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Una pregunta

Abril corre porque se le ha hecho tarde y entonces repara en que trae la cara y los brazos cenizos. No se ha puesto crema. Recuerda de pronto a una amiga suya que le decía que ella podía vivir sin echarse crema en el cuerpo. Abril reconoce nuevamente que ella no puede. Frustrada por el poco tiempo que le sobra, corre a la farmacia más cercana:

—¿Me da una crema Nivea de las chiquitas?

—Son diez con cincuenta —le responde la señora que atiende, mientras le entrega el pequeño círculo de metal.

Abril paga con un billete de veinte, luego se hace a un lado para abrir la crema y ponérsela. Hay una niña de unos tres años mirándola fijamente, de cabellos claros y atados en una coleta. Abril comienza a untarse el producto y los ojos de la niña reflejan preocupación. Abril no hace caso, pero entonces la niña se anima a decirle:

—¿Qué te pasó?

Abril responde, extrañada de la pregunta:

—Nada, ¿por qué?

—¿Por qué te pones eso? —rebate la niña, cuya pronunciación es fluida.

—Pues porque no me eché crema y me siento rara si no traigo.

—Pero, ¿qué te pasó? —insiste, con sus ojos puestos en el acto de untar, buscando la respuesta a su pregunta.

—Nada.

—Es que eso es para las heridas, ¿te hiciste daño?

Abril sonríe comprendiendo la situación.

—No, ¿de verdad esto es para las heridas?

—Y para las quemaduras… —agrega la niña que camina al lado del mostrador de la farmacia y señala con su pequeño dedo cremas de otras marcas. —Éstas son para lo que tú estás haciendo.

—Oh, ya veo —responde Abril con una mezcla de alegría y ternura. —Gracias por decirme, lo tendré en cuenta para la próxima ocasión.

—¡De acuerdo! —asiente la niña.

—Bueno, ya me tengo que ir, ¡adiós! —Abril guarda el pequeño producto en su bolsa y hace el ademán de despedida. La niña le dice adiós con una enorme sonrisa en el rostro.

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