Estás

Invariablemente estás.

Maldito. Me doy la vuelta y ahí estás. Cuando busco mis zapatos debajo de la cama, estás. Si como helado, estás. Y también estás en todas mis clases, en todas mis caminatas de regreso a casa, en todas las veces que he mirado el cielo para ver si hay estrellas. Te detesto con toda la fuerza con la que alguien como yo puede detestar; es decir, no mucho, ni siquiera un poco, apenas lo suficiente como para querer patearte y luego quedarme abrazada a tu cuerpo.

Estás en las paredes y en los escalones. En mi brazo izquierdo y en el derecho. En las zonas que no puedo ver, pero que existen. Estás en todo lo que puede abarcar mi mirada. Y entonces, al verme rodeada por tu imagen, intento huir. Me voy

y me divierto

y salgo

y cambio

y soy otra.

Pero siempre vuelves, siempre. Y aún cuando me encuentro cansada te tienes que colar en mi cansancio, en mis ganas de dormir, en mis ganas de llorar. Y es entonces cuando siento que te odio, porque ya no quiero verte, ya no quiero saber nada de ti, ya no quiero quererte.

¡Y tú, imbécil! Te quedas a burlarte de mi, de lo mal que ya me siento con tu ausencia, vienes a rematarme que no volverás, que sólo es una imaginación mía eso que veo, que ya no existes. Que ya no estás. ¡Pero estás, carajo, estás!

 

Y me duele.

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