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Vivir lejos de casa… da hambre

Comida. Nunca he sido aficionada a comer. Esa es la misma razón por la que tuve problemas de anemia, pero no es mi intención no comer, es más bien que no es una prioridad en mi sistema, así lo he mal acostumbrado. Cuando iba al bachiller me levantaba demasiado temprano y mi estómago gritaba y pataleaba si me atrevía a echarle un vaso de leche a las 5:20 am, cuando mi sentido del deber era más fuerte que los horrorosos jirones de esa cosa que muele la comida, la leche regresaba por donde vino, y no es que me guste escribir estas cosas tan desagradables, pero es para resumir: yo no desayunaba.

Y así como no desayunaba, a la hora de la salida me gustaba echarle al pequeñuelo [me refiero a mi estómago] montones de chocolates Larín, porque son mis favoritos y el de nuez es la onda, esas cosas que reciben el nombre de Runners, y tortas, jugos, enchiladas y banderillas. Aun no entiendo cómo es que no engordo, aunque es una virtud muy grande, comer de todo y no engordar. Total que mi sistema alimenticio daba pena, llegaba a casa y como mis padres no estaban a mí no me daba hambre, así que esperaba hasta la cena.

Y entonces degustaba la comida de mi mamá, que aunque dice que no sabe cocinar a mí me gusta lo que hace, porque al menos sé que lava las verduras y todo es sano.

Ahora todo es diferente, vivir lejos de casa… pesa. Dos días han bastado para descubrir que necesito comida de verdad, no niego que esa pizza, los tacos de canasta y el sándwich improvisado estuvieron ricos [yumi :P], ¡pero necesito tortillas señores!, sopita de codito, nopalitos, salsa verde o roja o guacamole, pollo empanizado, camarones, que soy muy exigente de paladar y mi abuela se los puede avalar [ella es en verdad una gran cocinera].

Vivir lejos de casa… da hambre. Y es que sólo cuando estás tan apartado de los clásicos regaños “tómate la leche”, “termina el guisado”, “no te vas hasta que no te tragues esa coliflor” es cuando descubres que después de todo no siempre vas a estar alimentándote de pizzas, hamburguesas, taquitos, doritos y papas a la francesa, ya ven lo que le pasó al sujeto ese que comió McDonald’s todos los días en un mes [engordó horrible y le dio hipertensión arterial :S ]

Así es, mis cinco sentidos protestaron por irme a vivir a la ciudad, supongo que el del gusto fue el más berrinchudo, pero tranquis amiga lengüita, que una vez acostumbrada al ritmo de esta sociedad tan presurosa podré hallar tiempo para hacer un rico guisado y deleitarte [yumi :) ]

Entonces ¿quién quiere comer conmigo?

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