03 enero, 2021

Aún hay mucha alegría en el mundo

 Antes ya había pensado en la muerte y en la fugacidad de nuestro paso por el mundo, pero era un pensamiento que se sentía distante, apenas una caricia ante ese evento tan grandioso de dejar de respirar, de que el corazón se detenga. Ya antes habían muerto personas queridas para mí: mi prima Pamela que falleció a los 19 años por una negligencia médica y azotó mi mundo por vez primera. O mi queridísima Lulú Morán de quien aprendí tanto y que me acogió cuando más lo necesitaba, su muerte me dolió hondamente. Perdí también a mis abuelos maternos años atrás y en julio de 2020 falleció mi abuelo paterno. Todos ellos ya no están aquí, pero sigo pensándolos. Y aunque sí lloré mucho cuando murieron, fue muy distinto a afrontar la muerte de mi padre.

Primero todo se quedó en silencio.
Después vino la certeza: mi papá ha muerto.
Después otra certeza: no hay vuelta atrás, esto es lo que hay.
Luego la rara calma de saberme viva, de sentir y respirar, de saberme huérfana.

Un par de días antes de que mi papá muriera, casi como una profecía extraña y después de hacer una revisión ante los hechos tristes que estaban sacudiendo a mi familia, escribí en mi diario:

Mi papá está vivo.
Mi mamá está viva.
Kike vive.
Isela vive.
Yo estoy viva.
Aún hay mucha alegría en el mundo.

Pero, como he dicho, esto de la vida es fugaz y cuando acaba no hay manera de volver sobre nuestros pasos. El día que murió mi papá escribí con una inesperada claridad:

Sólo suplico que este amor se me desborde para hacer cosas buenas en el mundo y honrar lo mejor de él.

Comparto acá algunas de las cosas que he hecho, herramientas a las que he recurrido para sostenerme ante esta enorme pérdida que abraza toda mi existencia.

  1. Buscar ayuda. Aunque pronto comprendí que la muerte de mi papá era irreparable, puede resultar difícil lidiar con la aceptación. Mirar frente a frente la magnitud de la situación puede derrumbarnos, después de todo la muerte es más grande de lo que pensamos. Comencé a buscar personas que estuvieran pasando lo mismo que yo, testimonios donde estuvieran tomando la pérdida desde la aceptación, el coraje y la valentía para seguir en el mundo. Así encontré la tanatología y a su creadora Elisabeth Kübler-Ross. Me acerqué a esa disciplina cuya principal tarea es brindar consuelo ante la muerte y prepararnos para ella. Fue un encuentro cálido, sereno, que me abrazó, me permitió llorar mucho y apreciar el paso natural de la existencia.
  2. Rendirme ante el amor. Son impresionantes las maneras en las puedo resistirme al amor. A darlo o a recibirlo. Casi sin darme cuenta, el miedo de ser herida o abandonada puede regir las decisiones que tomo. Ante la muerte de mi papá, no me quedó más remedio que rendirme. Rendirme al amor. Así que con los ojos cerrados y los brazos abiertos tomé cada palabra de aliento, cada abrazo enviado a la distancia, cada acompañamiento de las personas que me quieren y que también quieren a mi papá. Es un consuelo muy grande saberse amada cuando el mundo se ha derrumbado. Saber que mi papá fue amado, saber que él amó. Que me amó y que su amor me sostendrá hasta que llegue mi hora.
  3. Tomar un día a la vez. El duelo no tiene una duración específica, tampoco un orden. En un momento todo puede parecer tranquilo y, al siguiente, sacudirse por los recuerdos y la ausencia. La muerte de mi papá me aterrizó en el presente perpetuo y, de repente, todas mis ocupaciones pasaron a segundo plano. ¿Qué hay más importante que respirar y abrazar a quienes amas?, me preguntaba. Así que me permití fluir con las horas, observar, caminar, mirar en mis recuerdos, mirar por la ventana, sentirme flotar, descubrir mis manos, mis ojos, apreciar mi sonrisa, mirar el cielo estrellado, las nubes, las plantas. Un paso a la vez. Un minuto. El aquí y el ahora.
  4. Leer. La lectura puede ser muchas cosas y, ante el duelo, se convirtió para mí en otra manera de asumir el mundo y el nuevo cariz de mi existencia. Tuve la dicha de encontrar lecturas que me apapacharon, me consolaron y pusieron ante mí esa dimensión de la vida a la que aspiro: La gratitud de estar, la dicha de compartir, la belleza de soñar, la valentía de hacer lo mejor que se pueda. Los días previos a la muerte de mi papá leí Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, casi como una preparación para los días que vendrían. Adriano reflexiona sobre su vida cuando está en su lecho de muerte, observa y narra sus grandes hazañas concluyendo que todo es mucho más sencillo de lo que parece, que se trata de amar con furia. Leí también Kalpa Imperial de Angélica Gorodischer que fue como un bálsamo, porque me sentía muy triste, pero las historias del Imperio Más Vasto que Jamás ha Existido hablan de aventuras, de magia, de valentía y sueños, y hablan de que todo se acaba, del imperio que muere, de las múltiples vidas que transitan. Me dio dimensión y alegría. También disfruté mucho de Puente a Terabithia de Katherine Paterson, la historia de una amistad que se forja en el respeto, la creatividad, el acompañamiento. Esa historia me consoló porque me recordó que mientras llega el momento del último respiro, puedo crear redes, lazos, relaciones que trasciendan, que construyan. Me puedo entregar y crecer y explorar las posibilidades que hay para mí. ¿Sueno cursi? Creo que hay que caminar mientras estamos aquí.
  5. Soñar. Puede sonar contradictorio, pero la muerte de mi papá alentó mis ganas de vivir. Quiero decir, yo también he de morir un día y mientras llega ese momento (donde ojalá pueda volver a ver a mi papá), ¿por qué no asumir mi existencia con todo el valor del que soy capaz? Me dio claridad y me dio deseos. De inmediato puse manos a la obra y fue tan sorprendente ver que todo sucedía de una manera tan natural, sé que porque no había más miedo en mí, sólo ganas de estar y descubrir. Así que me he permitido soñar, de tener ideas locas, de crear. Crear mucho. Moverse, moverse, crear. En honor de mi papá y de mi propia vida.

En el año nuevo de 2015 mi papá nos dedicó una canción a mí y a mis hermanos, la comparto aquí:




Y, dime, ¿cómo estás? Te abrazo con fuerza. La muerte no es necesariamente el fin. Estás aquí, este es el ahora, vamos a honrar a quienes amamos. Te deseo lo mejor en tu caminar.

22 noviembre, 2020

Escribí una lista

 Mi papá murió en la mañana del 1ro de agosto. Por la tarde yo estaba ardiendo en el miedo de olvidar todo lo que vivimos juntos. Comenzó con un pensamiento: ¿cómo se supone que me voy a acordar de todo? ¿Escribiéndolo? Es demasiado.  ¿Debo resignarme a olvidar los detalles, a transformarlos? ¿No es mi pasado sólo una historia? ¿Ahora mi papá sólo es una historia? Y mientras pensaba en eso las lágrimas salían en silencio.

Pero aún así hice una lista.

  1. El último mensaje de texto que papá me envió decía Te amo.
  2. Hubo un viaje que hicimos y en el camino sonó Queen, yo tenía cinco años.
  3. En ese mismo viaje tocamos las nubes porque la carretera estaba en un cerro elevado. Me acuerdo muchísimo de ese momento. Papá estaba muy feliz de que pudiéramos hacerlo.
  4. Jugamos mucho ajedrez en el último año. Yo gané la última partida.
  5. Un día descubrí que mi papá llevaba siempre entre sus papeles un examen de latín donde saqué diez.
  6. Unos días antes de morir, papá nos compró mole. Estaba delicioso.
  7. Papá todavía quería leer a Platón.
  8. Papá me enseñó todo lo que sé de matemáticas.
  9. Un par de días antes de morir, papá me contó que soñó con una pintura de Escher.
  10. Papá me llamaba por teléfono en las mañanas para que fuera a desayunar con él.
  11. También me hablaba por teléfono cuando estaba ebrio y decía que me quería mucho y que estaba orgulloso de mí. Hubo veces que no contesté.
  12. La risa de papá era contagiosa y siempre contó los mejores chistes.
  13. Recuerdo a papá leyendo en el portal.
  14. Papá me decía mi niña genio, mi muchachita.
  15. Papá quería que yo siguiera escribiendo.

Papá quería que yo siguiera escribiendo. Yo también quiero seguir escribiendo. Lo voy a intentar. Lo voy a hacer. Después de todo un día también me he de marchar. ¿Nos volveremos a ver? Si hay tanta incertidumbre, elijo creer que sí.

29 julio, 2020

Mi abuelo se ha marchado

Mi abuelo falleció hace diez días. La última vez que lo ví me pidió cuidar de mi padre, le dije que no se preocupara. También recuerdo haberlo abrazado y él me dijo que me quería mucho. Nunca supe bien qué decir cuando estaba con él, pero él siempre me hizo saber que yo era su orgullo. Una vez le enseñé un vídeo donde yo había salido en la tele, tuvo una sonrisa enorme mientras lo veía.
Mi abuelo siempre tuvo una presencia tranquila. Tenía un vozarrón cuando se enojaba y una dulce vocecita cuando pretendía hacer cariñitos a alguien. Fue un hombre trabajador y honesto. Campesino. Comerciante.
El día de mi último cumpleaños me dió 200 pesos junto con mi abuela. Yo no los quería recibir, me dijo alto y fuerte: Siempre recibe el dinero que te quieran dar estos pobres viejos, te lo estamos dando de corazón. Los recibí. Él me abrazó con fuerza.
Sufrió mucho mi abuelo y ahora las historias que sé sobre él se me agolpan en la garganta. Comienzo a sacarlas de a poquito, con esta publicación. ¿Cuántas serán?
Mi abuelo se ha marchado y yo sé que lo voy a extrañar.