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El primer amor o C

Un amor me golpeó duramente cuando tenía trece años.

Estuve pensando en cómo es

que en cuanto me di la vuelta

te aprovechaste de otra mujer.

Me sentí entonces en un mundo negro, un pantano. E imaginaba, cuando iba a la escuela, que los salones estaban llenos de lodo y mis compañeros eran monstruos terribles.

Antes de su traición

él era la representación de todo lo bueno. Lo conocí apenas entré a la secundaria y me enamoré por completo. Cada mirada, roce de manos o palabras bonitas me enloquecían. Escribí demasiado, cosas de poco interés literario, pero con mucho sentimiento. Mi Diario se hartó, se hartó por completo de su nombre; una vez encontré escrito: “¿Soy tuyo o de él?” y me sonreí, porque en ese entonces apenas me daba cuenta de mi existencia. Él era todo.

¿Miedo? Jamás. Nunca lo sentí por él. ¿Miedo de amar? ¿Qué es eso? Recientemente me encuentro con mucha gente que teme al amor y entonces yo los llamo: cobardes. Nunca se me ocurrió temer y por eso nunca se me ocurrió sufrir. Ahora sé que el sufrimiento es parte necesaria del amor, ¿y qué? De todos modos, amo; de todos modos, sufro.

Pasábamos el tiempo mirándonos a los ojos hasta que uno parpadeaba o se moría de la risa. Nos abrazábamos esporádicamente y sólo nos besamos una vez. ¡Éramos tan geniales! Repetía constantemente su nombre porque me gustaba la manera en la que se acomodaban las letras y gracias a eso comencé a fijarme en la armonía de las palabras. Él siempre me dedicaba canciones y siempre tenía esa tendencia a cuidarme. Nos queríamos bastante.

Pero luego resulta que uno quiere crecer. Uno quiere precipitarse a lo desconocido, experimentar cosas nuevas, salir de la rutina; sentirse mayor, mejor, más grande, más capaz y al mismo tiempo uno quiere cometer estupideces, porque todos comienzan a decir que la vida es muy corta y que, por lo tanto, se tienen que cometer muchas cosas locas. Pero pocos entienden que “cosas locas” no es lo mismo que “estupideces” (a veces sí). Se empieza por lo sencillo: desobedecer a los padres, no hacer las tareas, no peinarse, etc. Pero luego evolucionan. Hay confusión, entienden como tontería drogarse, alcoholizarse, faltar a la escuela, flojear, conformarse, poner el cuerno, etc. Y sí, son tonterías, pero son tonterías graves.

Unos nunca acaban y su vida se les va en errores, al final se arrepienten por no haber sido más sensatos. Otros son más prudentes y se detienen justo a tiempo, a este rubro deberíamos pertenecer todos. Y otros cometen sólo una o dos estupideces en todo el tiempo que viven y luego se lamentan porque nunca se atrevieron a más. Es difícil ser prudente, requiere cierto grado de responsabilidad y madurez, y ésas son cualidades que no todos tenemos.

Bueno, pues ese primer amor quiso dejar de ser niño cuando sólo teníamos trece años y me traicionó. Y entonces yo no sabía qué hacer, porque yo no quería crecer todavía, no quería afrontar ese dolor, no estaba preparada. Y la opción más sencilla a mi alcance fue tirarme en la depresión. Entonces descubrí que, si me lo propongo, puedo ser la persona más depresiva posible. Y ese afán de sentirme traicionada me llevó a cargar con ese primer amor seis años de mi vida.

Después de su traición

el mundo se volvió diferente. Comencé a observar las cosas tristes que siempre ignoraba: las familias destruidas, la gente hueca, el poder de la televisión, la degradación de la política, la poca importancia que las personas le dan a los principios. La generalización de creer que está bien cometer errores mientras tú sepas que los estás cometiendo. Mil y mil situaciones que me hicieron esconderme de nuevo en un mundo al que pocos mostraría por completo.

Durante seis años idealicé al amor. Imaginé que esa persona cambiaría por mí y me buscaría. Y al final yo terminé buscándolo y él terminó siendo algo que no se parecía en lo absoluto a mi ideal. Entendí que estaba bastante influenciada por una cultura hasta cierto punto misógina. Y que era debido a mi ignorancia que yo sufría como sufría. Sin ton ni son. Sólo sufrir por sufrir. Decidí entonces despojarme de la carga y convertirme en parte de lo que soy ahora.

Y eso es todo lo que aprendí del primer amor, a groso modo. Ahora imaginen lo que aprendí con el segundo. Ya les contaré.

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