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Ejercicio de escritura

Lo que están a punto de leer es algo nuevo en este blog, creo. Quería hacer un Así ha sido junio porque varios de ustedes me comentaron en su momento que esas mini historias que narraban sucesos del mes en cuestión eran muy graciosas y llegadoras. Sin embargo, mi vida ha cambiado y ya no me es tan sencillo recopilar los sucesos de esa forma. Sin embargo, tengo un par de ellos, pero creo que los haré como entradas aparte porque me impactaron mucho.

En fin, lo que hoy voy a escribir no está premeditado, es como un ejercicio de escritura en la que simplemente dejaré a mis dedos escribir lo que se les dé la gana, convierto a mis dedos ahora mismo en entes independientes de mí. (Esto me hace recordar una entrada de hace muchos años que se llama Esos dedos que no cesan, en ese tiempo todavía sufría por mi primer amor y escribí ese texto a mano, con lágrimas en los ojos… woow, sí que ha pasado el tiempo). Dedos míos, dejo el teclado a su consideración.

Para empezar estoy escuchando Impacto de Enjambre. Inevitablemente retrocedo en el tiempo. Hace poco platicaba con Cecilia, mi mejor amiga y ahora también mi roomie, de que soy de esas personas que dedicaron canciones por montón y no puedo evitar recordar a ciertas personas si escucho ciertas canciones. Me ocurre con casi todas, ¿pueden creerlo? Es un poco tortuoso, más si ya no veo o si ya no le hablo a esa gente que en algún momento de la vida fue importante para mí. Me hace pensar en lo introvertida que me he vuelto. Según yo, lo normal es pasar de introvertido a extrovertido, pero en mi caso es lo contrario. Tampoco es algo que no me guste, es algo más bien que me llama la atención porque fue tan paulatino y silencioso que, ahora que está presente, me sorprende.

Junio, el mes que ya se fue, representa las graduaciones. Muchos de mis amigos terminaron sus carreras, vi sus fotografías de generación y de las fiestas con sus vestidos y trajes deslumbrantes. Sentí un poco de tristeza porque mi carrera no organiza cosas como esas, aunque no pierdo la esperanza de tomarme la foto con mis amigos de Letras. Hablo de esto porque es la reafirmación de que, chale, el tiempo SÍ pasa. El trabajo, los proyectos de estudiar la maestría, de los viajes al extranjero están más cerca que nunca y es emocionante. Mis padres casi cuentan los días que faltan para que me titule porque de cierta forma esperan que ya me mantenga sola. Créanme, yo lo anhelo mucho más que ellos. De todos modos me siento feliz por mis amigos que nunca han dudado de lo que quieren y que siguen en la brecha, marcando su vida con fuerza. Es cuando más me alegro de haberlos conocido, porque me animan a creer que todo es posible. Un abrazo fuerte para todos ellos, si es que me leen.

Los perros ladran en este mi pueblo mientras yo me dejo llevar. Me he desvelado mucho últimamente. Me dan las dos, las tres de la madrugada y el sueño no llega a mí. Ni leo, ni escribo, sólo pienso. Repito escenas que sucedieron durante el día, trato de descifrar miradas, comentarios, gestos. Intento rememorar paisajes o personas. Quiero dejar cosas claras en mi mente, como pinturas, para recurrir a ellas cuando algún sentimiento particular me asalte. Tengo un gran repertorio. No soy muy observadora, soy distraída nivel peligro mortal y por eso en las noches fuerzo a mi mente a capturar los sucesos menos imaginados. También suelo pensar en escenas de los libros que leo, ahorita estoy leyendo los Tratados Filosóficos de Apuleyo, entonces mis pensamientos son tan pesados que con eso suele alcanzarme el sueño. Pensar en los personajes me hace recordar a mis propios personajes. A mis guerreros de la novela que ya llevo a la mitad y que me muero por terminar. Y a Juliana, a Iván, a Xavier, a Diego, ¿están leyendo Tiempo Predestinado? Porque escribirla me está pareciendo hermoso. El insomnio suele darme por atar nudos de mis novelas, me divierto pensando en qué situaciones estarán mis niños y cuando me doy cuenta ya son las cuatro de la mañana y, rayos, no he dormido nada.

Y les diré algo, al final nunca falta el pensamiento dedicado a la muerte. Acaricio la fragilidad de mi vida casi con devoción. Hoy en la tarde había un moño blanco en la puerta de uno de mis vecinos, un niño murió. Muchos ven la muerte como lo peor que puede sucederle a alguien, pero después de mis arduas reflexiones, ¿cómo puede ser lo peor? Lo feo no es morirse, sino cómo se muere uno. Le dije a mi mamá que quería morirme el día de mi cumpleaños número ochenta atragantada con el pastel y me dijo que estaba loca. Esa palabra, MUERTE, representa muchas cosas para mí y puede provocarme todos los sentimientos del mundo, desde el dolor más enraizado hasta la risa más inverosímil, pasando por el coraje, la impotencia y el vacío.

Hasta aquí mis pensamientos, los perros ya no ladran. Si llegaron hasta este renglón muchas gracias por dedicarme su tiempo. Tal vez quieran dejar un comentario, siempre hace bien tener uno que otro ya que el blog anda desnutrido. Por cierto, bienvenidos los nuevos lectores, no duden en dejarme el link hacia su blog para que los lea. Un saludo afectuoso.

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