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Capítulo 3: Las cartas | Tiempo Predestinado

 

Ver capítulo anterior.

Escribir una carta de amor no es cosa sencilla. Juliana lo sabría años después cuando tratara de volcar su alma sobre el papel para descifrar el sentimiento atroz que le carcomería el interior. Pero a sus cinco, casi seis años, no podía tener idea de lo que Iván atravesaba cuando escribía sus primeras letras con tanta devoción para ella. El niño sentía palpitar su corazón en la palma de la mano, sentía que lo apretujaba al mismo tiempo que sujetaba el lápiz con fuerza. Desde que se había enamorado de Juliana tenía una razón para vivir. Sus padres lo miraban con ternura y sus tías reían con ganas cada vez que lo escuchaban decir eso.

Juliana sólo abrió su primera carta. Era un enorme corazón con las iniciales J e I entrelazadas, debajo había un te amo. Muy creativo, pero la caligrafía era tan pobre que la niña supo que le bastaba con ver eso. Iván, por supuesto, cumplió la promesa de darle otra carta al día siguiente y al siguiente y al siguiente. Juliana las recibió con indiferencia, las metía en la mochila y ya en su casa las recortaba para hacer figuras de papel que escondía entre las hojas los libros. Jugaba a encontrarlas y en eso se le iban las tardes. Pronto se llenó de papeles escondidos y decidió que era momento de pedirle a Iván que dejara de dárselas.

El chiquillo no sabía que su gran amor ni siquiera se preocupaba por saber qué decían sus cartas. Después de aquel corazón con iniciales entrelazadas había comenzado a hablarle de lo que a él le gustaba, las primeras decían cosas como: Me gusta el color berde porque a ti tanvien te gusta o No es berdad que en la escuela aya fantasmas, no existen, no tengas miedo. Esta última carta se la dio cuando se enteró de que Juliana le tenía miedo a los fantasmas. Alguna compañera suya le había dicho que, por las tardes, los niños que habían muerto en la revolución jugaban en los columpios del jardín. Por esa razón, Juliana había dejado de columpiarse en los recreos. Cuando Juliana supo que los fantasmas podían no existir ya era demasiado grande para borrar su creencia, así que siguió creyendo en ellos hasta el fin de sus días, en especial en los niños fantasmas, se sorprendió muchas veces a sí misma viéndolos en su mente, jugando en los columpios del kínder privado.

—Por favor, ya no me des más cartas —dijo Juliana con el tono exacto de orden severa, pero no por eso menos amable.

Iván no supo qué pensar. Era muy pequeño para entender que no todo se podía en la vida, así que fingió que Juliana nunca le había dicho eso. Tomó la precaución de no darle más cartas en persona, pero comenzó a dejarlas en su butaca, en su mochila o incluso contrataba a otros niños para que se las dieran, les pagaba con el yogurth que Juliana no tomaba.

Ella, harta de la situación, decidió comunicarse con él de otra manera. Tomó la carta que uno de sus compañeros convertido en mensajero le llevó y ante los ojos de todo el salón la rompió en pedazos para tirarla en la basura. Juliana era amable, pero ahora se descubría grosera. Los niños se quedaron en silencio y luego se burlaron de Iván. Ella sintió el gusanito de la culpa adentrarse en su interior, pero era más fuerte la esperanza de que él hubiera entendido el mensaje, así que volvió a sentarse sin una pizca de remordimiento. Lo que Iván comprendió, sin embargo, era que tenía que mejorar su letra para que Juliana volviera a leer sus cartas, así que desde ese día puso más empeño en las planas de caligrafía.

Tal vez la culpa se hubiera arraigado en ella si Iván hubiera dejado de enviarle cartas. Pero al día siguiente ya había otra en su butaca, así que aquel gusanito molesto salió tan pronto como había entrado. Juliana no podía imaginar que dentro de esa carta había solamente tres palabras: Mejoraré por ti. La tomó como a la anterior y la depositó en el bote de la basura con tal aire de dignidad que sus amigas la consideraron una persona sin sentimientos.

No era que Juliana se sintiera orgullosa de sí misma tirando las cartas, era que simplemente ya no soportaba que Iván se las diera. No sabía cómo explicarle que eso del amor y los novios eran cosas para mayores, no sabía cómo decirlo porque ella misma no podía entenderlo, sólo trataba de ser coherente con las enseñanzas de sus padres. Iván, sin embargo, no se dio por vencido y aunque sabía que Juliana tiraba sus cartas, las seguía escribiendo con tal dedicación por si alguna vez se animaba a abrir una.

El colmo de las cosas llegó cuando la madre de Iván, en una de las juntas escolares, habló con Juliana. La niña pensó que sería regañada por sus groserías, pero no. La señora joven que de nuevo llevaba en brazos al hermanito de Iván, le habló muy amablemente:

—¿Eres tú Juliana?

La niña asintió algo avergonzada.

—Eres muy bonita, me alegro que una niña tan inteligente como tú sea novia de mi pequeño.

Juliana no podía dar crédito a esas palabras. Furiosa, se alejó del lugar y acusó a Iván con su madre. Le dijo que él no dejaba de enviarle cartas y que ahora su mamá decía que eran novios y que eso no era verdad, porque Juliana no quería tener novio y que ni siquiera le gustaban los niños. La madre la miró con ternura, luego, cuando escuchó la parte en que la niña destrozaba las cartas le dijo a Juliana que no debía ser grosera. Que simplemente no tocara las cartas y que fuera paciente, pues no faltaban más que unas cuantas semanas para que saliera del kínder.

—Pero prométeme que me mandarás a otra primaria, no quiero ir a la misma que él.

—¿Y a dónde va a ir él?

—A donde van todos, a la del centro.

—Entonces no irás a la primaria del centro.

En realidad, no era que la madre de Juliana hubiera accedido tan fácilmente a la petición de su hija, sino que ya había hablado con su marido de enviarla a otra escuela porque buscaban, ante todo, la seguridad para la niña. La primaria del centro no tenía transporte escolar y estaba sobre una avenida donde, si los padres no iban por sus hijos, era altamente peligrosa para los niños. En cambio, la otra escuela contaba con transporte escolar y el autobús podía ir por Juliana todas las mañanas y llevarla de regreso. Además, el edificio estaba escondido y no había peligro latente de choferes imprudentes.

Juliana aceptó felizmente las palabras de su madre y decidió ser paciente con las últimas cartas que Iván le diera, hasta pensó en abrir alguna por simple curiosidad. Sin embargo, no hubo más correspondencia. La madre de Iván percibió que su hijo era rechazado y le pidió al niño que dejara de molestar a Juliana. Aunque él se defendió diciendo que no quería molestarla, sino que sólo quería demostrarle su amor, su mamá le explicó que para la niña era un sufrimiento.

—Si la quieres mucho, deja de darle cartas.

Iván dejó de hacerlo sumido en total tristeza. No podía entender de qué manera sus cartas podían molestar a Juliana, si de todas formas ni las leía, si hasta parecía disfrutar tirarlas en el bote de la basura. Así que las últimas semanas de clase Iván dejó de escribir y Juliana comenzó a experimentar una especie de decepción y tristeza que nunca antes la había tocado, quería preguntarle a Iván qué había pasado, pero sabía que no tenía derecho. La clausura llegó pronto y los niños se despidieron sin mucha ceremonia, sólo por protocolo, como lo exigían las costumbres de la escuela. Cuando Juliana llegó a su casa y supo que no vería más a Iván sintió un vacío tan extraño que le dieron ganas de llorar, su mamá le acarició la cabeza:

—Es porque te encariñaste con la escuela, pero ya verás, la primaria será más emocionante.

Juliana asintió con tristeza, debía ser eso, debía ser que se había encariñado con la escuela… sólo con la escuela… la escuela.

Ver capítulo siguiente.

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