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El precio de inventar a las personas

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La habitación se inunda con When the sun goes down de los Arctic Monkeys. La chica brinca y baila, quiere despejar la mente, tararea… I start to wonder what his story might be, what his story might be… Maldita vida, piensa. Se quita los zapatos y comienza a brincar en la cama, ¡no existo!, se grita… la canción va bajando de volumen hasta que pronto desaparece. Ella se queda acostada.

Si él existiera no tendría por qué pensarlo cuando empieza esta canción, se dice mientras sube el volumen a la melodía que inicia, Daphne de Porter. Pone una almohada sobre su cabeza, tiene ganas de llorar pero las lágrimas no salen. Sale el sol y aunque ahogado veo el resplandor… ya me fui… vacío en el fondo… Si él existiera yo no gastaría tantas palabras en su persona, trata de consolarse con esa afirmación.

Pero todo es vano, afuera el calor provoca sueño a los transeúntes, decide apagar la radio… pero cuando se ve rodeada de silencio descubre su pequeñez. Comienza a cantar la primera melodía que se le viene a la cabeza, necesito verte donde quiera que estés, te quiero, te quiero, te quiero y no hago otra cosa que pensar en ti… ¿Desde cuándo me volví tan cursi?, se pregunta. Entonces suelta una sonora carcajada.

Las notas de esa risa retumban en las esquinas de la habitación, una araña se moviliza, la chica lo percibe. Ay araña, tú has de pensar que estoy loca, pero no, dice mirando al insecto que huye por debajo de la puerta. Bien, estoy sola… ¿acaso a mí también me inventaron?, se pregunta mirándose en el espejo. Hace gestos raros para comprobar su existencia. Aguanta la respiración unos segundos. Bien, sí estoy loca, se dice con una sonrisa.

Este es el triste precio de inventar a las personas: ya no sabes si existen, ya no sabes si tú eres también un invento, una mezcla confusa de sueños y realidades… ¡Aguanta!, murmura la chica. Toma pluma, una hoja de papel y escribe “Por si soy un invento me gustaría dejar estas palabras en la realidad…”

Les aseguro que no fue mi intención inventar. Se hacen cuentos. Se sueñan cosas inesperadas. Pero jamás se espera inventar a las personas. Todos lo hacemos. Creo. Inventé a mis padres… a mis hermanos… a gente especial… ¿y a mí? ¿Qué tanto hay de real en esto que escribo? Y lo más genial, hay gente que surge de esa imaginación y se plasma en la realidad… ¿Casualidades… destino? No lo sé…

La chica arrancó la hoja de papel y la hizo bolita. Bien, hoy no, luego, cuando ande más inspirada, piensa para sí y vuelve a encender la radio. Lo último que se oye en la habitación es un fragmento de Cálida estrella de Plastiko, … y es que se nos van tantas cosas que hablamos en secreto, y es que viví con los ojos bien abiertos y te vi pensando lento…

Todo lo demás… fue un invento.

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