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Viaje al centro de la tierra

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Yo soy la mano de Axel. Sí, de ese Axel temeroso que no quiere aventurarse al centro de la tierra. Yo soy sus dedos repasando el manuscrito. Sus ideas queriendo irse de su cabeza. Soy su desesperación por quedarse enterrado a cientos de leguas debajo de la tierra. Rayos, el sol da de lleno en mi cara, las neuronas me jalaron del granito del túnel subterráneo para llevarme al asiento trasero del automóvil de mi padre.

Ya no había leído. Ahora las letras me piden incesantes que las pase por mis ojos antes de cerrar el libro. Despido a mi jardín con una mirada, recuesto mi cabeza lo mejor posible y continuo leyendo, dejo que las palabras se adueñen de mi cabeza. De nuevo soy Axel. Soy los ojos de Axel, aquellos que miran cosas inexplicables debajo de este suelo que piso a diario. Oigo perfectamente cuando el tío Lidenbrock marca la cifra del barómetro, ya casi llegamos a las 30 leguas debajo del suelo. Me asfixio.

—Los profesores de hoy en día no saben enseñar.—oigo sin mucho ánimo cuando mis padres conversan frente a mí. —¿De qué les sirve tener maestría y doctorado si no saben manejar un grupo?

Pienso en el profesor Lidenbrock, sus alumnos se burlaban de él porque no podía pronunciar palabras difíciles, ya lo veía yo tratando de querer decir “parangaricutirimícuaro”, al profesor Lidenbrock no le interesaba mucho dar clases, prefería adentrarse al conocimiento, saber más, siempre más, pero sólo acerca de su área de estudio: la geología, la mineralogía, y cosas de ese estilo. Me siento ignorante, la última materia que llevé sobre ciencias de la tierra fue hace mucho, se llamaba… ni recuerdo el nombre, así que no comparto el mismo entusiasmo cuando Axel se esfuerza en describir  las paredes del túnel que pisa.

—¡Gaby! ¿Por qué no contestas? ¿Dónde estás?—pregunta mi padre mirándome por el espejo retrovisor.

—Ando debajo del Atlántico.—respondo con una sonrisa.

—No te me vayas a ahogar, ya deja de leer en el auto, tus ojos se van a echar a perder.

Es verdad. Fuerzo demasiado la vista. Me quedaré ciega pronto. Casi como Axel al descomponer su linterna, la oscuridad se lo traga, me traga a mí con él, sin ver nada, sin oír nada, solo, para siempre completamente solo a tantos kilómetros debajo de la tierra. Es frustrante…

Imposible pintar mi desesperación. No hay palabras en ningún idioma del mundo para expresar mis sentimientos. Me hallaba enterrado vivo, con la perspectiva de morir de hambre y de sed. […] ¡Sí! ¡perdido a una profundidad que me parecía inconmensurable! ¡Aquellas treinta leguas de corteza terrestre gravitaban sobre mis espaldas con un peso terrible! Sentíame aplastado.

Una de las cosas que más me gusta de leer es que el tiempo se te desplaza por percepción, es decir, yo viví más de dos meses la aventura de viajar al centro de la tierra, cuando en mi realidad pasaron solamente unos cuantos días. Esto me recuerda a Narnia, ¿sería esa la enseñanza de C. S. Lewis?

Como sea, el libro Viaje al centro de la tierra del genial Julio Verne es sumamente entretenido, yo lo recomiendo ampliamente para quien quiere sonreír varias veces durante la lectura y, claro, si quieren sentir sobre sus espaldas el peso de todos los países, ser lanzados por un volcán o remar en un mar subterráneo. El padre de Verne decía que su hijo era un loco, que decía incoherencias y ya no sabía qué hacer con él. Vientos por Verne, que contagia su locura a los lectores.

Notas:

He aquí dos artículos muy interesantes que vale la pena leer y reflexionar:

  • El escritor Francisco Ramírez, que por cierto busca trabajo, responde de una manera acertada los cuestionamientos que hace el PAN respecto al matrimonio homosexual, su artículo se llama Respondiendo algunas preguntas…
  • En el número de este mes de la revista Letras Libres se puede leer el ensayo de Guillermo Sheridan titulado La biblia de José Saramago que, precisamente, está enfocado a hablar de la nueva controversia literaria de este escritor portugués, el libro se llama Caín y, según la iglesia, es impropio como las caricaturas de Pokemón.
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