Sepelio

La muerte de los ancianos es, hasta cierto punto, agradable.

Abril G. Karera, 7 de febrero de 2011

 

Hacía demasiado calor en esa habitación. No era para menos, más de veinte personas sentadas, otras tantas paradas, muchas veladoras, velas y el féretro rodeado de los respectivos arreglos florales de condolencias. Era obvio que iba a hacer mucho calor y mucho más si afuera había un sol inmenso que se burlaba del dolor. Rodrigo y yo estábamos tomados de la mano, sin decir nada, sólo presenciando el suceso. Antonio, nuestro amigo, ayudaba a su familia a poner un manteado en el patio para aminorar el golpe de los rayos. Mis manos comenzaron a sudar. Quise soltar a Rodrigo, pero él me sujetó más fuerte. En el féretro estaba la abuela de Antonio, una señora que nunca conocí. Nadie decía nada, era una situación realmente silenciosa. Había sollozos que terminaban rápido. Lágrimas que rodaban por mejillas sin mayor alboroto.

—¿Qué tienes? —me preguntó Rodrigo haciendo que su voz rasgara el ambiente.

—Nada, sólo que veo que cuando se mueren los ancianos no hay tanta… ¿cómo llamarla? ¿Tristeza, dolor?

Él sonrió y me rodeó con su brazo.

—Queremos morir jóvenes —agregué —porque ser anciano es triste si las personas alrededor se desentienden de uno; quiero decir, qué tristeza ser viejo si eres una carga para todos, ¿no crees?

—Por eso moriremos jóvenes. —afirmó Rodrigo.

—Pero al mismo tiempo me gustaría morir anciana; ser una abuelita toda graciosa y ser velada en una situación parecida a ésta, con flores y nietos corriendo por el patio.

—No te entiendo. —respondió Rodrigo.

Vi cómo Antonio terminaba de poner el manteado, sudaba copiosamente. Más personas llegaron a dar el pésame.

—Vámonos. —pedí.

Rodrigo se puso de pie. Abrazamos nuevamente a Antonio, él nos sonrió y nos dio las gracias. Salimos a la calle, debajo de un sol fuerte.

—Mientras esperamos morir jóvenes o ancianos, ¿quieres jugar a pisar nuestras sombras? —soltó Rodrigo saltando hacia la mía.

Lo miré sorprendida y sentí quererlo más que nunca. Entonces nos fuimos felices a casa pisando todas las sombras del camino.

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