El brujo

Mi hermana se perdió en el campamento familiar. Éramos más de treinta personas internadas en el bosque y ella fue la única que desapareció. La buscamos arduamente durante toda la tarde, pero no pudimos hallarla. Tuve que consolar a mi madre y alejar de ella los pensamientos negativos que le restaban el aire. Mi papá estaba más sereno, pero, aún así, sabía que si seguían pasando las horas y mi hermana no aparecía, toda su fortaleza se iría al suelo. La noche trajo el frío y el calor de nuestras fogatas mantuvo a raya a los lobos.

Pobre de mi hermana, ¿dónde estaría temblando? No era precisamente una persona valiente, pero era muy inteligente. Dormí mal, tratando de mantener viva la esperanza, aunque cuando me agarró el sueño la idea de la tragedia abrumaba mi cabeza. Desperté luego de dos horas, los demás aún dormían. Tomé una rama y la puse en la fogata para hacer una especie de antorcha, miré a mis padres bajo el resplandor de la llama, estaban abrazados y sus semblantes lucían intranquilos. Di media vuelta y me interné en el bosque.

La última vez que escuché a mi hermana, ella me dijo que había escuchado una voz que la llamaba, pero cuando volteé para sujetarla de la mano, ya no estaba. Así que caminé al lugar en cuestión, un estrecho camino cubierto de hojas, rodeado de árboles fuertes, un sitio muy común. La antorcha iluminó el espacio, susurré su nombre, pero nada sucedió. Estuve parada unos minutos sin saber qué hacer, hasta que decidí caminar un poco más. No había dado ni diez pasos cuando percibí una sombra moviéndose delante de mí. Contuve la respiración y la seguí.

Después de caminar más de diez minutos, me di cuenta de que la había perdido. Y yo también estaba perdida. Quise regresar sobre mis pasos, pero todo en el bosque parecía ser el lugar por donde había llegado. Entonces una ligera llovizna comenzó a caer y mi antorcha se debilitó para terminar apagándose segundos después. Empapada seguí caminando sin rumbo, hasta que me topé con una cabaña. Pero no entré, porque tuve miedo de que fuera como la de la bruja de Hansel y Gretel.

Estaba por alejarme cuando sentí que alguien estaba detrás de mí. Era la sombra que había visto antes, un hombre alto y vestido con una capucha negra que le daba un aspecto terrible. No me dijo nada, sólo me miró y se metió a la cabaña. Yo tenía mucho miedo, pero aún así luché contra él y hablé lo más fuerte que pude: Estoy buscando a mi hermana, ¿la ha visto? Se perdió hace unas horas, tiene sólo nueve años…

Nadie salió de la cabaña y el repiqueteo de las gotas contra los árboles fue mi única respuesta. No supe si insistir o irme, algo me daba mala espina. Me quedé parada largo rato hasta que el hombre volvió a salir, pero esta vez no me dedicó ni una mirada. Detrás de él iba mi hermana. ¡Paula!, grité, ¡Paula! Pero ella parecía que no me escuchaba, seguía detrás del hombre. La oscuridad comenzó a cernirse sobre el paisaje, ya era de noche, pero la lluvia también se volvió negra y el sonido de los pasos era negro y ellos se acercaron a mí, la capucha oscura del hombre y la mirada negra de mi hermana y yo no sabía qué hacer, pero él me gritaba que los dejara, que ella se quedaría ahí. La tomé de la muñeca y eché a correr, pero una fuerza no me dejaba avanzar ni respirar y mi hermana lloraba y yo no entendía.

Y luego yo también estaba llorando y la lluvia caía con fuerza sobre mi rostro. Sentí mi cuerpo contra el lodo y el sabor de hojas verdes en la boca. La oscuridad permanecía porque cuando intenté abrir lo ojos, descubrí que ya los tenía abiertos. Grité el nombre de mi hermana y ella me respondió con un quejido, me dijo que estaba cansada, que quería ir a casa. Luego comenzó otro ataque, sentía que el hombre nos arrastraba a las dos, vereda abajo, hacia el río. Quise morderlo, pero mi boca sólo apresaba tierra mojada y piedras. Paula chillaba presa del miedo. El hombre le dijo que recordara, que centrara su atención, pero ella se negaba y buscaba mi cuerpo.

Entonces comprendí. Se trataba del brujo. Del que entrena las mentes para servir a la oscuridad. Porque si fuera el brujo de la luz nada estaría tan oscuro aquí. Mi hermana era una candidata a la oscuridad, se lo dijeron a mi padres, hace muchos años, cuando ella todavía estaba en el vientre. No lo escuches, ordené con la voz rasposa e irreconocible, no sabía cuánto maltrato había en mi cuerpo. La furia del brujo levantó las piedras cercanas y las lanzó a mi estómago. Escupí sangre. Paula lloraba y lloraba, era sólo una niña. No la veía, pero percibía el miedo que exhalaba su persona.

Piensa en mamá y en papá, piensa en el pastel de colores que te hicimos en tu cumpleaños, piensa en las tarjetas de navidad y acuérdate del valle azul, de donde cortamos las flores para el ramo de la abuela… gritaba tratando de soportar el dolor físico al que estaba sometida. Te amamos, Paula. Te amamos.

Fue suficiente. La densa oscuridad se deshizo y el color natural de la noche iluminó el ambiente. El hombre estaba furioso, pero el campo luminoso de mi hermana era más fuerte. Sus pequeñas manos expulsaron al hombre por los aires y luego corrió a abrazarme, para echarse a llorar de nuevo. Anda, le dije, busquemos a papá y a mamá. Ella asintió y me ayudó a ponerme de pie. ¿Qué tal si vuelve?, me preguntó con miedo. Lo volverás a echar, le aseguré. Sí, lo volveré a echar, reafirmó.

Cuánto había crecido mi hermana en una noche.

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