Así se tornó noviembre

Algo me asegura que tu ausencia, así como la proclamo, no existe. Eso que me digo de que no estás, de que no me escuchas, de que todo se acabó es una farsa. Siento cómo se desgranan las palabras y en su forma individual de ser letra y justificación ruedan por el suelo como piedritas que se evitan entre sí. Tamborilean en el suelo un te quiero cuando he gritado por fuera que jamás quiero volver a verte.

Pero quiero verte, no hay verdad más hermosa que esa. Quiero sentirte. Extrañarte en tu presencia. Porque este te extraño que me salta de los labios para posarse en el teclado y verse reflejado en la pantalla, es una frase casi violenta, que se ha alimentado de lágrimas y palabras vanas, de tu ausencia prolongada, de esa ausencia que yo aseguro no existe. Porque si existiera ni siquiera me quedarían fuerzas de susurrar que quiero verte. Ni fuerzas de salir a buscarte. Ni fuerzas de querer extrañarte. Ni fuerzas de nada. Porque todo habría muerto.

Por tanto, estás. Y en ese estar tuyo que me alegra descubrir quiero estar yo. No por el simple hecho de estar. Sino estar contigo. Estarnos juntos. Uno al lado del otro. Sernos. Querernos. Amarnos. Proliferar nuestra existencia como entes juntos, individuales y unidos. Estarnos conscientes de que estamos. Así, solamente. Y en ese estar casi filosófico que es más inocente y romántico de lo que algunos creen, en ese estar poder besarnos.

Así se torna noviembre. Triste, difuso y contrario. Trillado hasta el cansancio porque todo me recuerda a ti. La calle donde jugábamos con las sombras y donde nos besábamos a escondidas de aquella gente curiosa. Los cafés donde bebimos, si, café; jugando luchas de dedos en las cuales, por cierto, nunca supimos quién ganó más. Los pasos que dimos por calles repetidas, ¿en verdad le dimos importancia a recorrer esas calles? Todas, te lo dije, quiero conocer todas estas calles a tu lado. Y ahora pasearme por ahí se me antoja martirizante.

La luna llena, tabú mío. El ente solitario, tabú tuyo. La feria y el frío… los mosquitos, tabúes que nos construyeron. La presa, me alegra recordarlo, el agua extendiéndose a nuestros pies mientras disfrutábamos de un paisaje que a ratos era el cielo, a ratos los árboles, a ratos tu boca anhelante, a ratos una serie de confusiones del cuerpo. O recordar ese otro día, el de la carretera, apuesto a que no recuerdas la fecha exacta, te la dije una o dos veces. Fue hoy.

Y hoy, como día presente, constante, consciente y vivido, hoy puedo delinear mejor aquel hecho. El de dejarnos llevar y unirnos en algo más que una complicidad de niños interiores que jugaban a retarse. Me doy cuenta… pudimos morir. Como muere todo el mundo. Como muere la gente viva que deja que se le consuma el respirar. Morir en el sentido estricto de dejar de ser. Pudimos, pero no. Porque estábamos más vivos que antes, ahí juntos, recostados en un asfalto frío que jamás había sentido el calor de las espaldas. Un asfalto agradecido por recibir un poco de cariño proliferado. Algo más maravilloso que el andar rutinario de las llantas de los automóviles. Amor.

Leo todas estas líneas y se me vuelcan más palabras. Más razones. Más te quiero. Y surge, como poderoso, un te amo que lo engloba todo. Y pienso. Pienso mucho. Pienso en ti y en mí. Por separado. Juntos. Pienso en los también que no aprecié. ¿Por qué le dimos tantos significados a esa palabra? También tú, también yo. También esto. También lo otro. ¿También me extrañas? También la certeza de que no sé si volverás. Sí, certeza. Sé perfectamente que dudo tu regreso. Se me antoja imposible, pero posible. Una probabilidad de uno sobre dos, si de estadísticas se trata. No, no se trata de números. Se trata de si quieres o no. De si en verdad quieres o no.

Y al llegar a ese punto me dan ganas de borrarlo todo. De sentirme tonta. Yo que tengo las ganas de ir a buscarte, no lo haré. Lo más que puedo hacer es escribir esto. Lo más que puedo salvar es asentar mi te amo. Fortalecerlo. Crecerlo. Y así lograr que traspase los mundos distantes y únicos. Enriquecerlo. Soplarlo y hacerlo volar por encima de todo. Que llegue a ti, de noche o de día. Pero que llegue. No te iré a buscar, nunca. No porque no quiera, lo he dicho; sino porque no quiero un rechazo silencioso, casi oigo: “Me alegra que vengas, pero no lo hubieras hecho”. Y no lo oigo de tus labios. Lo oigo de tus ojos. Porque a estas alturas, deberías saberlo, aprendí a escuchar primero tu mirada.

Así que aquí me quedo. No esperando, porque no quiero vivir de nuevo a la espera de un regreso que ni siquiera estoy segura de que lo será. Me quedo con esta historia. Con nuestra historia. Tu ausencia no me carcomerá. No existe. Te siento. Te extraño (frase suavizada venida del amor que te tengo). Te quiero ver. Te soy. Me eres. Tú. Sí, tú. Aquí me quedo. Con mi amor transformado en letras. Con mi deseo de volver a ser contigo.

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