10 mayo, 2010

María

Siempre ha sido una mujer fuerte. A la hora de su nacimiento la partera le dijo a la abuela:

—¿Éste es el último bebé que quieres tener?

—La última mujer, sí.

Y María vino al mundo. Creció en medio de las milpas, la pobreza, las gallinas y el sonido del clarinete que tocaba el abuelo. Por las tardes se tiraba en el suelo y asomaba su cabeza al camino de tepetate, le gustaba ver cómo los caballos hacías holladas en el suelo, cómo se levantaba el polvo, cómo se dispersaba el silencio…

Creció y se volvió una chica entusiasta. Por las mañanas se levantaba antes que el sol a barrer la calle que ni pavimentada estaba, luego regaba las plantas. Después se iba a la escuela de secretarias, regresaba y hacía pulcramente las tareas domésticas; cantaba mientras hacía la tarea, cosía y remendaba la ropa; leía un poco, y finalmente, antes de dormir, planchaba su ropa acompañada de las notas del clarinete que tocaba el abuelo…

Entonces lo supo, supo que no quería ser secretaria, supo que no quería dedicarse al hogar, entendió que su vida no era estar siempre sujeta a las mismas leyes y se rebeló. Un día, sin avisar, se dio de baja en la escuela de secretarias y se dio de alta en la escuela de música. Estudió solfeo, rítmica, canto. Nunca aprendió a cocinar. El día que los abuelos se enteraron de sus acciones no la bajaron de mala hija. La tristeza agobió su corazón, pero siguió firme en sus ideales.

Se volvió cantante en una estudiantina, luego se volvió solista en el grupo familiar. Los hombres siempre le decían:

—La música no es para mujeres.

Ella no necesitaba replicar, después de cada acto los aplausos callaban los reproches. Era feliz, realmente feliz, pero algo le faltaba…

—María, te vas a quedar a vestir santos.—se burlaban en su casa.

Todos sus hermanos ya se habían casado, menos ella. No estaba muy grande, pero pasaba de veinticinco y le faltaba poco para los treinta; María no se agobiaba, el abuelo siempre le decía:

—Tú no necesitas de ningún hombre; si no te quieres casar, no te cases.

Pero a María le gustaba el matemático. Y el matemático también la quería. Eran unos seres extraños en ese pueblo donde la mayoría, a su edad, ya tenían hijos. El matemático también era político y, como tal, creía en las soluciones. María decía que no existían las cosas imposibles. Y ambos se encontraron en la proyección de sus sueños y quisieron alcanzarlos juntos.

Entonces se casaron. María dejó de cantar. El matemático se metió de lleno en la política. Ella no se agobió de nuevo, estudió Letras y luego comenzó a dar clases. Por las noches tocaba la guitarra para sus hijos, mientras el matemático les leía cuentos de hadas. María tenía un matrimonio feliz, pero de nuevo le faltaba algo…

Se mudaron. El matemático le hizo una casa grande, con un jardín como ella lo pidió. Ella siguió dando clases. El matemático hacía un poco de política y un poco de números. Así pasaron los años y sus hijos crecieron. La casa comenzó a quedarse vacía. María pensaba en sus hijos, una estudiando Letras, otro amando la política, la chiquita manifestando sus habilidades para dibujar y cantar, igual que ella…

El corazón se le encogió… María se puso a llorar… porque no entendía cómo había educado a sus hijos pero los tres iban tras sus sueños, igual que ella y el matemático. Sí, María la cantante, la profesora de Letras, María la esposa del matemático, la que dice que no existen los imposibles, la que cree en la justicia y en los valores…

Esa María… es mi mamá.

07 mayo, 2010

Mi libro libre

No es nada fácil dejar un libro en la calle. Gabriela se tardó demasiado en decidirse a soltarlo. Tomaba fotografías al azar y luego volvía a tomarlo de nuevo. El libro elegido fue La princesa que creía en los cuentos de hadas de Marcia Grad. Gabriela lo terminó de leer cuando tenía 12 años. Seis años después se atrevió a dejarlo en un puesto de papas y churritos. U.U

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Ese libro fue el elegido para formar parte de LIBRO LIBRE. No comparto aún con ustedes la foto donde lo dejé porque resulta que la enviaré por mail a los Habitantes de Moria, a ver si se apiadan de mí y me dan uno de los tres libros que regalarán.

Gabriela salió del departamento junto con Tere y César, fueron a Gran Sur. La idea original para dejar el libro era en Las Islas de C. U., pero por asuntos ajenos a la voluntad de estos chicos terminaron dejándolo en un puesto de papas y churritos.

—¿Me da unos churritos? —pidió Tere mientras Gaby se dedicaba a acomodar el libro sin que el sujeto que atendía se diera cuenta.

—Son 10 pesos.—dijo el chico.

—Sí, está bien.—respondió Tere, entonces Gaby trató de tomar la fotografía, ¿por qué rayos pasaba tanta gente? Por fin logró enfocar la cámara del celular. Una vez hecho eso recibieron los churritos, pagaron y se fueron…

Menos de cinco minutos después… cuando ya habían abordado la micro de regreso a metro C. U.

—¡Tere! ¡Abandonamos un libro! .—exclamó Gaby con la mirada triste.

Tere y César se limitaron a sonreír…

Ahora sólo espero que alguien lo encuentre y lo cuide… Me pareció ideal dejar ese libro porque su lectura es sencilla, el título me encanta, y la historia, si no es la más genial de todas las historias, al menos mantiene ese secreto de que mediante un cuento puedes aprender a superar tu propio yo.

¿Ustedes se atreverían a dejar un libro a la deriva? ¿Qué libro han leído por las meras casualidades del destino y les ha cambiado la vida?

05 mayo, 2010

El precio de inventar a las personas

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La habitación se inunda con When the sun goes down de los Arctic Monkeys. La chica brinca y baila, quiere despejar la mente, tararea… I start to wonder what his story might be, what his story might be… Maldita vida, piensa. Se quita los zapatos y comienza a brincar en la cama, ¡no existo!, se grita… la canción va bajando de volumen hasta que pronto desaparece. Ella se queda acostada.

Si él existiera no tendría por qué pensarlo cuando empieza esta canción, se dice mientras sube el volumen a la melodía que inicia, Daphne de Porter. Pone una almohada sobre su cabeza, tiene ganas de llorar pero las lágrimas no salen. Sale el sol y aunque ahogado veo el resplandor… ya me fui… vacío en el fondo… Si él existiera yo no gastaría tantas palabras en su persona, trata de consolarse con esa afirmación.

Pero todo es vano, afuera el calor provoca sueño a los transeúntes, decide apagar la radio… pero cuando se ve rodeada de silencio descubre su pequeñez. Comienza a cantar la primera melodía que se le viene a la cabeza, necesito verte donde quiera que estés, te quiero, te quiero, te quiero y no hago otra cosa que pensar en ti… ¿Desde cuándo me volví tan cursi?, se pregunta. Entonces suelta una sonora carcajada.

Las notas de esa risa retumban en las esquinas de la habitación, una araña se moviliza, la chica lo percibe. Ay araña, tú has de pensar que estoy loca, pero no, dice mirando al insecto que huye por debajo de la puerta. Bien, estoy sola… ¿acaso a mí también me inventaron?, se pregunta mirándose en el espejo. Hace gestos raros para comprobar su existencia. Aguanta la respiración unos segundos. Bien, sí estoy loca, se dice con una sonrisa.

Este es el triste precio de inventar a las personas: ya no sabes si existen, ya no sabes si tú eres también un invento, una mezcla confusa de sueños y realidades… ¡Aguanta!, murmura la chica. Toma pluma, una hoja de papel y escribe “Por si soy un invento me gustaría dejar estas palabras en la realidad…”

Les aseguro que no fue mi intención inventar. Se hacen cuentos. Se sueñan cosas inesperadas. Pero jamás se espera inventar a las personas. Todos lo hacemos. Creo. Inventé a mis padres… a mis hermanos… a gente especial… ¿y a mí? ¿Qué tanto hay de real en esto que escribo? Y lo más genial, hay gente que surge de esa imaginación y se plasma en la realidad… ¿Casualidades… destino? No lo sé…

La chica arrancó la hoja de papel y la hizo bolita. Bien, hoy no, luego, cuando ande más inspirada, piensa para sí y vuelve a encender la radio. Lo último que se oye en la habitación es un fragmento de Cálida estrella de Plastiko, … y es que se nos van tantas cosas que hablamos en secreto, y es que viví con los ojos bien abiertos y te vi pensando lento…

Todo lo demás… fue un invento.