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Capítulo 2: Nueva escuela | Tiempo Predestinado

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Juliana salió de su casa para ver cómo su madre se iba al trabajo. La vio alejarse con portafolio en mano, el sonido de los tacones contra el asfalto, caminando con total seguridad a ganarse el pan de cada día. Adoraba esa imagen: la figura de su madre imponiéndose sobre la calle ancha, su traje a juego con el color de las flores de jacaranda que sobresalían por la barda de varias casas y la luz radiante del sol matutino dibujando su sombra con total fidelidad. Juliana supo desde entonces que quería ser como su mamá. Miró largamente hasta que la perdió de vista, y sólo entonces decidió regresar a su habitación. Planeaba escuchar los cassettes que su padre le había comprado, narraban los cuentos clásicos de literatura infantil y estaba dispuesta a repetir el del Príncipe Feliz hasta saberlo de memoria.
Iba a entrar a su casa cuando escuchó la respiración agitada de un niño que llegaba corriendo. A tan sólo tres metros de ahí había un kínder privado. Juliana había notado su existencia porque le encantaba el uniforme verde que utilizaban. Muchas veces se había imaginado a sí misma usándolo, pero después de su experiencia en el primer kínder decidió que era mejor no mencionarlo a sus padres. El niño vestía pulcramente el suéter verde acompañado de unos pantalones grises, sus zapatos estaban recién boleados y el cabello lo llevaba tan aplastado al cráneo como era posible. Sin embargo, lucía agitado, era claro que había llegado tarde. Detrás de él venía una señora con otro niño en brazos.
—¡Toca, Iván! —ordenó desde la distancia.
Iván ofreció una sonrisa tímida a Juliana cuando la vio a unos metros en la puerta de su casa, pero ésta no le hizo caso porque estaba evaluando la perfecta combinación del uniforme. Si la otra escuela hubiera tenido un uniforme tan bonito como ese, ella hubiera considerado quedarse. Pero sólo hacían vestir a sus alumnos de un amarillo tan chillón y artificial que Juliana había llegado a envidiar el color natural de los pollitos. Iván, un poco contrariado por la indiferencia de la niña, tocó débilmente la puerta de la escuela.
—¡Más fuerte! —gritó su madre bajando al niño que llevaba en brazos y obligándolo a caminar.
Iván obedeció y sus pequeñas manos tocaron con más fuerza. Entonces la puerta se abrió. Juliana vio que una señora regordeta salía a recibir a la madre del niño, era la directora.
—Pasa, Iván, ya todos están en el salón —le dijo con dulzura.
El niño cruzó la puerta no sin antes mirar de nuevo a Juliana. Esta vez la niña percibió la mirada y entonces cayó en la cuenta de que todavía tenía puesta la pijama. La madre de Iván y la directora intercambiaron unas cuantas palabras, después Juliana vio alejarse a la madre con su otro hijo por el mismo camino que había tomado su mamá unos minutos antes. Decidió entrar a su casa cuando esta vez la detuvo la voz dulce de la señora gordita.
—Niña, ¿todavía no vas a la escuela?
—Fui, pero no me gustó —respondió Juliana con sinceridad.
—¿Cómo te llamas?
—Juliana.
—¿Ya sabes leer?
Juliana asintió con orgullo. La directora le inspiraba confianza a pesar de que tenía el rostro tan pintado que parecía tener mejillas de muñeca y no de persona normal.
—Te invito a tomar una clase en el kínder, ¿aceptas?
—¿De verdad? Pero es que mis padres no están.
—Oh, no te preocupes, puedes volver a tu casa en cualquier momento, además no está nada lejos, ¿verdad? —el argumento parecía coherente. Los ojos de Juliana brillaron, tenía más de tres meses que había abandonado la otra escuela, ¿por qué no volver a probar? Asintió tímidamente y se acercó a la puerta del kínder. Entonces recordó que todavía traía puesta la pijama.
—No te preocupes, muchos de nuestros alumnos también vienen en pijama.
—¿De verdad?
—Sí, a veces simplemente no les gusta el uniforme.
—¡Pero si es muy bonito!
—¿Te gusta?
—¡Me encanta!
La directora emitió una risa que a Juliana le pareció muy armónica. Estaba en el lugar indicado. Cuando llegaron al salón de clases todos los chiquillos se pusieron de pie y saludaron al unísono: Buenos días, directora. La maestra, una joven con el cabello muy rizado y alborotado, presentó a Juliana como la nueva alumna y pidió al grupo que fuera amable con ella. La niña sonrió y se sentó en un lugar, en medio de dos compañeritas que, una vez estuvo sentada, comenzaron a jalarla de los brazos diciendo: ¡Es mi amiga, yo la vi primero!
—Puedo ser amiga de las dos —resolvió Juliana para calmarlas. Ellas le sonrieron. Ambas usaban el uniforme verde que tanto anhelaba y cuando paseó la mirada por el resto de sus compañeros descubrió que nadie más llevaba pijama, la directora le había mentido. En el fondo del salón vio a Iván que le ofrecía de nuevo una sonrisa, pero ella nuevamente no le hizo caso. La maestra continuó con la lección, repasaban el abecedario. Juliana conocía todas las letras y sabía leer, pero apenas se venía enterando de que tenían un orden. Así que repasó el alfabeto junto con todo el grupo antes de salir al receso, hasta que se lo supo de memoria.
Justo a las diez y media de la mañana salieron al patio para jugar y comer. Las dos nuevas amigas que Juliana tenía abrieron sus refrigerios. Una le ofreció una manzana, la otra, una gelatina. La niña las tomó de buena gana pues ya tenía mucha hambre. Estaban sentadas en el suelo, comiendo, cuando Iván se acercó a ellas.
—Toma —le dijo a Juliana ofreciéndole un yogurth.
—Gracias —la niña lo tomó sin pensar, a pesar de que estaba mordiendo la manzana, sabía que tal vez no iba a llenarse. Además el yogurth era de fresa y a ella le gustaba mucho.
Iván se alejó con las orejas muy rojas. Las dos amigas de Juliana le hicieron burla cuando él se fue y ella se sintió ofendida:
—Somos muy pequeñas para pensar en esas cosas.
El resto del día transcurrió sin mayor novedad. Cuando Juliana volvió a su casa, la directora le dijo que iría más tarde para hablar con sus padres. Así fue. Después de casi dos horas de charla, sus papás accedieron a enviarla a ese kínder. Les convenía mucho, pues estaba tan cerca que la pequeña Juliana podía regresar sola a casa. Además la directora se había ofrecido para mantenerla bien alimentada por unos cuantos pesos más.
—¿Esta escuela sí te gusta? —le preguntó su padre por la noche, cuando la arropaba para dormir.
—Me gusta el uniforme —respondió la niña.
—Mañana te lo compramos.
Juliana volvió a clases, esta vez con el uniforme verde que tanto había anhelado. Se acopló muy pronto a todos sus compañeros y se desenvolvió brillantemente en ejercicios de toda índole. Lo único que le molestaba era la amabilidad de Iván. El niño había tomado por costumbre regalarle un yogurth cada recreo. Al principio ella los aceptaba todos, pero en cuanto las burlas de sus compañeros se hicieron más terribles de lo que ella podía soportar, comenzó a rechazarlo. Así fue como Iván terminó bebiendo doble yogurth todos los días.
Habían pasado un par de semanas y Juliana estaba contenta porque Iván no le daba más alimento. Ese día aprendieron a escribir oraciones más largas y la maestra les había pedido que hicieran una carta a la persona que más quisieran. Juliana puso manos a la obra de inmediato, pensaba escribir dos, una para su papá y otra para su mamá. Justo antes de que terminara, Iván se acercó a ella y le dio un sobre. La niña se asustó ante tal hecho, le había escrito una carta a ella. Y fue demasiado tarde cuando trató de ocultarlo, porque sus compañeros dándose cuenta del asunto soltaron las burlas que a Juliana la hicieron enrojecer de coraje y a Iván de felicidad.
—Mañana te doy otra —dijo el niño un tanto nervioso y volvió corriendo a su lugar. Juliana no supo qué hacer más que fulminarlo con la mirada.

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