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Tic

Tiembla. No se detiene. Tiembla constantemente y de la manera más repentina que ha colmado la paciencia.

“Analiza sintácticamente y traduce las siguientes oraciones:

Vanam gloriam qui spreverit veram habebit…”

No deja de temblar. Pronto pestañeas. Estiras el pie. Mueves tus brazos. Lees de nuevo la instrucción. Respiras. Todo en balde. El tic continua. El ojo tiembla. Puf, si tan sólo los nervios no sometieran la voluntad, sin tan sólo todo fuera más sencillo, pero es falso. El ojo tiembla. Con él tiembla todo. La imagen que no deja de moverse termina por frustrarte.

Son los malditos finales. Los que frustran a medio mundo. Son ésos para los que, los más comprometidos, estudian con conciencia. Son ésos para los que, los menos comprometidos, sufren cada momento del día. Y el tic lo sabe. Con trabajos ha logrado terminar el examen de latín. Ni con el café se tranquilizó. Ni con el cigarro. Ni con el sueño.

Y ahora tiembla cada vez más rápido. Lo hace tanto que el párpado caído no lo puede detener. Comenzó desde que se enteró del final de griego y el de historia y el técnicas y el trabajo final de Lingüística. El ojo ya casi quiere llorar, no tolera tanto movimiento. La idea de recurrir al Dalay es cada vez más fuerte… pero entonces se piensa… sólo es un semestre… sólo son algunos exámenes… ¿cuántos exámenes has hecho en tu vida? Tantos que ya ni la memoria los registra… y ya estás aquí, estudiando lo que más quieres.

Ya no tiembla. El tic se detuvo. Se le ha hecho entender que sólo debe temblar cuando ya nada, nada tenga remedio. Y en esta vida sólo la muerte no tiene remedio.

 

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