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Su silencio

Tengo mucho que decir acerca de su silencio. Decir por ejemplo que cuando explota en nuestra conversación me altera los oídos y logra que mi cerebro piense rápidamente en otros temas: en lo que me falta hacer, en el libro que estoy leyendo, en algo que dije a alguien. El silencio se expande entre nosotros como una bomba atómica que nos deja sordos para lo que el otro tiene que expresar. Muchas veces ese silencio hace eco de nuestras ideas, porque cuando volvemos hablar decimos lo mismo o algo parecido. ¡Escuchaste mi pensamiento!, decimos alegremente mientras nos reconciliamos con una sonrisa. Otras veces su silencio es espeso y me ahoga, me digo: ¿Por qué debe ser así? ¿Por qué no soy capaz de decir alguna otra cosa, aunque sea una tontería? Me dejo asfixiar por el silencio hasta que me duele la cabeza, me canso, me voy. Él no dice nada, sus ojos fijos en un punto dentro de sí, algo grande e ilógico, como la mayoría de sus pensamientos. Si algo he aprendido de él es que hay que vivir en el desafío constante de todo lo que nos rodea.

Luego está ese silencio al que yo le llamo amoroso. Nuestras respiraciones acompasadas le dan un tono suave, un tono a eternidad y nos tiramos uno en los brazos del otro, y movemos nuestros dedos desde el cuello hasta el ombligo y decimos sin decir te amo, te amo mucho. Y así, mecidos en el silencio, nos va ganando el sueño que comienza sin sonido alguno para luego convertirse en una fiesta de sucesos y locuras, cuando despertamos el silencio que nos cobijaba se rompe con una frase: ¡Hoy soñé contigo! Y entre risas y pláticas amenas despedimos el silencio con nuestros labios al juntarse.

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