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Explosión

Hay una explosión en las yemas de mis dedos que provoca que mis manos se desplacen rápidamente por cualquier sitio. Un desplazamiento sutil. Un recorrido tenue por aquellas texturas que provocan nervios a mi piel, a mi cabeza, a mis pensamientos. Ya nadie siente nada. Ya nadie disfruta de las paredes y los pastos. Ni de la piel misma que se acerca a nosotros. Evocaciones vanas.

Mis dedos creyeron enamorarse del teclado porque suelen estar con él todo el tiempo, se pusieron nerviosos ante la madera del lápiz, temblaron ante la hoja en blanco, sudaron con los tres escasos renglones que lograron escribir. Últimamente ha habido una explosión en todo mi ser. Una explosión que implica movimiento a ganas. Una explosión que logra hacer que yo quiera renacer. Eso escribieron.

Ay mis dedos, cuánto han sufrido creyendo que lo nuevo es lo definitivo. Ilusos. El teclado los rebate. No los quiere. Ni ellos deberían amarlo. La profesora de Técnicas de Investigación en Filología Clásica nos dijo que debemos escribir a mano. Siempre. Evitar la fluidez del teclado. Evitarlo. Veo mi Diario. Pobrecito. Me mira feo porque lo he abandonado. No, no es verdad. Sí escribo en él. Pero me mira feo porque ya no le cuento todo.

¿Cómo contar esas cosas que han pasado y que han provocado la explosión? ¿Cómo gritárselo al mundo? Si son de esas situaciones que se guardan por siempre en la memoria, sólo ahí. Para recordarlas más tarde. Para odiarlas más tarde. Para llorar más tarde. No se escriben. No deben escribirse porque su magia se iría y la explosión dejaría de provocar esta ansiedad a las manos.

La ansiedad de escribir. Escribir. Escribir. Escribir. Escribir. La palabra ESCRIBIR explota en mis dedos. E-S-C-R-I-B-I-R cada una de sus letras explota por sí misma. Se dispersan. R-E-I-S-B-C-I-R. Se combinan. Cambian. Una explosión lleva a otra y yo me encuentro desplazando mis dedos. Tocando las texturas. El teclado. El suelo. La pared. El escritorio. ¡Ya sé qué provocó la explosión! Fue la palabra. ESCRIBIR. Fueron los últimos sucesos a mi vida. ESCRIBIR. Fueron esas ganas de cambiar las que hicieron explotar mis pensamientos. Y de esa explosión la fuga rápida de las neuronas se mezcló con las células, no sé nada de biología, así que no puedo describir el recorrido de toda esa masa explotada que hubo por mi cuerpo.

Pero sé que llegaron a la yema de mis dedos. Me alegro que no haya salido todo de golpe por los ojos. Ya veo el mar de lágrimas emanado. Todos preguntarían ¿Qué pasa Gaby? ¿Por qué lloras tanto? Y yo sólo podría responder Exploté. Sí, qué bueno que no fue por los ojos. Fue por los dedos. Por las yemas. Mis dedos no lloran, sólo se exasperan. Y escriben. Escriben mucho. ¿Qué pasa Gaby? ¿Por qué escribes tanto?

Exploté.

Y la verdad es que… me gustó.

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