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Los campesinos

Voy de compras, todo está carísimo. Me siento muy cercana a mi madre cuando me sorprendo haciendo cuentas para hacer rendir el dinero. Camino despacio a casa con la bolsa llena de verduras y tortillas. Me gusta mucho mi calle, es amplia y, generalmente, está limpia. El cielo se ve muy cerca, cuando está gris uno siente como si pudiera tocar las nubes. Pero hoy está tan claro que me pierdo en el azul celeste. Es entonces cuando me llegan las notas musicales del Concerto no. 3 in G major de Bach. No es pedantería que conozca el nombre, es que mi padre escucha hasta el cansancio casi toda su obra. Así que de una forma u otra terminé identificando algunas melodías. Me detengo un momento para ver si mi mente no me ha jugado una broma. Suena claro y fuerte. Sigo el sonido como un perrito hambriento siguiendo el olor de comida recién hecha. La música surge de una bocina vieja que está entre de tierra. Un hombre viejo y un niño de no más de diez años abonan la milpa al son de la música. Es decir, tranquilos y veloces, soportando el calor bajo sus sombreros. Me sorprendo tanto que me detengo frente a ellos, sin saber qué decir o qué pensar.

Me causa conmoción por un instante porque la música clásica suena tan fuerte en la calle como a veces suena el pop comercial de mi vecina de quince años. La gente que pasa se ve envuelta de pronto en el ambiente propio de lo clásico. Vaya, que hasta los niños en bicicleta parecen más puros con estas notas de fondo. Es, por supuesto, mil veces mejor que escuchar los ensayos fallidos de una banda de corridos que dirige otro de mis vecinos. Y casi tan deleitoso como escuchar al señor de la farmacia tocar melodías enteras con su saxofón, todos los días, en punto de las cinco de la tarde.

El hombre viejo ni siquiera ha percibido mi presencia, sigue absorto en su labor dedicándole a cada milpita el tiempo necesario para abonarla, quizás hasta para hablarle. Las plantas apenas están naciendo y su color verde pinta el terreno con alegría. No son más de diez hileras de milpa. El niño, en cambio, que trabajaba con el azadón para cuidar los surcos, ha detenido su labor. Me mira entre curioso y preocupado, porque no se explica por qué sigo ahí parada sin decir nada. Cuando me topo con sus ojos (claros, expresivos, sinceros) me doy cuenta de mi condición.

Giro sobre mí misma y camino lo que resta hasta mi casa, feliz y agradecida por vivir donde vivo.

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