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Hace quince años

El vocho (¿o bocho?) avanzaba por una calle sin pavimentar. Pequeña Gaby sentía la emoción subiéndole por el pecho. A sus cinco años comprendía perfectamente que tenía que disfrutar ese día, no veía siempre a su prima favorita Araí, que era dos años mayor que ella y que, como tal, era la encargada de mostrarle cosas nuevas. Iban a visitarla a su casa al lado del río y ese simple hecho ocasionaba que Gaby saltara de alegría.

Pronto distinguió la casa en medio de los campos de cultivo. Cuando el vocho (¿o bocho?) se detuvo Gaby fue la primera en correr a tocar la puerta. Abrió Araí que era más alta que ella y la saludó. Los adultos también bajaron del vehículo y entraron a la casa mientras las dos niñas hablaban de las novedades: que si tenían nuevas muñecas, que si Araí ya iba a pasar a tercero de la primaria, que si Gaby ya iba a salir del kinder, que qué nuevos juegos inventarían esa tarde. Estaban planeando hacer una casa de ladrillos para muñecas cuando el papá de Araí las mandó por un refresco.

-Vamos en la bici. –dijo alegremente Araí.

En ese entonces sólo había una tienda alrededor de aquella casa, era la de Don Beto y estaba del otro lado del río, para llegar a ella había que pasar por el puente colgante, que no era exactamente colgante pero sí. Era de fierro y lo sostenían gruesas cuerdas de acero y sí, colgaba, pero jamás caería, sólo se balanceaba un poco si alguien se ponía a saltar en medio. Y Gaby le tenía miedo. Salieron juntas en la bicicleta, Araí manejaba y Gaby se puso en los diablos. Cruzaron el puente sintiendo cómo vibraba debajo de ellas.

Llegaron a la tienda y las atendió el mismísimo Don Beto. Gaby creía que era muy alto, de hecho creía que era una tienda enorme, ni siquiera alcanzaba el mostrador. El dependiente preguntó a Araí cómo se llamaba su prima y así estuvieron conversando. Entonces Gaby se dio cuenta de que un niño se asomaba por detrás del refrigerador. Era un niño más grande que ella, como de ocho años, moreno y simpático. Cuando Don Beto le pidió que saludara el niño se echó a correr.

Araí y Gaby regresaron de nuevo en la bicicleta. En el puente Araí se bajó y comenzó a saltar para asustar a pequeña Gaby. La niña corrió despavorida hacia el otro lado mientras su prima se desternillaba de risa. Luego la alcanzó y se sentó a su lado.

-¿Te fijaste en el niño que se asomó? –preguntó Araí con un tono extraño en su voz.

-Sí, ¿quién es?

-Se llama Josué, va en mi escuela.

-Ah.

-Y me gusta.

-¿Qué?

-Que me gusta Josué.

Pequeña Gaby la miró con los ojos entornados, como detectó que no era mentira lo que decía soltó algo dolida:

-No puedo creer que ya te gusten los niños. –y echó a correr hacia la casa.

Araí se quedó sentada sin reclamar, como pensando. Gaby ya estaba en la cocina cuando ella llegó con el refresco. Y no volvieron, siendo niñas, a hablar del tema.

 

Quince años después Gaby ha recibido la invitación para el enlace matrimonial de Araí y Josué. Será en la casa al lado del río. ¿En qué momento crecimos tanto?

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