28 enero, 2012

De cómo ha sido enero

Inmensamente triste

Año nuevo, vida nueva. Eso dicen. Y la frase se abalanzó con todo su poder sobre la familia. En medio de lágrimas por la reciente muerte de Pamela se dieron el abrazo diciendo muy poco. Aún vivían. Aún respiraban. Gabriela no había experimentado esa tristeza y menos en año nuevo, esa que se guarda en el pecho y destroza todas las palabras en la garganta convirtiéndolas en lágrimas. Esa tristeza que deja al descubierto el gran amor que se tiene a la familia, que saca quién sabe de dónde la fortaleza para seguir luchando. Esa tristeza inmensa. Inmensa de verdad.

:(

 

Apodable

Gaby tiene un primo de nueve años que se llama Ismael. Durante todo el duelo de Pamela los tíos y los demás primos lo llamaban España. Gaby no entendía por qué. “España, haz esto”, “España, ve para allá”, “España, ven para acá”.

—¡Ya! ¿Por qué le dicen España? —preguntó Gaby, feliz de que el misterio sería resuelto.

—Porque es pañalero.

¬¬

 

Graciosamente confuso

En uno de los rosarios de Pamela se ofrecieron tamales. Gaby decidió ayudar a hacerlos y llegó muy campante a las once de la mañana. La masa de los tamales de dulce ya estaba preparada. Sabía riquísima. Tío Ramón la había hecho con una receta especial que incluía nueces, pasas, lechera, cerezas, mango, piña, entre otras cosas deliciosas. “A mi hija le gustaban mucho”, dijo y Gaby sintió de nuevo ganas de llorar. Volvió a probar la masa, estaba deliciosa. Se dedicó a ayudar, pero cada que podía escapar de la vista de todos, iba a probar un poco más. “Tal vez me duela la panza, pero no me importa”, pensaba muy alegremente mientras se deleitaba una y otra vez con la masa cruda. En una de esas su abuelita salió de la cocina y gritó con voz potente:

—¡Voy a creer! ¡Quita tu hocico de ahí!

Gaby se puso blanca del miedo. Quitó su mano rápidamente del recipiente y ya estaba preparando la excusa perfecta cuando su abuelita agregó:

—Ay Gaby, pégale al perro, está lamiendo los trastes sucios.

—Ah, sí abuelita, ¡PERRO!

xD

 

De escribir mucho y sin parar

Viendo que se podía morir en cualquier momento, Gabriela decidió tomarse más en serio sus objetivos. El principal reto de este 2012 es terminar la novela que lleva en su cabeza más de diez años. Gaby sabe que no puede morir sin antes haberla escrito. Así que se sentó a escribir y para estas fechas ya está cerca de terminar el capítulo dos. Confía en que el regreso a la escuela no sea un impedimento para seguir escribiendo como loquita.

:)

 

Alegremente cansado

Gabriela, Fernanda, tía Juanita y Raúl fueron de compras al DF. Al famoso mercado de La Merced. Luego de varias horas de caminar y de haber comprado lo que necesitaban decidieron tomar el metro para dirigirse a la central del norte. En la estación Hidalgo era hora pico. Montones de gente salían de todas partes y todas querían entrar en los vagones. ¡Imposible! A las cuatro personas ya les dolían los pies y sólo querían trasladarse a La Raza. Pero no se podía. Siempre que llegaba un nuevo tren se quedaban fuera.

—Ya nos vamos en el que viene. —dijo tía Juanita. —Los que puedan subir nos esperan en La Raza.

Entonces llegó el tren. Gaby tomó con fuerza su bolsa y en cuanto se abrieron las puertas entró empujando a todos y logró estar a salvo. Fernanda también pudo hacerlo. Casi no se podía respirar y sólo había hombres por todas partes. Altos, muy altos, o eso le parecieron a Gaby. No hacía falta sujetarse de ningún lado porque iban tan apretados que aunque el metro iba en curva nadie se caía.

—¿Estás ahí, Gaby? —preguntó Fernanda.

—Sí, todavía existo, ¿y tú?

—También.

Cuando bajaron en La Raza se soltaron a reír. Tía Juanita y Raúl llegaron dos trenes después. Sofocados, cansados y alegres.

—¡Voy a creer! ¡Por dónde me traen ustedes! —exclamó tía Juanita y luego agregó con una sonrisa: —Ay, fue muy divertido.

:D

31 diciembre, 2011

La tierra daba vueltas

Lo que más amé de todo es que no me sentí sola. Lo que más me conmovió es que pude ser yo. Pude defenderme. Demostrar mi existencia humana. Tengo amigos y eso me hace feliz.

Abril G. Karera, 17 de abril de 2011

 

Sentía que estaba en medio de un torbellino, literal. La tierra daba vueltas y yo hacía lo posible por asirme a lo seguro. No quería caer. No con todas las cosas que aún tenía que decirles. Veía sonrisas en sus rostros y me las contagiaban, pero lo que quería decirles era serio, muy serio. El mundo seguía girando y yo estaba en el centro. Me sentí una heroína, pero no lo dije por si me lo tomaban a mal. Por si exclamaban: “Bueno, por fin la hemos perdido”. No, nunca me perdieron. Ni ese día en que me costaba tanto trabajo mantenerme erguida.

—Ya deja de tomar, Gaby. —dijo alguien que seguro me conocía y creía que era normal prohibirme las cosas.

—No. Es más, sírvanme otra. —respondí para demostrar que aún podía tomar decisiones. Se oyeron carcajadas y mi hermano me sirvió agua, ni siquiera lo noté.

—Prosigamos… —intervine en medio de las risas cuando tuve de nuevo el vaso entre mis manos. —No entiendo por qué no escriben correctamente las palabras, la ortografía es muy importante, denle el lugar que se merece. Respeten el lenguaje. En serio, respeten el lenguaje. Tantos y tantos años en que el hombre ha pasado por este mundo, el lenguaje ha ido evolucionando y seríamos aún más de lo que somos si supiéramos escribirlo correctamente. No nos daría miedo expresarnos. No nos daría miedo enfrentarnos con desconocidos. El lenguaje nos hace. Hagámoslo también.

—¿Te enojan mucho las faltas de ortografía? —preguntó alguien cuyo rostro permanece borroso en mi cabeza.

—Me enojan lo suficiente. Hoy en la mañana fui a la carnicería y tenían escrito cecina con s; sesina. Dime, ¿así cómo esperan que uno les compre? Todas esas personas de los negocios, si tienen faltas de ortografía en los nombres de sus productos, es porque ni siquiera les preocupa lo que venden, porque no tienen visión. Una persona con visión hasta por la ortografía se preocupa. Es una buena forma para conocer a las personas. Pueden estar de acuerdo o no, pero para mí es vital.

—Ya Gaby, vamos a dormir. —surgió otra voz que pensaba que podía darme órdenes.

—No,escúchenme. Me siento feliz de que todos ustedes estén aquí conmigo. Quiero decirles más cosas, pero miren: mi cuerpo pesa horrible. La lengua la tengo adormecida. Si dejo de ordenar a mi cuerpo que se mantenga sentado esto es lo que sucedería. —dejé que todo el peso me llevara y, aunque estaba sentada, mi sentí por primera vez la enorme gravedad que atrae todo hacia la tierra.

—Espérate, Gaby. Ya,vamos a dormir. —de nuevo aquella voz cuyo dueño aún no identifico.

Levanté la cabeza y comencé a observar fijamente a quienes estaban a mi alrededor. Todos sentados, con sonrisas en sus rostros. Pasábamos un buen momento.

—Espera, antes quiero asegurarme de que reconozco a todos.

Se oyó otra tandada de risas y yo comencé a nombrarlos. La tierra daba vueltas y yo los nombré para que se quedaran fijos. Recordaba el nombre de todos porque, después de todo, eran mis amigos. Amigos en el sentido de que varios momentos de mi vida los he pasado con ellos. Buenos y malos. Hasta los primos que estaban presentes los consideraba mis amigos. Siempre ha sido así. Sus nombres salían de mi boca y aunque para ellos era un simple reconocimiento, para mí fue una manifestación de que todavía estábamos en el mundo. De que aún vivíamos y podíamos darnos el lujo de reír a diestra y siniestra. Me dieron ganas de llorar.

—Bueno, vamos a dormir. —decidí al fin, porque no quería que me vieran inundada en lágrimas. La tierra daba vueltas y yo me puse de pie. Me apoyaron para llegar hasta la puerta de la casa. El jardín lucía tranquilo a la luz de las estrellas. Todos ellos se pusieron de pie conmigo. Todavía di algunas órdenes. Todavía conversé con Cecilia largo rato, llorando. Y luego dormí. Soñé que la tierra seguía dando vueltas, que, de hecho, esa es la realidad. Pero que gracias a la familia y a los amigos uno puede sentir que se encuentra en un punto fijo. Viviendo.

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FELIZ AÑO NUEVO 2012 A TODOS LOS LECTORES DE ESTE BLOG.

PAZ, SALUD, FELICIDAD Y AMOR PARA TODOS USTEDES.

29 diciembre, 2011

Alimento

Siento que estoy flotando en un universo triste y desconocido.

Abril G. Karera, 9 de marzo de 2011

 

Todo me golpea. El aire, las palabras, el tiempo, mis materias, las personas, ya no hay nada con sentido en este lugar. Ni yo misma. Te lo dije, te lo he dicho muchas veces: que te quiero y que te extraño, pero tú sólo te limitas a asentir con la cabeza. Demonios, conviértete en el personaje de un libro para que, al menos por las descripciones, intuya tus pensamientos. Y ahora, con todo este embrollo, no me puedo dormir. Sigo viendo tu nombre en la computadora. Te hablo, conversamos un poco de casi nada. Me siento peor. Intentas animarme y accedo a darte gusto, pero no es suficiente. Nunca nada es suficiente.

Soy una bola azul. Una bola de arroz que se come. Y me como a mí misma porque tengo hambre. Una bola de arroz azul. Y sepo rica.

—Sabes rico. —escribes en la pantalla.

Cómeme y disfrútame porque alimento como yo no hay dos. Y una vez que me termine ya no podrás encontrar más. Y tendrás mucho antojo de mí, pero me habré acabado.

—Cariño, deliras. —escribes.

Deliro mucho, es verdad. Pero así es el mejor alimento. Delirante.

—Duérmete. —insistes.

Pero no puedo, te digo que no puedo. No puedo. No puedo. No puedo. Cómeme y dormiré plácidamente. Cómeme ahora porque he de morir algún día. O dime, dime ¿cómo puedo dormir? ¿Cómo puedo dormir si el tiempo pasa tan rápido?

—No duermas entonces, sólo cierra los ojos hasta que amanezca. —escribes finalmente ante tanta vuelta mía.

Y te hago caso. Te hago caso, siempre. Cierro los ojos y acallo todo lo que me explota. Cómeme en el silencio. No me doy cuenta cuando me ha tomado el sueño. No me doy cuenta cuando te has ido.