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Cuando el tiempo se hartó

Ellos se querían mucho. Eso lo sabía el tiempo, solían despreciarlo continuamente, no tomaban en cuenta la hora marcada por los relojes, se miraban cientos de segundos, platicaban cientos de minutos, se extrañaban cientos de horas y cientos de días estaban juntos, queriéndose. El tiempo se hartó. Decidió raptarla.

Entró sigilosamente a su habitación, era de noche, se metió entre sus cobijas y la jaló de la mano izquierda. Cuando él despertó sólo halló el suave aroma de su cuerpo, todo lo demás había desaparecido. La buscó por todos los lugares que habían visitado, quiso encontrar rastros de ella en las fotografías y las cartas y las canciones, no había nada… ella se había ido.

El tiempo la encerró en una habitación sin ventanas, pintada de rosa, con más de cincuenta relojes a deshora, el tic-tac continuo taladraba los oídos, ella pronto desistió en luchar por huir de aquel lugar, la nota repetida constantemente se convirtió en su único pensamiento, cuando intentaba gritar la voz se destrozaba ante el inminente ruido, pronto tuvo en la garganta palabras que se pudrían.

Así estuvo más de un año, aunque ella no se dio cuenta, dentro de esa habitación era imposible contar los días, el tiempo decidió apagar los relojes, quería que ella notara que no era tan fácil desafiar el conteo rápido de los segundos. El silencio fue más que atronador. Ella se percató hasta que su cerebro se deshizo del último rastro de tic-tac y entonces el silencio la embriagó.

Ahora lo único que se oía eran las lágrimas bajando por las mejillas y la tenue respiración. Ella se ahogaba en el mar de sus confusiones, él ni siquiera sabía dónde estaba, y así poco a poco la soledad los fue carcomiendo. Cerraba sus fauces alrededor de sus cuellos. Ella en la habitación sin tiempo, él en las calles que una vez pisó con ella. La soledad arreaba casi tan parejo como la muerte.

—Me los dejaste en charola de plata.—susurró la vieja soledad apretando sus dedos arrugados alrededor de las gargantas.

Los ojos se desorbitaban. Ella estaba a punto del colapso. Él aun se aferraba en caminar, aunque cada dos pasos iba a dar al suelo.

El tiempo hizo caso omiso… escribió la historia en forma de cuento y la dispersó por el mundo, fue leído cientos de veces, contado miles, destrozado por más de mil hachas de mentiras, cuando llegó a mí tan sólo era un cuento mutilado. La soledad te está ganando la partida Tiempo, creo que aun los puedes juntar, si ella todavía es capaz de respirar y él aun capaz de caminar, si los dos se buscan mutuamente… Tiempo ¿qué te cuesta volver a unirlos? ¿Tan grave es que hayan sido tan felices sin tomarte en cuenta? ¿Quién puede más tú o la soledad?

¿Acaso estar solos no es otra manera de burlarse del tiempo?

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