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El gigante

Conocí al gigante en agosto de hace casi cuatro años. No pensé realmente que fuera un gigante, para mí parecía sólo un sujeto más, un humano más, un chico más. ¿Su nombre? Lo pueden leer al final de esta entrada si les causa pesadez leer todo lo que tengo que contarles del gigante,

La primer impresión que recibes de este chico es : “Él es muy alto”. No es algo que piense sólo yo, y eso que sólo mido un metro con cuarenta y siete centímetros, es algo que piensa la mayoría de las personas que lo conoce. ¿Esa primera impresión cómo se puede dar? De muchas y variadas maneras, en mi caso por ejemplo, fue en la parada del camión. Allí me encuentro yo, ¿ya me vieron?, sí, soy la niña de coletas que baja de un pointer azul. Y justo allí está el gigante, destaca de entre todos, es un chico alto, de mirada risueña. Observen cómo me pongo a su lado. Si miramos esa imagen desde varios metros de distancia las expresiones casi siempre son “Un chico alto al lado de una niña de primaria, se ve tan chiquita y él tan grandote”.

La segunda impresión podría ser: “Su estatura no tiene nada que ver con su manera de ser”. De un chico alto esperas, por lo general, fiereza y seriedad, un cabeza hueca por aquello de la frase entre más alto más tonto. Pero él logra rebatir todas esas estigmatizaciones. Sus ocupaciones lo demuestran: allá ya se va para su clase de inglés, acá ya está estudiando para sus materias, por ahí está haciendo ejercicio, por este otro lado practica sus paradas de portero. Tiene mil cosas que hacer, nunca está quieto, ¿cómo no va a ser inteligente? Y… ¿serio? ¿El gigante es serio? Sólo cuando se trata de hacer cosas importantes, porque, por lo general, siempre lleva una sonrisa en el rostro y hace reír a los demás.

Le tercera impresión la recibes luego de un problema: “Él es un amigo de verdad”, piensas. Por supuesto que sí. Amigos de esos que merecen el nombre de hermanos. El gigante es más amigo de lo que alguien puede imaginar. ¿Ya me ven aguantándome las ganas de llorar en esa combi porque he oído palabras hirientes de quien no esperaba? Ahí está el gigante rodeándome con el brazo, no necesito más. ¿Ya me ven llorando sola en mi habitación porque la persona a quien yo quería me llamó de lo peor? Ahí está el gigante, mirándome con tristeza y dispuesto a darme un enorme abrazo. Con él las palabras no funcionan. Los abrazos sí. Y sus bromas.

La cuarta y última impresión es: “Me siento afortunada de tener a alguien como él en mi vida”. Ya no sólo es el compañero, el colega, el amigo, ahora es el hermano, el ser humano del cual aprendes, al cual respetas y admiras. Es la existencia misma de un ser lleno de sueños, de actitud positiva, de vida. Verdadera vida. ¿Cómo descubren eso? Después de vivir con él poco más de nueve meses. De verlo diario. De descubrir todos los días cómo sus ganas de salir adelante lo hacen sacar adelante su persona. Siempre está dando el paso siguiente. Otro. Y otro. Hasta que contagia su convicción a la vida.

¿Ya me vieron escribiendo esta entrada a las 03:26am? La hago de todo corazón para este gigante que hoy cumple 19 años. Para ese chico que hace hasta lo imposible por no decaer ante la cotidianidad de la vida. Al que ríe y hace ejercicio todos los días. Al que madruga y toma su vaso de leche. Al que ama con intensidad a su novia Lupita y permite que su noviazgo sean de esos que dan envidia, tan llenos de amor, respeto y madurez. Al que ama ser portero y siempre intenta darnos sonrisas a Tere y a mí todos los días desde que vivimos en el departamento.

A David. Davicho. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

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