Esos dedos que no cesan

Los dedos de ella no cesan. Ya no más. Basta de que sus dedos intenten sentir el cuerpo de él al roce de cada persona, de cada mano que estrecha. Basta dedos, ¡basta!, ¿no entienden que el sentido no puede sentir la misma piel dos veces al paso de tanto tiempo?

Dedos ilusos que intentan emanar los cabellos, dedos tontos que sugieren sentirlo en cada pared que él abandonó, en cada ropa parecida a la que él usó, en cada banca en que se sentó. Dedos nerviosos por su ausencia, ella no sabe qué hacer con ellos, no sabe.

Un día iba caminando por la calle y los dedos sugirieron que él se hallaba cerca al tocar el disco de su banda favorita, comenzaron a acariciar la portada, los demás discos, el barandal, contagiaron a los oídos de frases musicales que evocaba el sentido. Pobres dedos, la dejaron ilusionada porque él no estaba por ahí. Otro día los dedos se equivocaron al marcar un número y marcaron el de él, ese número que el cerebro creyó haber desechado pero los dedos traviesos se lo robaron y lo evocaron de manera ingenua, él no contestó, los dedos sufrieron de frío.

Esos dedos que en esa gran ciudad la hacen desatinar, la hacen chocar accidentalmente con todo chico parecido a él, pero la vista dice que no se parecen, la vista no miente tanto como ellos. Esos dedos que escriben sin parar sobre él haciendo caso omiso a la llamada del pensamiento de cesar, de terminar.

¡Sus dedos no cesan! ¡Sus dedos se desplazan por la sien sin lograr determinar la ubicación exacta de su persona! Esos dedos que se vuelven locos y se niegan a escribir el nombre de otro que no sea él. Esos dedos que se ensucian tratando de averiguar si aun recuerdan la textura de los dulces que a él le gustaban.

Esos dedos que se hicieron adictos al contacto de otras manos, que los abrigaba, que los mecía y los numeraba. Diez dedos, todos pequeños, protegidos por otros diez dedos simpatiquillos que no sabían por dónde empezar a despedirse.

Por eso nunca se despidieron y ahora los dedos de ella se vuelven locos, y sienten y tocan y vuelven a analizar las texturas, intentan hallar lo que jamás tuvieron, esos dedos que la vuelven loca porque no dejan de mover el lápiz rasgando un nombre de alguien que ya no está. Esos dedos… que no cesarán hasta encontrarlo.

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