provenient causam carmina digna sua.

[sé tú –Venus- el tema dichoso de mis cantos,
y éstos surgirán dignos del objeto que los inspira]

Ovidio pide su gracia para que sus versos gocen de magnificencia (justo como en el proemio cuando culpa a Cupido de su genio poético), al ser hombre culto resulta complicado que también profesara una fe ciega hacia los dioses, pero sabía que la sola mención de lo divino dotaba a su obra de un carácter sacro y propio de la época.
            Así he llegado de nuevo a la pregunta: ¿Ovidio escribió sobre el amor sólo porque era fácil de retratar y con ello enganchar a los lectores? Es posible. ¿Será porque el amor juvenil es predecible y pueril? Basta observar a las parejas de secundaria para notar que tienen comportamientos parecidos. ¿Ovidio no se enamoró nunca, todo fue obra de su ingenio? Esta pregunta es más complicada, primero porque tendríamos que haberlo conocido en persona para que nos declarara algo tan personal, después porque nada consta en las fuentes que poseemos, solamente son conclusiones a las que se ha llegado después de cavilar lo suficiente (a veces de más).
            Lo cierto es que muchos especialistas apuntan a que la musa de Ovidio, Corina, fue tan sólo un invento. Un pretexto del poeta para deshacerse en versos y escribir acerca de los comportamientos que observaba. El día que leí que Corina pudo no haber existido no sabía qué pensar, por un lado se encontraba mi parte enamorada y herida que pensaba haber encontrado un aliado en el poeta latino, pero que se sentía engañada; por otro estaba la sincera admiración al enorme ingenio de Ovidio, ¡ya quisiera yo crear un personaje que con el paso del tiempo creyeran que realmente existió!
Meditando sobre el asunto y leyendo también, descubrí que muchos filólogos apuntan a que es su maestría en el manejo del hexámetro lo que le brinda la grandeza, más que su propia concepción sobre el amor. Hay, pues, una dualidad en el poeta: sus poemas no son tan profundos, pero utiliza tan bien la herramienta que casi lo parecen. En otras palabras, en Ovidio vale más la forma que el fondo. ¿Esto puedo ser verdad? Supongamos que la métrica representa los cimientos de una construcción, está tan bien hecho que la edificación no podrá caer ni con el peor de los terremotos.
Su poesía tiene una base tan sólida que la ha hecho perdurar hasta nuestros días. Tal vez aquí quepa mencionar el hecho de que concibe su obra como un monumento (Ovidio sabía muy bien que podía llegar muy lejos). La palabra monumento causa una relación incómoda entre Augusto y los poetas, ya que significa algo que perdura a pesar de toda ley. Lo lógico sería pensar que las hazañas de los héroes (Eneas, César) deben perdurar porque lo merecen, porque han puesto en alto el nombre de Roma, pero ¿el amor? ¿la desazón por el abandono? Ovidio revolucionó el concepto, él quería seguir vivo después de su muerte, encontró la manera: escribió y escribió muy bien. Observemos los versos 11-14 del poema XV del libro III de los Amores:

atque aliquis spectans hospes Sulmonis aquosi
moenia, quae campi iugera pauca tenent,
‘quae tantum’ dicat ‘potuistis ferre poetam,
quantulamcumque estis, vos ego magna voco’.

[y algún viajero que contemple los muros de Sulmona,
ceñidos de pantanos que dejan pocas yugadas al labrador,
exclamará: “Ciudad que pudiste engendrar poeta tan ilustre,
por pequeña que seas, yo te proclamo grande”]

Sin embargo, ¿hay que resignarse a colocarlo como un virtuoso de la medida? No, porque Ovidio es más que eso. Es difícil que no haya sentido el amor, aunque él mismo lo niegue en Tristia para conseguir el perdón del César (recordemos que fue expulsado de Roma en el año 8 d. C. presuntamente por haber escrito Ars Amandi, aunque se duda de que esa haya sido la verdadera razón). Una vez que supo que no iba a ser perdonado por el emperador, recurrió a sus tácticas retóricas para deslindarse de su obra, pero al mismo tiempo para abrazarla y defenderla más que nunca (vv. Tr., II, 339-340):

ad leve rursus opus, iuvenalia carmina, veni,
et falso movi pectus amore meum

[me dediqué, pues, a obras de poco valor,
a poemas que cautivaran a la juventud,
encendiendo en mi pecho una falsa pasión]

¡Qué tristeza fue leer aquellos versos! Yo enamorada y Ovidio diciendo que los poemas que me hicieron llorar eran de poco valor. Después comprendí que la escritura de Tristia sí es mucho más profunda que el resto de su obra, maneja sentimientos encontrados (suponiendo que su destierro fue real ¡porque hasta se duda de eso!) principalmente la tristeza y la soledad. ¡El amor en su forma más cruel! Ovidio muestra su ingenio nuevamente jugando con la ironía y el arrepentimiento.
Bickel dice: “La lengua poética se nos ofrece con una colocación de palabras y sobre todo con una concatenación sintáctica, que -por intrincada que sea a veces- produce la impresión de algo claro y armónico, porque está vinculado a la estructura del hexámetro” (p.176). Es decir, Ovidio logra lo que hasta ese momento sólo Virgilio había obtenido: el ideal de conjuntar el arte del lenguaje con el arte métrico. ¿Y en dónde está, pues, el arte del lenguaje si ya se ha dicho que Ovidio es un insensible? En el amor y en esa pintura de la cotidianeidad que el poeta es experto en plasmar.
Así, pues, no todo en Ovidio es medida, también inevitablemente tiene sentimiento. Antes dije que él nunca tomó muy en serio su obra (o eso decía él), esa es la otra característica que lo hace grande. Se le suele comparar con Virgilio porque, como él, llevó la poesía a otro nivel con el perfecto uso de la métrica. Pero la principal diferencia con el autor de la Eneida es esa falta de solemnidad que finalmente no resulta ser tan importante, pues Ovidio es considerado también uno de los más grandes.

            Por eso hay que continuar estudiándolo y seguir leyendo su poesía, que ya sea por artificio de su métrica o por juego con el lector, nunca dejará de ser una fuente de identificación para todos los enamorados. El amor es algo que nunca podrá definirse del todo porque las personas somos distintas y le damos distintos valores, así que hasta la poesía traviesa de un poeta de hace dos mil años puede bien hacerle justicia. Ovidio es y seguirá siendo uno de mis favoritos, primero porque me identifiqué con su obra, después porque su vida y su ingenio me hicieron admirarlo. Además, ¿quién dice que no puedo saltar ahora mismo y ser sostenida mágicamente por una corriente de aire?


Fuentes consultadas:
Bayet, Jean, Historia de la Literatura Latina, Ariel, 1966, 567 pp.
Bickel, Ernst, Historia de la Literatura Romana, Gredos, 2009, 872 pp.

16 septiembre, 2015

Sobre perderse en los pensamientos

Free Writing. Día 1.

Pensar es algo súper divertido y emocionante. Pienso todo el tiempo y a veces ni siquiera me doy cuenta. Imágenes se construyen y se deshacen en mi cabeza. Posibles respuestas, posibles acciones, posibles líneas, posibles futuros. En mi mente están todas las posibilidades, las que pienso y las que están esperando ser pensadas. Por eso, a veces, me pierdo entre toda la marea de pensamientos. Me encuentro atrapada entre lo que puedo decir, lo que puedo hacer, lo que puedo crear. Es una bruma emocionante que me succiona y me siento un personaje en un planeta extraño, me vuelvo idea y entre las ideas navego. Puede pasar mucho tiempo sin que me dé cuenta de lo que hago. Salto de un pensamiento a otro, a toda velocidad, con toda convicción, sin detenerme un poco. Es tan emocionante. Y, por eso, a veces me sorprendo de que algunas personas me digan:
"No tiene caso, no me pones atención".


157 palabras. 3:01 minutos. Editado sólo para corregir puntuación.

19 marzo, 2015

A LOS DOCE

Hoy una de mis primas cumplió 12 años. Cuando ella nació yo estaba a punto de cumplir los doce y me estremecí al constatar la fugacidad de los años. Quiero decir, el tiempo siempre pasa y, a pesar de toda reflexión, seguirá pasando.

A los doce…

  • Recién ingresaba a la secundaria.
  • Conocí a C (es increíble que C haya existido).
  • Vlash era uno de mis peores enemigos (es increíble que alguna vez lo haya detestado).
  • Mi corazón pottérico latía más fuerte que nunca.

¿Tú qué recuerdas del 2003?

Aparte de que fue el último año en que se produjeron los famosos vochos, de que Arnold Schwarzenegger se convirtió en gobernador de California, de la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, y de la muerte de Celia Cruz.

01 marzo, 2015

¿Despertar falso?

Anochecía cuando emprendí el vuelo. Debido a que me sentía insegura no podía elevarme tanto, así que de vez en vez bajaba los pies para tomar impulso. Era fastidioso, sobre todo porque cada que lo hacía sentía que ellos estaban más cerca y junto con ellos sus dedos sanguinolentos a punto de cernirse sobre mi garganta. Evité mirar hacia atrás para huir con presteza sin preocuparme de si realmente estaba huyendo con presteza. Y vaya que iba rápido. 
Volar no cansa tanto como correr o nadar una vez que se ha tomado técnica. Desde que era pequeña me he entrenado en ese aspecto. De hecho, los primeros sueños que tuve acerca de volar tratan sobre cómo me entrenaban otras personas que volaban. Era divertido y, ahora que lo pienso, en esos sueños siempre me advertían de que algún día cuando ellos me persiguieran debía hacer tal o cual cosa para no caer en sus garras. Pasaron casi cinco años hasta que ellos por fin me encontraron y, sí, comenzaron a perseguirme. Así que casi siempre que sueño que vuelo es porque huyo de ellos. Y ésta no era la excepción.
Pronto sentí pasar el peligro. Incluso me sentí tan valiente que decidí parar y mirar atrás… y vi a uno de ellos, lejos, pero con su mirada fija en mí.
Nuestras miradas se encontraron y sentí el miedo recorrerme de punta a punta, me di cuenta de algo: Yo corría verdadero peligro. Sí, estaba soñando, pero eso no iba a ser impedimento alguno para lo que me iban a hacer si yo me dejaba atrapar. Descubrí que toda esa persecución, toda esa historia onírica, mi propia capacidad de volar eran... reales. Saber eso me paralizó. Quiero decir, siempre me habían parecido sueños emocionantes porque luego podía despertar y decir a mi familia: ¡Soñé que volaba! De alguna forma siempre me había sentido segura. Pero en ese momento supe que no era así. ¡Estaban a punto de alcanzarme! Y no podía girar ni volar, porque el peso de la verdad había paralizado todo mi cuerpo. Entonces me acordé: Calma, es un sueño, todavía puedes despertar.
Despertar funcionaría igual que la teletransportación y esos seres no me darían alcance. Y entonces quise despertar y sentía cómo yo misma jalaba mi mente hacia este mundo físico que quién sabe qué rayos es. Y lo logré, desperté...

¡PERO NO EN MI CUARTO!

Estaba en una habitación, sí, pero no era la mía. Y me saqué muchísimo de onda, pronto sentí que mi mente se iba de nuevo y quise retenerla para grabarme cada detalle de ese lugar. Era un cuarto muy sencillo y recuerdo tres cosas esenciales: un armario, un balón de básquetbol y una computadora. Entonces me fui de nuevo. Regresé al sueño, pero cuando lo hice mi cuerpo era ligero y comenzar a volar fue igual que entregarme al viento. Me alejé de esas cosas y cuando volví a sentirme segura, antes que mirar hacia atrás, desperté nuevamente, esta vez en mi cuarto, con mis cosas, con mi vida conocida.

26 enero, 2015

La distracción pesa

Hoy me pasó algo rarísimo. Viajé desde el DF al pueblo y, como siempre, venía pensando en mil cosas. Desde los últimos renglones que había leído del libro en turno, pasando por conversaciones mantenidas con mis padres, hasta los sueños que había tenido la última semana y que habían sido hermosos. Todo eso se aglomeraba en mi cabeza sin orden específico. Entonces, por supuesto que iba distraída. En ningún momento me detuve a ver a las personas, ni lo que hacían, ni a escuchar lo que decían. Como autómata, caminé hacia mi destino.
Entonces sucedió.
En la combi quedé frente a un hombre. Yo, inmersa en el mundo abrilesco de mi persona, lo miré sin mirar. Como ya anochecía decidí echarme una pestañita, así que relajé el cuerpo y abrí los ojos a la realidad para, según yo, volver a cerrarlos rápido. Pero... ¡Qué cansados lucían todos!
Posé la mirada en el hombre que tenía frente a mí. ¡Santo cielo! ¡Lo conocía! Pero me asusté porque no era el hombre que recordaba. Era otro y, sin embargo, el mismo. Un vecino mío con el que platicaba todas las tardes al salir de la secundaria. Pasaba a su negocio y me quedaba platicando con él y su esposa al menos una hora. ¡Era genial! Luego entré al CCH, luego me fui a vivir a DF, las visitas se volvieron esporádicas hasta que después prácticamente desaparecieron.
Y ahora estaba frente a mí, ¡con mil años encima!, aunque teóricamente sólo habían pasado ocho. Su rostro tristísimo, su gesto de cansancio, penas y penas y penas se leían en todo su cuerpo.
Le sonreí y él me sonrió, pero algo se quebró en ambos. Dije "buenas noches" y mi voz salió con un hilo, triste, gris. Y luego él desvío la mirada porque sus ojos se habían empañado de pronto. Y sentí una congoja y una pesadez.
Distraerme pesa. Mientras más tiempo pase en el mundo abrilesco, más pesada será la vuelta a la realidad.

08 enero, 2015

Soñar no cuesta nada

Soñé que lo veía y que él me veía a mí. Soñé que nos quedábamos parados uno frente al otro, sin decir nada y rodeados de un montón de gente, porque gente siempre hay. Me consternaba tanto verlo ahí, frente a mí, después de tanto tiempo, que ni una sola palabra pudo salir de mi boca. Él tampoco dijo nada. Gracias al mundo onírico pude mirarlo detalladamente. Sus brazos, su pecho, sus ojos. Fue gracias al sueño, lo sé, porque despierta nunca lo miré tan bien. Al sumergirme en su mirada hallé las frases que nunca escuché y en el estremecimiento de su cuerpo vi los abrazos que nunca me dio. Quería decirle algo, lo que fuera, pero mi garganta no emitió sonido alguno.
Él también quería decir algo y tampoco hablaba. Al final dejamos de mirarnos, intercambiamos una sonrisa de comprensión y nos dimos la espalda para perdernos entre la muchedumbre que no existía, pero estaba.
Cuando desperté quise saber de él, estuve a punto de escribirle un mensaje, pero de nuevo me atacó esa sensación del quiero pero no quiero. Al final decidí sólo hacer esta entrada.

01 enero, 2015

Escribiré una historia

Hoy cuando desperté supe que era año nuevo. No solamente porque el celular dijera que era 1ro de enero, también ayudó el olor a pólvora regado por todo el ambiente. La luz del sol entraba potente por la ventana y me sentí extraña, porque realmente me gusta cuando toda mi habitación se ve iluminada de esa forma; pero lo único que pude pensar hoy fue: deseo la oscuridad.

Así que me tapé la cabeza con las cobijas, cerré los ojos y reflexioné: ¿Por qué deseo la oscuridad en año nuevo? No había razón.

Minutos más tarde me levanté y fui a la cocina a seguir comiendo. Toda la familia platicaba, tíos, abuelos, primos… Y volví a sentirme extraña. Sentí como si estuviera dentro de una burbuja que me impidiera sentir. Neutralidad. He ahí esta verdad: No me siento emocionada por el nuevo año. Y es raro, muy raro, porque siempre me emocionaba cambiar de año. Y si sigo rebuscando encontraré muchas más cosas que antes me emocionaban y ahora ya no. Y me preocupa pensar que lo que hoy me emociona no me emocionará mañana.

(Por ejemplo, me emocionan los camarones. Puedo estar muy llena, pero siempre habrá espacio para los camarones y de verdad me preocupa que algún día me lleguen a hartar. ¡No puedo concebir un mundo sin camarones!).

Estaba clavada en el asunto de mis alimentos favoritos cuando me llegó un mensaje: “¿Aceptarás el trabajo?” Ni siquiera me daba la felicitación de feliz año, luego luego al punto: “¿Aceptarás el trabajo?”. Era de Octavio, el primer personaje que aparecerá en esta historia aparte de mí. Octavio, un hombre que estaba cumpliendo sus sueños. Octavio, un hombre que creía que contratándome en su empresa podría tenerme a su lado. Octavio, un hombre que me había perdido, pero que se negaba a aceptarlo. Y sí, Octavio, un hombre que está incluido en esa lista de lo que antes me emocionaba y ahora ya no.

Miré el mensaje, lo borré sin compasión y seguí comiendo camarones. Luego se me ocurrió escribir esta historia.