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Vivo en otro tiempo, en otro lugar

Volví de Grecia hace dos meses y medio, más o menos. Pensé muchas cosas mientras estaba suspendida en el aire, observando la silueta de las tierras extranjeras. Pensé, por ejemplo, en que algo debía haber cambiado en mi persona. No sé, tal vez una estructura mental debió haberse roto o tal vez debió haber nacido con fuerza alguna convicción en mí. O tal vez debió asentarse con mayor claridad algún sueño. No me sentía nada diferente, salvo más morena y más ansiosa de ver a mi familia. Volvía a México luego de casi veinte días de estar en otro país, con otras personas, rodeada de otro ambiente que se diferenciaba desde el idioma hasta la forma de pensar y no sentía realmente que algo fuera diferente, que de verdad yo hubiera cambiado. Y eso me frustró durante todo el viaje de regreso. Tal vez, me dije, me daré cuenta de la diferencia cuando esté de nuevo en casa, viviendo mi vida.

Eso sucedió casi enseguida. Descubrí que la vida que tenía antes de irme de viaje se iba a quedar sepultada por siempre. Al principio tuve miedo. Bastó con poner un pie en casa para que la magia de la vida actuara sobre mi persona. Las concepciones que tenía del mundo se volcaron por completo sobre el suelo. No hice nada, salvo reír y quedarme estática; el tiempo transcurrió como siempre, pero esta vez llevándome con él de una forma suave, como si me abrazara y, protegiéndome, me soltara con fuerza sucesos inesperados. La primera mitad del año yo debatí mucho conmigo misma esas concepciones de vivir y morir. Esta segunda mitad ha estado más llena de vida, sólo vida. Y, como dice Hans Castorp en la La montaña mágica de Thomas Mann, “cuando uno se interesa por la vida, se interesa principalmente por la muerte”.

Vivo en otro tiempo, en otro lugar. Las cuestiones que me agobiaban antes, hoy están superadas. Los sueños que tenía, hoy se encuentran más cercanos. Los temores que surgieron al principio, hoy yacen en algún sitio de mí, desconocido. Todo el tiempo me estoy reinventando, es verdad. Pero eso me pasaba desde antes. Y eso nos pasa a todos. Digamos que ese viaje fue una despedida y una bienvenida. Me despedí, sin darme cuenta, de muchas cosas que me hacían daño. Y me fui preparando, inconscientemente, para las revoluciones enteras de mi vida personal. Ahora sólo puedo decir que la magia ha llenado mi ambiente, que estoy fluyendo de verdad hacia lo que anhelo de mí. Una entera confianza se ha forjado, una casi indecible certeza. Y, aunque sea casi seguro que la tristeza inmensa me agobiará en el futuro (porque soy humana, porque es natural), me siento feliz con lo que tengo y feliz con lo que deseo alcanzar.

Dicen que tengo una suerte increíble. Quizá sea así. Aunque prefiero pensar que todo lo que me viene pasando es gracias a la magia de ser quien se es todo el tiempo que se quiera.

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