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Humberto odioso-grosero-guardián

Humberto fue la primera persona que me causó problemas con mi manera de clasificar a la gente que conocía. No cabía en la categoría de amigo, pero tampoco en la de enemigo. Y  a la vez estaba entre los que me caían bien y también entre los que me caían mal. A veces era la primera persona que yo defendía, muchas veces fue también al primero que acusé sin dudar. Su sola presencia me perturbaba. Era obvio, Humberto me gustaba.

Era terriblemente odioso. Me jalaba los cabellos y me aventaba bolitas de papel en las clases. Se burlaba de mí todo el tiempo, que mi voz era muy chillona, que mis prendedores parecían sacados de la basura, que por qué hacía las cosas como las hacía. Con él, debo ser franca, aprendí a pelear y defenderme, no dudaba en jalarle los cabellos hasta sacarle lágrimas, lo pateaba y le daba puñetazos en el estómago. Podría decirse que con él conocí mi lado violento (uno que yace dormido desde entonces).

Teníamos once años, bueno, creo que él tenía diez. Nos conocíamos desde los siete y esa relación no había cambiado en lo absoluto. Siempre era él el que molestaba, siempre era yo la que lo golpeaba. Nos odiábamos a muerte. Llegó a decirme que él hubiera sido feliz sin mi existencia… pero cuando yo no iba a la escuela era el primero en preguntar sobre mi ausencia.

Aquella vez… hubo un concurso de aptitudes físicas. Me acuerdo perfectamente que yo le gané. Y como yo era la ganadora podía usar su bicicleta para pasearme un rato. Pero él no me la quiso prestar. Y yo de veras quería darme una vuelta. Así que se la pedí una vez. Y él dijo NO. Se la volví a pedir. Y él dijo NO. De nuevo se la pedí. El NO salió de sus labios. Entonces lo pateé y tomé la bicicleta echándome a correr…

Pero él me alcanzó… y me pegó. Fue la primera vez (y última) que un niño me pegó. Así tal cual. Así como se oye. Claro… no caí noqueada, ni siquiera fue tan grave, pero el hecho de que él, que tantos golpes había recibido de mí sin quejarse, me hubiera pegado fue un shock psicológico fatal. El niño que me gustaba me había pegado… Así que sin decir una palabra le devolví la bicicleta y le dejé de hablar en varios meses.

¡Cómo sufrió entonces Humberto por no poder burlarse de mí! Cada vez que lo intentaba le mandaba una de esas miradas de hielo que se me dan. Había desaparecido de mi mundo y él sólo se esforzaba en volver a estar en alguna de esas listas que yo formaba.

—¿Te caigo bien? —preguntaba y yo negaba con la cabeza. —Entonces te caigo mal.—y yo seguía negando con la cabeza. —Bueno, entonces dime por qué no me hablas…

—¡Oh, qué raro! Creo que las moscas hablan… —respondía frívolamente despreciándolo con la mirada.

Y un día… a alguien se le ocurrió empujarme de las escaleras… resbalé a uno de los últimos escalones (eran sólo cuatro, pero aún así me dolió). Las lágrimas comenzaron a salir de mi rostro y el primero que me vio fue Humberto. Se acercó corriendo a mí, me ayudó a levantarme, me preguntó muchísimas veces si me encontraba bien. Llamó a sus amigos para que cuidaran de mí, mientras él, inesperadamente, fue a corretear al mocoso que me había empujado.

Sólo recuerdo el haber visto cómo Humberto corrió por casi toda la escuela detrás de aquel chamaco travieso. No desistió hasta alcanzarlo y una vez que lo logró lo golpeó y lo hizo pedirme disculpas. Desde día se le hizo la maña de preguntar cómo me encontraba, se volvió amable, dejó de molestarme y regañaba a todo aquel (o aquella) que osara insultarme. Fue una especie de guardián…

Nos volvimos buenos amigos.

Y un día sucedió que pasamos a sexto de la primaria. Teníamos doce años, bueno, creo que él tenía once… y entonces… nos tocó en salones diferentes… y…

y…

 

Continuará…

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Chin, por 32 minutos no pude cumplir mi promesa, les pido una disculpa a todos u.u

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