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EL K [Y EL CCH QUE TERMINÓ]

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Pocas veces en la vida me he sentido parte de algo. Quizá por la soledad que es tan densa en la existencia cuando te han traicionado, quizá por el egoísmo que atrapa tu manera de ser cuando te has equivocado tantas veces que es difícil volver a creer en ti, quizá y es la más segura por el temor que puede significar ser parte de algo y al final, por cualquier cosa o por ninguna, dejar de pertenecer.

Una de esas cosas es sentirme parte del K, sentirme parte de un grupo que está ahí para hacerte reír, para consolarte, para hacerte enojar y para burlarse. Un grupo de amigos para ir al cine, al parque, a las conferencias aburridas y a las fiestas de cada viernes. Estar ahí no por la obligación de estar y de llegar con tu humor y decir puras tonterías, sino estar ahí porque en verdad nace llegar y dejar la mochila y hablar de tantas cosas que aunque luego olvides te hacen sentir bien.

Y es EL K lo que dictaminó de alguna manera mi visión del mundo, de la sociedad, de la juventud y de la educación actual del país, es EL K lo que representó mi refugio en la selva de concreto, es EL K la prueba más significativa que tendré acerca del valor de la amistad y de saber resolver los problemas hablando, no peleando, no diciendo puras estupideces.

Me alegro de haberlos conocido y tengan por seguro que éste es apenas el inicio de todos los grandes triunfos que tendremos como personas. Porque sí, el CCH se terminó, la escuela de los barrotes amarillos y los patios largos e interminables, los edificios que se confunden unos con otros, las canchas empolvadas y la biblioteca con su gente tan huraña, todo eso se acabó, pero seguimos en la lucha de ser mejores que antes y quedar guardados en la memoria, al menos en la memoria de esa banqueta del K22, al menos ahí.

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