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Fluffy

Fluffy, nuestro perro, falleció el 12 de noviembre. Vivió diez años. De mirada triste, era un perro que se sentaba a tu lado si salías al jardín a llorar tus penas. Estuvo ahí cuando se murió mi prima Karol y también cuando en el portal de la casa recibí la muerte de Pamela. Guardián de la familia, jefe de todos los perros de la calle. Una vez, enojada con mis padres, salí a media noche a observar el cielo estrellado sin que nadie se diera cuenta. Fluffy se acercó y observamos juntos los astros. Ese día vimos tres estrellas fugaces. Y cuando mamá salió a buscarme, yo lloraba y Fluffy ladró como diciendo que todo estaba bien. Llegó a casa en brazos de mi hermana, cuando todos estábamos pequeños y la familia tenía menos problemas, precisamente porque éramos unos niños. Lo cuidamos mucho. Aunque después creció y se volvió un perro libre. Aullaba toda la noche cuando lo atábamos y el sonido que emitía era tan lastimero que me sentía en medio de un cuento de terror. ¡Cuántos noviembres creí que las almas realmente estaban en casa debido a su aullido! Y éste último no fue la excepción. Soñé que él plantaba cara a los fantasmas que pasaban por nuestra casa, en busca de nuestros espíritus. “¡No se los llevarán!”, ladraba Fluffy con toda la fuerza de su ser canino. Y me sentí orgullosa de que estuviera con nosotros. Por eso, al enterarme de su muerte sentí de un golpe el paso de los años. Otro ciclo se ha cerrado en nuestra vida como familia. Nuestro buen perro ha ido a ese río, quiero creer, para ayudarnos a cruzar cuando llegue el momento. O tal vez no, quién sabe. Sólo sé que siempre pensaré en él con cariño y gratitud.

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