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Capítulo 4: El primer recuerdo | Tiempo Predestinado

*Queridos lectores, por causas de fuerza mayor he decidido dejar de hacer los videos de Tiempo Predestinado, pero no se preocupen porque eso no significa que no habrá novela. A partir de hoy, cada cinco días encontrarán un capítulo nuevo en este blog. Gracias por su apoyo y comprensión.

SuperSaiyajin

Ver capítulo anterior.

Los recuerdos de la mayoría de las personas comienzan en el primer año de la primaria. Antes de eso no recuerdan casi nada, sus memorias se van mezclando con lo que creen que vivieron a raíz de las historias que cuentan los familiares y así construyen su pasado. Saben que nacieron el día tal de tal mes de tal año, que a cierta edad hicieron algo chistoso o algo que puso en peligro sus vidas, recuerdan el nombre de la escuela preescolar porque hay fotografías que corroboran las historias de sus madres. ¿Sabes? Cuando fulanito tenía tantos años se escondió debajo de la cama. Cosas por el estilo.

Iván sería una de esas personas. A los veinte años ya no iba a estar tan seguro de que realmente hubiera existido una versión pequeña de sí mismo. Siempre que le dijera a su madre que para él no había ni una sola mujer que lo hiciera feliz, ella le recordaría con dulzura que alguna vez existió una niña que llenó todo su mundo y que se llamaba Juliana.

—Deberías haber visto tu rostro cuando llegaste corriendo a casa y me dijiste con el corazón acelerado: Mamá, Juliana está en la misma primaria que yo y en el mismo salón.

El joven Iván sólo sonreiría ante tal afirmación porque por más que se esforzara en recordar no iba a encontrar rastro alguno de esos sucesos en su mente.

Sin embargo, su mamá decía la verdad. Juliana e Iván volvieron a encontrarse en la primaria, ante el disgusto de la primera y la sorpresa del segundo. Pero todo, de inmediato, terminó rigiéndose por reglas distintas. Juliana esperó siempre a que Iván se le acercara, esperó recibir alguna de sus cartas o algo, un saludo siquiera; Iván no le dirigió la palabra, aunque solía mirarla cuando ella no se daba cuenta. Esa actitud formaba parte de los consejos de uno de sus tíos adolescentes: Ignórala, vendrá corriendo a ti. Y así corriendo que digamos, pues no. Juliana, al principio, estaba molesta, porque le había dicho a su madre que la enviara a una escuela distinta y había terminado en el mismo salón con el niño que la molestaba en el kínder, sólo que como ese niño ya no le hacía caso, encontraba difícil clasificar su relación con él, sobre todo porque no dejaba de pensarlo. Juliana tenía seis años y el nombre de Iván se le colaba a su cabeza como el nombre de la muñeca Rapunzel que deseaba para el día de los reyes magos. Eso la enojaba mucho.

El ciclo escolar transcurrió de forma tranquila hasta que una tarde los padres de Juliana le informaron que iban a mudarse, desde que se habían casado habían vivido en casa de los abuelos paternos, ahora ya tenían su propio hogar e irían a habitarlo. Sólo que quedaba lo suficientemente lejos de la nueva escuela, así que tendrían que cambiar a Juliana de institución.

Ella no quería mudarse, no quería perder los pocos amigos que había ganado; tampoco quería tener otra maestra que no fuera la que tenía, con sus rizos tan bien cuidados y su carácter amable; mucho menos quería jugar en otro patio. Pero, sobre todo, no quería irse porque no quería dejar de ver a Iván. Era cierto que no le hablaba y que había corrido la versión de que incluso lo detestaba, pero verlo le causaba una tranquilidad que volvía sus días especiales.

Aquella semana en que le dieron la noticia de la mudanza, la maestra los cambió de lugar. Desde el principio de año escolar implementaba una dinámica que consistía en colocarlos por parejas distintas cada lunes, así lograba mayor control del grupo y conseguía que los niños socializaran más. A Juliana le tocó sentarse con Iván. Lunes y martes no se hablaron siquiera, el miércoles ella le pidió prestado un sacapuntas, el jueves compartieron sus colores para realizar una actividad y el viernes Juliana terminó diciéndole que iba a mudarse y que tal vez no volverían a verse nunca más, para meterle dramatismo al asunto.

Iván recibió la noticia con amargura, ahora le parecía que podían ser buenos amigos, aunque les quedaran solamente unas cuantas semanas para disfrutar de ello.

Esos últimos días en la escuela jugaron como no lo habían hecho en el kínder y en el resto del año escolar. Iván era el niño más alto de la clase y pronto dijo ser el guardaespaldas de Juliana, así que jugaba a defenderla del resto de sus compañeros, que con tal de pasar un rato agradable, fingían ser parte de una mafia que acosaba a Juliana para revelar el secreto de una corporación grande y poderosa. Ella, junto con las otras niñas, fingían ser damiselas en peligro y corrían alrededor de todo el patio perseguidas por los bandidos. Y luego llegaba Iván, se colocaba una cinta roja en la cabeza, sintiéndose experto en karate y atacaba a los contrincantes. Claro, todo de a mentiritas, porque la vez en que llegó a dar una patada de verdad la maestra, la directora y su madre lo regañaron duramente y él se había sentido muy mal.

Cuando ya faltaba muy poco para que se acabaran las clases, un niño llevó una lata de espuma que, mientras la maestra estaba fuera, se encargó de rociar por todo el salón, ante la diversión de los demás. El techo, el pizarrón, las cortinas, el piso, sin dejar de mencionar las trenzas y los zapatos boleados quedaron repletos de espuma, dejando un olor a jabón por todo el espacio. Juliana tenía tanta espuma en el cabello que parecía el merengue de un pastel, e Iván lo utilizó como gel y se paró los pelos al estilo de una caricatura que todos reconocieron e imitaron al instante:

—¡Nosotros somos súper saiyajin!

Cuando la maestra regresó al salón se encontró en medio de una batalla entre saiyajines y extraterrestres, las niñas vitoreaban a sus favoritos. Juliana no dejaba de gritar: ¡Tú puedes, Iván! Y él no dejaba de considerarse el más poderoso, tomaba a los niños extraterrestres por el cuello de la camisa mientras éstos abrían las fauces tratando de morderlo, luego los lanzaba contra el suelo y ellos se quedaban estáticos, fingiendo su muerte.

Por supuesto, todos fueron castigados por haber dejado el salón pegajoso y haber jugado en horas de clase. Iván regresó a sentarse con Juliana, mientras la maestra tomaba un trapo y comenzaba a limpiar los uniformes y los rostros de sus compañeros.

—¡Un minuto me fui! ¡Un minuto! —decía con tono molesto, los niños se miraron divertidos.

Juliana quitó el resto de espuma del cabello de Iván y él hizo lo mismo con ella. Se sonrieron. Ése sería el primer recuerdo de Iván en el futuro: la sonrisa de Juliana mientras él pasaba los dedos por su cabello tratando de quitarle la espuma. También recordaría una que otra escena de la batalla contra los extraterrestres, pero curiosamente borraría de su mente todo sentimiento que hubiera albergado por Juliana. Recordaría su rostro, su sonrisa, pero no lo que le dijo a continuación:

—¿Quieres ser mi novia?

La sonrisa de la niña se borró e Iván supo que había cometido un grave error, pero no supo cómo arreglarlo. Juliana se limitó a mirarlo con tristeza y no le contestó. Él se sintió muy contrariado y trató de olvidar eso, nunca se dio cuenta de cuánto lo había borrado, hasta que muchos años después tuvo que reconocer que no recordaba qué tipo de relación tenía con la tal Juliana.

El último día de clases el grupo entero se reunió alrededor de la niña y le desearon lo mejor para su nueva escuela, cuando la directora se asomó le pidieron y le rogaron que hablara con sus padres para que no la cambiaran a otro sitio. Juliana lloró mucho ese día y todas las vacaciones. Le había dicho adiós a Iván con un apretón de manos, el niño sólo murmuró Suerte.

—Es hora, Juliana —dijo su madre asomándose a la nueva y amplia habitación.

La niña la siguió refunfuñando. Era la primera vez que su mamá la iba a dejar a la escuela. Cuando llegaron a la enorme puerta verde, la hizo pasar y le dijo adiós con la mano. Era la escuela más inmensa que la niña había visto en su corta vida, tenía una gran cancha de fútbol, una de básquetbol un poco más chica y tantos salones que creyó que iba a perderse. Se acordó de su antiguo grupo y le dieron ganas de llorar.

—¡Quítate, tonta! —gritó entonces un niño que había entrado a toda velocidad con su bicicleta, Juliana se hizo a un lado y dejó de reprimir sus lágrimas, lloró hasta que una de las maestras la vio y la hizo recuperarse. El niño de la bicicleta se dio la vuelta; pero, una vez que percibió que ella se encontraba bien, le sacó la lengua y fue a formarse con el resto de los niños para el inicio de un nuevo año escolar.

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