Conocí a Lengua de Brujo

Tengo un amigo que se llama Mario al que hemos apodado “el político”, porque siempre que habla parece que anda en campaña. El otro día que estábamos aburridos le presté el ejemplar de Winnie the Pooh, que saqué de la Biblioteca IBBY, para que me leyera una de las historias de ese oso tan dulce y tontorrón. Él accedió de inmediato (imaginen el nivel de aburrimiento que tenía). Había leído dos párrafos de un capítulo que se titula “En el cual Puerquito se encuentra totalmente rodeado por las aguas” cuando me dijo:

—Abril, por favor deja de leer lo que leo porque ahora le meteré de mi cosecha.

Entonces yo dejé de mirar las líneas que él iba leyendo para entregarme a su narración tan peculiar. Mario logró transportarme al día lluvioso en que Puerquito temía quedarse siempre atrapado por las aguas y para conseguir que lo rescataran había lanzado una botella al agua con un mensaje que decía: “¡Socorro! Puerquito (Yo)” y del otro lado: “¡Soy yo, Puerquito, socorro!”. El oso Pooh encontró el mensaje y con ayuda de Christopher Robin rescataron a Puerquito. Tendrían que leerlo para ver que es una historia excepcional, sencilla, tierna y, sobre todo, muy inteligente. El caso es que cuando Mario terminó de leer yo aplaudí llena de ánimo. Y fue más nuestra sorpresa cuando más aplausos se unieron al mío, de otras personas que estaban en el mismo lugar que nosotros.

Leer en voz alta es un verdadero placer, el énfasis, los tonos, la voz es capaz de transportarnos. Por eso no me extraña que a Cornelia Funke se le haya ocurrido la genial idea de que uno de sus personajes tuviera el poder de dar vida a otros personajes mediante su lectura en voz alta. Mario podría ser un excelente Lengua de Brujo porque ese día yo vi a Puerquito, a Pooh y a Christopher Robin canturreando bajo la lluvia.

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