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Edmundo

Yo no me acuerdo de mí, por eso escribo un Diario. He leído con gracia mis anotaciones de los doce años, iba en sexto de la primaria y ya había terminado mi relación con Humberto. Vaya, mi ortografía era mala, aún no usaba todos los acentos y no podía escribir bien la palabra decisión. En realidad toda mi redacción era algo torpe, de una cosa me saltaba a la otra dejando lagunas enormes, me gustaría saber qué hubiera dicho sobre ciertas cosas, pero no lo dije… creo que de ahora en adelante seré más cuidadosa al escribir el Diario, no quiero dejar cabos sueltos.

Como aquél de cómo fue que conocí a Edmundo. De pronto aparece mencionado en mi Diario, de la nada, sin preámbulos, no escribí algo como: “Hoy conocí a Edmundo” o “Sé que nunca te he hablado de Edmundo, pero él es…” Sólo hay un fuerte y frío: “Me gusta Edmundo”. Esto lo hace aún más interesante, porque con el paso de las páginas en el Diario quiero hallar pistas que me hagan desentrañar a ese niño misterioso. Sin embargo caigo en ser una escritora fracasada, ni siquiera cuento bien las cosas…

No hay ese detalle de narración como con Humberto, no hay corazoncitos rodeando las páginas, ni siquiera escribí su nombre completo. Jamás lo describí y si me acuerdo de él físicamente es porque guardé una fotografía en el álbum. Era… ¿cómo explicarlo? Simpático, esa es la palabra. Era muy simpático y gracioso además. Lo sé porque muchas de las veces que fue mencionado escribí: “Edmundo me ha hecho reír bastante hoy con uno de esos chistes súper graciosos que siempre cuenta”. Y luego viene otra frase crucial: “Lo he descubierto, me gusta que me hagan reír”.

Nunca lo plasmé en el Diario, pero siempre lo supe, Edmundo iba en el salón de Humberto. Sé que tampoco escribí que quizás me fijé en él para hacer enojar a mi primer ex-novio, pero estoy segura que esa fue mi primera intención al entablar amistad con él. ¡Doce años y pensando en causar celos! ¿Qué tipo de persona soy? Bueno, pues en ese entonces creo que ni siquiera me preocupaba eso…

Pero así es… conocí a Edmundo a los doce años. Y no fue difícil que él se fijara en mí. Tenía don para los chistes, yo el don para reírme de ellos. Nunca nos aburríamos. Y nunca hablábamos de otras cosas que no fueran asuntos graciosos. Aunque él nunca tuvo una bicicleta, nunca me llevó a mi casa y nunca me defendió de alguien. Creo que al hacer esas comparaciones, sin querer, en mi Diario, quedó establecido que, por muy gracioso que fuera todo, él y yo nada teníamos que ver el uno con el otro.

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Waaaa, por fin regreso al blog. Ya los extrañaba. En esta semana me pongo al corriente con todas sus entradas. El puente me secuestró y los deberes escolares también :S Pero sigo viva y con ganas de seguir escribiendo. Saludos y espero que todos se encuentren súper bien :)

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