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Paréntesis: El día que dejé de creer en los Reyes Magos

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Sara me despertó a las cinco de la mañana con su estruendo:

—¡Los Reyes me trajeron mi pijama de princesas Gaby! ¡Tienes que verla! ¡No seas floja!

—¡Oye, son las cinco de la mañana! ¡Déjame dormir!

—¿Qué no te acuerdas cuando los Reyes te traían juguetes? Ahora te portas tan mal que sólo te dejaron dulces.

Mi prima de 6 años dijo la verdad, de que sólo me dejaron dulces, no de que me porto mal ¬¬. Me acordé como en cámara lenta (la verdad es que ayer vi la película 2012 y me dejó traumada con sus escenas tipo Matrix) de cuando los Reyes me trajeron mi Barbie Rapunzel, hace ¿qué serán? unos 11 años, ese es uno de los días más felices de mi infancia, no podía dormir por la desesperación de que los tres sujetos no encontraran mi nueva casa (porque me había mudado) y además, porque a la hora que fui al baño, como a las 3am, aún no había nada debajo del árbol de Navidad.

Me levanté de la cama recordando mi yo de 7 años levantándose de la cama y corriendo inmediatamente a la sala, para verla ahí, a mi Barbie Rapunzel, puesta sobre un tablero nuevo de ajedrez y cuya cabeza, a la semana siguiente, estaría en la boca de mi desastrosa hermana. Sólo que ahora, en mi sala, estaba mi zapato lleno de dulces que compré ayer (no pudieron ser más creativos esos Reyes Magos). Miré con ternura a Sara, mi prima que se quedó a dormir porque sus padres trabajaron hasta noche en el mercado que los Reyes Magos impuntuales suelen visitar, estaba cobijando a su nenuco.

—Mira Gaby, también me trajeron mi nenuco y mi caballito y… y…

La lista de juguetes de Sara me sonaba lejana, el día de los Reyes Magos era lo que más me emocionaba en las vacaciones de diciembre, me miré a mí misma haciendo mil y un ensayos de cartas con la correcta ortografía y caligrafía para que esos tres hombres fueran capaces de entender lo que yo quería. Me portaba súper bien en las vacaciones para que mis padres no tuvieran excusa alguna que decirle a los Reyes. Entonces, al estilo de las escenas que sólo las películas hollywoodenses suelen implementar, recordé el día en que mi mundo infantil comenzó a cambiar bruscamente.

Ese día era viernes, yo tenía 10 años, 8 meses y 2 días, iba en quinto de la primaria. Era el último día de clases y todos mis amigos estaban diciendo lo que le iban a pedir a los Reyes Magos y a qué jugaríamos el día que regresáramos, no sé por qué, siento que antes éramos más niños ¿no les sucede a ustedes?, hace poco visité mi primaria y hay ciertas acciones que realizan los niños de ahora, que ni la más aventada de mi época se hubiera atrevido a hacer, como gritar groserías o besar al niño que te gusta, eso no era algo que mis amigos y yo hubiéramos hecho.

En fin, Mónica, una de mis amigas, decía que le iba a pedir a los Reyes un Christopher de verdad, ese actor que salía de principal en la telenovela “Aventuras en el tiempo”, no sé si llegaron a verla, pero cuando yo iba en quinto de la primaria, esa novela era un boom, casi como la Patito de ahora, sólo que con más historia sustentada (la de ahorita no me convence en lo más mínimo). Cynthia y Norma comenzaron a decirle que eso no era posible, que sólo podía pedir juguetes, no personas de verdad, pero Mónica estaba reacia a esa opinión.

Entonces apareció Karla:

—No me digan que todavía creen en los Reyes Magos jaja.

—Claro que sí.—dijo Norma.—¿A poco tú ya no?

—Por supuesto que no, todo es una mentira, ¿qué no se han dado cuenta?

—Explícate.—dijo Cynthia con la voz enojada.

—Los Reyes Magos son sus propios padres.—dijo Karla disfrutando de nuestras caras de incredulidad.

—Eso es falso, a ver, ¿te consta?—pregunté yo deseando que no le constara.

—Claro que sí, yo misma vi a mis papás cuando escondieron los juguetes en el ropero, ya verán, pregúntenles a sus padres si no me creen.

—Pero, ¿cómo les vamos a preguntar?.—preguntó Norma.—Nos van a decir que no es cierto.

—Usen la estrategia que nunca falla.—sugirió Karla.—díganles que lo saben todo y así ellos se verán obligados a decirles la verdad.

Norma y Cynthia se quedaron calladas, Mónica también, aunque ella, al parecer, seguía discutiendo con su yo interno si podía pedir o no personas de verdad. Yo estaba segurísima de que los Reyes Magos no eran mis padres. Si fueran ellos ¿cómo aparecieron los juguetes en mi casa la vez que nos fuimos de vacaciones a Querétaro? ¿Acaso mis padres manejaron de noche para venir a poner bicicletas en la sala? ¿Cómo lo hicieron entonces si habían cerrado con llave y yo la guardaba en mi maleta? Definitivamente mis padres no eran los Reyes Magos.

Las vacaciones de diciembre iniciaron y yo no dejaba de pensar en eso, se me hacía una injusticia total que mis padres fueran unos estafadores, ¿por qué me hacían escribir más de una carta si de todas formas ya sabían lo que quería? ¿por qué alimentaban una mentira con tantos enigmas? A veces los Reyes Magos dejaban los juguetes en otras partes, una vez amaneció el nenuco de mi hermana en mi zapato, pero no, era falso, los Reyes Magos no eran mis papás, no podían serlo.

—Hija, ¿ya sabes lo que le vas a pedir a los Reyes?.—preguntó mi mamá mientras la ayudaba a buscar un vestido en su enorme ropero.

Ese día yo tenía 10 años, 8 meses y 18 días, yo estaba aprovechando esa ocasión para buscar juguetes, ¿qué tal si mis padres los habían ocultado ahí como los padres de Karla? Lo que no sabía es que mis Reyes Magos eran de esos que compran en los mercados un día anterior, por eso no había nada.

—¿Ehh? Ah sí, quiero pedir dinero y un telescopio.

—¿Por qué no pides una Barbie Basquetbolista?—sugirió mamá.—Así practicas con ella tus tiros de canasta.

—Es que mamá, todas las Barbies han sido víctimas de las garras de Isela (mi hermana), sé que si no le quita un brazo, le quitará la cabeza y mejor no.

—Oye, no seas así con tu hermanita.

Eso me enojó, nunca se me ha olvidado cuando Isela le quitó la cabeza a mi Barbie Rapunzel, entonces decidí aplicar lo que dijo Karla.

—Mamá, lo sé todo.

—¿Todo sobre qué?

—Sobre los Reyes Magos.

—¿Qué sabes?

—Que son ustedes Mamá. Tú y mi Papá.

—No es cierto hija, ¿de dónde sacaste eso?

—Me lo dijo una amiga de la primaria.

—No le creas.

—Son ustedes ¿verdad? —sólo tenía que decir esa frase tres veces y por fin sería feliz, mis padres no eran los Reyes Magos.

—No.

—Son ustedes ¿verdad?—ya iba en la segunda, casi sonaba un grito de alegría dentro de mí.

—No.

—Son ustedes ¿verdad? —listo, había dicho la tercera, después de la respuesta de mamá las cosas seguirían como si nada.

—Bueno sí, pero no le digas a tus hermanitos.

Eso no era lo que mamá tenía que decir, me quedé estupefacta, las lágrimas salieron de mis ojos a mares, salí corriendo hacia mi cuarto y miré mis dos ensayos de carta, los destrocé. Sentí que me habían mentido toda la vida (de hecho, sí había sido toda la vida), mamá se había quedado en su habitación como anonadada. Kike e Isela entraron a mi cuarto.

—¡Gaby! Isela quiere pedir un Max Steel pero le digo que eso sólo es para niños ¿verdad?

Me dieron ganas de gritarles, pero cuando vi los ojos de mis hermanos comprendí la razón de esa ilusión que sólo es cruel cuando te la quitan. Y me puse a llorar más.

—¿Gaby? Mira los Reyes Magos te dejaron una nota en mi cartita.—dijo Sara de pronto, sacándome de mi flashback.

Dile a Gaby que sabemos que podrá cumplir todo lo que se proponga este año pues nosotros la vamos a estar apoyando, que no dude en pedirnos ayuda si la necesita, después de todo ella sabe perfectamente dónde vivimos.

—¿En serio sabes dónde viven los Reyes Magos? —preguntó Sara.

—Sí, sé eso y mucho más.

Esos Reyes Magos que después de todo sí lo han sido, me alegro mucho de haber tenido esa ilusión de niña y ahora también me alegro de que aún dejen cartas, yo sé que puedo contar con ellos siempre.

¿Y a ustedes qué les trajeron los Reyes Magos?

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