12 julio, 2018

Hablo conmigo en voz alta


Una vez salí con un chico que me gustaba mucho. Él manejaba y yo trataba de tranquilizar mis nervios. De fondo escuchábamos a los twenty one pilots, yo pensaba en mil cosas: ¿Volveremos a besarnos? ¿Cómo puedo hacer que dejen de sudarme las manos? ¿Por qué me gusta tanto? Ah sí, es porque es alto y es ingeniero y además le gusta leer. Porque se preocupa por los demás. ¿Qué libro estará leyendo ahorita? ¿Seguirá escribiendo? Me gusta cómo escribe. ¿Por qué me estoy poniendo nerviosa? Él debería ser el nervioso, está conmigo, ¡por fin!, después de tanto.
-Cálmate, Gabriela -dije en voz alta y me reí bajito.
-¿Qué dijiste? ¿Estás bien? -preguntó él mirándome con mucha extrañeza.
-Sí, sólo hablaba conmigo en voz alta.
-Fue muy raro.
-¿Tú no hablas contigo?
-Sí, pero nunca en voz alta -y dio por terminada la charla. Y aunque sonaban los twenty one pilots, el ambiente se puso extraño. Yo lo puse extraño porque ¡¿cómo que nunca hablaba consigo en voz alta?! ¿Y qué fue esa mirada? ¿Desconcierto? ¿Temor? Me estresé. Yo hablo todo el tiempo conmigo en voz alta. Hay pensamientos que comienzan a sonar en mi cabeza y luego, inevitablemente, me brotan de los labios. Es inconsciente. Inesperado. No es como que esté pensando y diga: Oh, esto debe decirse en voz alta. No. Sólo lo digo. A cualquier hora, en cualquier lugar. Y claro que he sido juzgada, pero generalmente no me importa. No me importa porque quienes me juzgan no me gustan, no me los quiero besar. ¡Pero él me gustaba mucho y ahora, con su comentario, lo había arruinado todo! ¿Cómo íbamos a tener citas si él se iba a asustar cada vez que un pensamiento me brotara de los labios? 
Bueno, sí, debo admitir que es un poco raro encontrar personas hablando solas. Pero sólo un poco. A mí no me parece muy extraño porque mi mamá se la pasa hablando sola todo el tiempo. De verdad. Un día, me acuerdo, yo estaba en la sala de mi casa y desde la cocina me llegaba la voz de mi mamá. Minutos y minutos de su voz. Luego fui por un vaso de agua y me di cuenta de que no había nadie con ella.
-¿Con quién hablaba? -yo le hablo de "usted" a mi mamá.
-Conmigo, es que debo ordenar muchas cosas -y se rió. ¡Se rió! Yo tenía como siete años y la risa de mi mamá me vino a afirmar que hablar sola, acaso, es sólo gracioso. Un detalle. Una particularidad. Y desde entonces lo hago. Pero lo hago porque supongo que salí como mi madre, no porque haya dicho: Oh, mira, se puede hablar sola, entonces hagámoslo. No. Así que era en verdad conflictivo que el sujeto éste viniera a arruinar nuestra historia de amor. Porque cómo es eso de "sí hablo conmigo, pero nunca en voz alta". ¿Cómo se hace eso? 
Hay lugares donde pongo especial atención en quedarme callada, por ejemplo, en el transporte público, donde tienes a personas muy cerquita de ti y si dices algo pues claro que pueden sacarse de onda. Pero, en general, dejo que las palabras fluyan. En silencio y en voz alta. A veces voy por la calle y se me salen comentarios porque tengo la sensación de que nadie me va a escuchar, pero luego resulta que alguien viene caminando detrás de mí. Y volteo y me mira y lo miro y luego me hago como que yo no produje esa voz y me río bajito. El otro día, en la calle, solté: ¡De verdad eres detestable! Porque de verdad a veces lo soy. Y entonces me percaté de que un niño se estaba asomando por la puerta de su casa y escuchó lo que dije. Le sonreí, pero él se pasó a meter con el rostro compungido. Ves, Gabriela, de verdad eres detestable, reafirmé ya en voz baja. ¿Por qué nunca se me ha salido un "eres increíble"? Podría hacerle el día a cualquier persona.
Bueno, el caso es que la cita quedó arruinada. Sentí que no podía estar con él, porque yo quiero estar con alguien que me deje hablar sola, que no se saque de onda ni se asuste. Es más, yo quiero estar con alguien que me aliente a manifestar todas mis ideas para ver qué forma tienen, porque casi siempre en la mente suenan de una forma y ya verbalizadas son otra cosa. Me gusta hablarme en voz alta, leer en voz alta, cantar. Y quiero alguien que me permita ese diálogo en voz alta conmigo misma, alguien a quien leerle mis pasajes favoritos del libro en turno, alguien a quien cantarle, suave, cuando amanezca.

25 marzo, 2018

No es un poema


Me gustas.
Quiero besarte.
Otra vez y otra vez.
Recorrer los kilómetros que hagan falta.
Sentirme entre tus brazos.
Compartir ideas.
Escucharte.
Y besarte, te digo.

No más.
No más.
¿Para qué si he de desaparecer pronto?
¿Para qué si estamos lejos?
¿Para qué? ¿Para qué?

Para sentir que el amor
permanece
a pesar de nosotros mismos.


Abril G. Karera
25 de marzo de 2018

12 febrero, 2018

La elegancia del pasado


"Pero si se teme el mañana es porque no se sabe construir el presente, y cuando no se sabe construir el presente, uno se dice a sí mismo que podrá hacerlo mañana y entonces ya está perdido porque el mañana siempre termina por convertirse en hoy, ¿lo entendéis?"



Ahora que leí La elegancia del erizo sentí que algo me faltaba. Estaban ahí las disertaciones de Paloma y Renée sobre la vida misma, sobre las máscaras que usamos, la banalidad a la que tanta importancia damos. Hablaban con pasión de la lectura, del arte de comerse un chocolate o de lo difícil que a veces resulta la filosofía. Paso a paso seguí el hilo de sus pensamientos y no dejaba de sentir el vacío en el pecho. Pero ¿qué es lo que me falta? Me preguntaba. Era evidente que la prosa de Muriel Barbery no es algo que encuentras a la vuelta de la esquina, en su lentitud hay cierto sosiego y gracia, pero no terminaba de convencerme. ¿Será porque ya vi la película? Me preguntaba preocupada. La vi hace mucho tiempo y no recordaba bien la trama, pero tenía presentes algunos episodios que cuando los encontré en la prosa, me parecieron fieles a lo que se narraba. 
La elegancia del erizo es la historia de Renée, una mujer muy culta que se hace pasar por una portera ignorante. Trabaja en un edificio de departamentos para ricos y, encajando perfectamente en el cliché de la gente con dinero, ni uno de los vecinos se percata de la mente aguda que cuida la entrada día tras día. Todo cambia cuando llega el señor Ozu y en tan sólo un intercambio de palabras, descubre lo que nadie ha podido: Renée es mucho más de lo que aparenta. Paralelamente se desarrolla la historia de Paloma, una niña de doce años que considera haber observado lo suficiente en la vida como para saber que no le espera un destino distinto al de los adultos que conoce y, por tanto, decide que la mejor manera de poner fin a esa agonía es suicidándose en su próximo cumpleaños. Por supuesto, aunque considera inamovible su decisión, otros pensamientos van floreciendo en ella después de entablar conversaciones con Renée y el señor Ozu.
Es la capacidad de observación lo que une a estos tres personajes. Paloma y su escrutinio diario hacia su familia; Renée y su contemplación a través de la ventana que le confirma día tras día que no pertenece a ese lugar, que su vida está en la lectura; y el señor Ozu que ya no tiene miedos y sí muchas ganas de apreciar lo que el mundo le ofrece. Y entonces intercambian puntos de vista, se muestran entre ellos sus pequeños grandes descubrimientos y forjan lo que considero lo más valioso de una amistad: la capacidad de escuchar al otro, de alentar y crecer con sus palabras. ¿Y entonces por qué siento que me quedó algo a deber esta historia?



Vi por segunda vez la película porque, de algún modo, quería revivir las emociones que tuve cuando la vi por vez primera, pero eso no sucedió. En esta segunda mirada me pareció, incluso, opaca. Veloz en la secuencia, pero lenta en la transformación de sus personajes. Renée no se parece a Renée debido a la ausencia de sus diatribas filosóficas que abundan en el libro y que no se asoman en la versión cinematográfica, sólo como que las intuyes. Y me di también cuenta de otra cosa, la vida ha cambiado por completo. Quiero decir, que cuando vi por primera vez la película estaba acompañada de un gran amigo y el intercambio de nuestras perspectivas honró el espíritu de la historia. A nuestra manera, convertidos en Renée, Paloma o el señor Ozu, comentamos las escenas, las ideas, las reacciones y nos pareció que nos mostraban algo. Cobró sentido para nosotros la elegancia del erizo, el arte de forjar un mundo y estar llenos de púas. Y aún recuerdo la emoción de haber llegado a un descubrimiento, el placer que embarga cuando tienes una charla más que satisfactoria. Y, sin embargo, ahora que leí el libro y volví a ver la película, eso no apareció.
Y más allá de que considero que Barbery insiste de más en ciertas ideas que vuelven cansada su prosa. Más allá de que considero ese final como uno de los mejores por inesperado, contundente y hermoso. Más allá de todas esas consideraciones, creo que hay momentos en la vida para encontrarse con ciertas historias. Esa conjunción de tiempo y acción es irrepetible, se goza sólo una vez. Y no es que en esta experiencia no haya podido llegar a nuevas conclusiones, es sólo que me faltó la compañía, el intercambio, esa soledad compartida de la que habla el libro y que se traslapó a la realidad casi inmediatamente. No sé mi explico. Hay historias que asociamos a personas y se vuelven incompletas cuando esas personas ya no están. Claro, puedo esforzarme en hallar otro brillo, otras ideas, pero será otra cosa, no lo que fue y que tan feliz me hizo; sólo otra cosa. Así pues le doy la razón a esta historia: "Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que se mueren".