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El chile manzano

peron

Soplaba un viento increíble. Salimos corriendo de la casa decididos a ver volar alto esos papalotes que recién habíamos comprado. Llevábamos como media hora intentando levantar uno de ellos cuando oí desde lejos que mi mamá nos gritaba: ¡Ya nos vamos! Sólo le hice un gesto de haber entendido y se fue. Mis padres habían salido esa tarde a un compromiso y cerraron la casa creyendo que nosotros teníamos llave o algo por el estilo.

No nos dimos cuenta hasta varias horas después, cuando cansados de volar los papalotes regresamos hambrientos a la casa. Yo era la mayor, tenía diez años. En mando me seguía mi primo Pablo que tenía nueve. Luego mi hermano Quique con ocho y finalmente la chipil de mi hermana Isela con seis. No podíamos entrar. Estábamos realmente hambrientos y tampoco teníamos dinero. Entonces se nos ocurrió probar las ventanas para ver si alguna estaba abierta y ver si cabíamos por ahí. La ventana de la cocina cedió.

Creo que fue mi hermana la encargada de entrar y abrirnos. Una vez dentro hurgamos en el refrigerador y en la alacena para ver qué era comestible. Había muchos productos enlatados, tortillas y huevos. Pero nada de sopa o comida hecha para calentarse. Yo no sabía cocinar (todavía no sé). Mi primo Pablo que siempre ha sido muy autosuficiente ya sabía cocinarse y ese día él se encargó de alimentarnos.

-Ahorita vas a ver qué ricos huevos cocino.-dijo mientras tomaba entre sus manos los blanquillos y como todo un experto los lanzó al sartén.

Mientras él cocinaba y mis hermanos apreciaban sus trucos culinarios yo seguía buscando algo que mordisquear. En la mesa del comedor estaban la sal, el bote de las cucharas y un platito artesanal tapado con una servilleta. Lo destapé. Era un chile manzano picado sumergido en limón y sal. Se veía muy rico porque el chile manzano es singularmente atractivo. Yo había visto cómo mi papá le echaba eso a todas sus comidas, decía que sin él todo le sabía mal. También lo había observado prepararlo, con una dedicación tal que pronto supe que el comer chile en mi casa era casi como un rito.

La panza me rugió y la boca se me hizo agua. Tomé una tortilla que se estaba calentando en el comal y me hice un taco de puro chile manzano. Lo mordí. Y enseguida comencé a perder noción de mi existencia. Vi cómo Pablo dejaba la estufa y llegaba a atenderme, me decía cosas como: ¡Estás loca!, ¡bebe agua!, ¡ese chile no se come solo! Mis oídos zumbaron tanto que creí que se reventarían, las lágrimas me salían incontrolables y ya había perdido toda sensibilidad en mi lengua. Costó más de una hora recuperarme por completo, ni con todos los litros de agua que bebí, ni con las tortillas que mastiqué se me quitó la sensación. Sobra decir que fui la burla de mis hermanos y de mis demás familiares cuando se enteraron ¬¬.

Esa fue la enchilada de mi vida. Y a pesar de ella soy una ávida consumidora de chiles (¬¬), herencia de mi familia. Quise contar esto porque ¡perdimos el molcajete! De verdad no lo encontramos. Mi mamá ha estado haciendo la salsa en licuadora y no sabe igual… Gracias a mi gusto por el picante fui de las pocas personas que comprendió la declaración de una de mis profesoras de francés: Si quieren asesinarme denme un chile, con eso me van a tener bien muerta. Pero un chile manzano, profesora, porque como ése no pica ningún otro. (Aparte tiene un nombre rete-bonito).

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