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Balada de un hombre común

Fui a la cineteca a ver Inside Llewyn Davis, o como la nombraron en México: Balada de un hombre común. El título en español es interesante porque todo lo que le pasa a Llewyn parece que le que ocurre a todo el mundo. Al menos, en algunas partes cruciales, me sentí terriblemente identificada. El personaje principal cae en una espiral de sucesos desagradables que poco a poco matan lo poco que queda de él. Es un cantante de folk y vive de eso, la música es su escape y, a la vez, su principal demonio. Qué horror asfixiarte con lo único que amas.

La película tiene momentos memorables, pues entre tanta desgracia uno logra reír. Esto puede verse de dos formas: que a pesar de lo negro que pueda ser todo siempre puede verse la luz; o que ya no queda de otra y que todo es tan cruel que una risa en realidad no importa demasiado. Creo que el ambiente de la película le daba más razón a esa segunda opción.

Como sea, el sentimiento que me embargó durante el filme lo he tenido antes, tardé en darme cuenta que es el mismo que tengo cuando me deprimo por mi falta de organización, por mi desidia, por mi incapacidad para poder escribir algo, cuando descubro que he caído en la rutina más rutinaria de todas: vivir y respirar. Sólo vivir y respirar.

Llewyn era infeliz. Pero lo peor es que era lo suficientemente infeliz para pensar que no importara lo que hiciera, nunca dejaría de serlo. Misántropo. Cuando intentó un giro en su forma de vida, lo regresaron a patadas al lugar miserable en el que ya se encontraba. ¿No da terror eso? Si a algo le tengo verdadero miedo es a no cumplir mis objetivos, ¡cuánta gente me topo todos los días con el rostro lleno de la amargura del fracaso!

Fui a ver la película porque quería ver a Justin Timberlake, cuyo papel resulta ser lo contrario a nuestro protagonista, así que es divertido. La música sonora también es muy buena, el folk te sumerge en la melancolía, (pero debo confesar que al finalizar lo único que deseaba era poner algo estridente en mi cerebro). Creo que me gustó, para recordar todo lo que no tengo que hacer. Dicen que es más fácil saber dónde no quieres estar y entonces es más fácil ir evitando caminos y decisiones.

Porque, finalmente, ¿quién sabe qué quiere de la vida? Siempre resulta más claro saber lo que no se quiere. Y sé algo, no quiero parecerme a Llewyn Davis cuando tenga 35.

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