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El niño fantasma

La semana pasada fuimos al orfanato al que un grupo de amigos y yo queremos apoyar económicamente. La monja que nos atendió nos hizo esperar en una sala mientras se desocupaba. Nos sentamos en los amplios sillones floreados. Mirábamos la sala y pensábamos en cómo abordar el tema, cuando una de mis amigas dijo que sintió escalofríos:

—Como si alguien me hubiera pasado un dedo desde el hombro hasta la espalda —dijo mientras frotaba sus brazos de los nervios.

—Es un niño —agregó otra de mis amigas, con toda la tranquilidad del mundo.

—¿De qué hablas? ¿Es en serio? —pregunté mirando el sitio donde supuestamente estaba el niño, pero no percibí nada extraño.

—Sí, es un niño como de tres años, ¿no lo sientes?

Negué con la cabeza, la amiga que había sentido el escalofrío comenzó a decir que dejáramos de hablar de eso.

—Yo sí siento el aura —expresó otra amiga. —Se siente luego luego tan sólo al entrar, ¿verdad?

—¿Es en serio? ¿Sí lo ves? —volví a preguntar llena de emoción, entornando los ojos para ver si de alguna forma mágica podía percibir la presencia.

—Sí, pero no digo nada porque se asustan, ahí está el niño, quiere tocar tu cabeza —dijo señalando a mi amiga que no cabía en sí de los nervios.

—Cuéntame más —pedí haciendo caso omiso de la cara de susto de mi amiga.

—Está todo vestido de blanco y quiere jugar.

No vi absolutamente nada y extendí el brazo para ver si de casualidad sentía un cambio de temperatura, pero entonces entró la monja. Nos olvidamos momentáneamente del asunto y expusimos nuestro propósito. Mientras una de nosotras hablaba, los escalofríos volvieron a recorrer el cuerpo de mi amiga y fue tanta su sorpresa que me tomó del brazo. La monja nos miró sin decir nada. Al salir yo seguía preguntándome si era verdad o no que un niño había estado con nosotros; porque, si era verdad, había comprobado que yo no podía ver fantasmas.

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